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Opinión
Josep Miquel Bausset
Jesús nos invita a la fraternidad. No al odio ni a la venganza. Y también nos exhorta a hacer realidad un mundo en paz

(Josep Miquel Bausset).- "Respeto a la soberanía de los pueblos y renovación de la Iglesia". Este es el texto del mail con el cual el amigo y presbítero valenciano, Honori Pasqual, desea que nos sorprenda el nuevo año que hemos comenzado.

Solidaridad, soberanía y renovación, todo un programa y unos anhelos que hemos de llevar a buen puerto, para así construir un mundo más humano y más justo, durante este 2019. Unos valores y unos anhelos que, ciertamente, no acoge ni ama la derecha extrema, aunque a menudo acostumbra a envolverse con los ideales y los valores del cristianismo. O mejor, de la cristiandad, del nacionalcatolicismo con el que sueña esta derecha ultra.

Hace unos días leí un magnífico artículo del jesuita Víctor Codina, que él titulaba: "Jesús no fue fascista". El P. Víctor Codina nos recordaba en su texto, que "Jesús vivió en Palestina bajo el poder del imperio romano" y "fue condenado por sedicioso", ya que anunciaba un Reino "que cuestionaba la Pax Romana".

Como nos recordaba Víctor Codina, el mensaje y el estilo de Jesús de Nazaret "es el más opuesto al fascismo", ya que el Evangelio nos "habla de amor y fraternidad, justicia, preferencia por los últimos, humildad, servicio, comunidad, perdón, respeto al que es diferente, confianza, alegría sin miedo ni violencia, defensa de las mujeres y de los descartados sociales, defensa de la libertad y crítica de los poderosos que oprimen al pueblo y después se hacen llamar benefactores".

Por eso el jesuita Víctor Codina acababa su artículo afirmando que "el Evangelio es lo más opuesto al Duce, al Führer, al Caudillo "por la gracia de Dios" y a los actuales dirigentes que se autoproclaman únicos Salvadores y Mesías insubstituibles y necesarios".

 

Los discípulos de Jesús de Nazaret hemos de hacer posible un mundo más acogedor, capaz de reconocernos hermanos los unos de los otros. Un mundo solidario con los pobres y con los que sufren, con los más desfavorecidos y con los descartados, como nos pide reiteradamente el papa Francisco.

Los cristianos hemos de alejar de nosotros la xenofobia y el racismo, para así acoger a los que huyen de la miseria y de la muerte. Y también la indiferencia, para así ver en el otro, sea quien sea y sea como sea, a un hermano. Jesús nos invita a la fraternidad. No al odio ni a la venganza. Y también nos exhorta a hacer realidad un mundo en paz. No a utilizar la violencia, ni la demagogia, ni la ley del más fuerte. El Evangelio nos pide que nos sirvamos los unos a los otros. No que nos aprovechemos de los otros ni que nos sirvamos de los otros para nuestro provecho.

El Reino que Jesús inició y que todos nosotros estamos llamados a construir cada día, no es un reino de poder, que pisa a los más débiles, sino un reino de justicia, de amor y de paz. Un Reino que es libertad y liberación. Un Reino que libera las conciencias oprimidas. No que las oprime ni las condena.

El mundo que Jesús nos invita a construir se fundamenta en el amor fraterno. No en la exclusión del extranjero ni en el odio al que es diferente. Por eso el jesuita Víctor Codina dice en su artículo: "Que la extrema derecha no invoque raíces cristianas, ni confunda al pueblo para formar una ultraderecha cristiana". Y es que hace falta no olvidarlo: "Jesús fue víctima del poder romano".

También yo les deseo en este 2019 que acabamos de comenzar, como me escribía Honori Pasqual, que el nuevo año nos sorprenda "por la solidaridad con los empobrecidos, por el respeto a la soberanía de los pueblos y por la renovación de la Iglesia". Una Iglesia que sea cada día más sencilla, vestida no de poder sino de las Bienaventuranzas. Una Iglesia desnuda de las ansias de poder, que no tenga miedo a dialogar con el mundo moderno. Una Iglesia fiel al proyecto del Reine, que renuncie a vivir centrada en ella misma y que salga a las periferias para encontrar y acoger al prójimo.