Religión
Youval Harari y su libro
El "dataísmo" de Harari (y su éxito mundial) me han obligado a sospechar seriamente que Dios y la religión son, para mucha gente, un estrambote en la belleza del mundo

(José M. Castillo, teólogo).- El reciente libro de  , profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, titulado Homo Deus, está teniendo un éxito editorial que supera las expectativas normales de autores y editores. Un libro que, en poco más de un año, se ha traducido a treinta idiomas y de él se ha vendido más un millón de ejemplares. Sin duda alguna, un bestseller que nos enfrenta a un problema que no imaginamos, pero que nos interesa más de lo que la mayoría de la gente piensa o dice.

La tesis de Harari se plantea en pocas palabras. Y es enormemente atractiva. Todo se reduce a esto: "Podemos estar seguros acerca de la dirección general que seguirá la historia". En el s. XXI, la humanidad conquistará tales poderes, para crear y destruir, que pasaremos de ser el "Homo sapiens" a ser el "Homo Deus". O sea, se producirá el increíble y asombroso "ascenso de hombres a dioses". Una propuesta sorprendente, que el mismo Harari remacha: "Quizás esto parezca ciencia ficción, pero ya es una realidad".

Como es lógico, en el reducido espacio de este artículo, no es posible analizar y discutir el contenido de un libro que alcanza casi las 500 páginas. No sé si algún día me pondré a hacer este trabajo. Lo dudo. Porque antes de precisar lo que dice (o debería decir) el libro, me parece imprescindible dejar muy claro que hablar de Dios es bastante más complicado y problemático de lo que da a entender el profesor Harari.

¿Dónde y en qué está el problema capital de todo este asunto? Por lo que se refiere al libro de Harari, lo más problemático está en que el autor produce la impresión de no haberse enterado de que Dios y la religión son dos realidades completamente diferentes. Por la sencilla razón de que Dios es trascendente, mientras que la religión es inmanente. Dios, por tanto, está fuera de nuestro alcance, de forma que nosotros los humanos no lo podemos conocer.

Los humanos no podemos pensar nada más que "objetivando" o "cosificando" (Paul Ricoeur) lo que nuestra mente conoce, elabora o almacena. Por eso, todo lo que nosotros pensamos o decimos de Dios, no es sino una "representación" humana y cultural que nosotros elaboramos, según nuestras carencias, necesidades o cultura.

La religión es un producto nuestro. Producto de nuestras carencias, de nuestras necesidades, de nuestra sociedad. Lo cual quiere decir que Dios no es, ni puede ser nunca, un componente de la religión. Dios está más allá del horizonte último de todo lo humano, también de lo religioso. Es por eso un desvarío proponer que, mediante el "dataísmo", los flujos de datos, que nos han propuesto y nos van a proponer los científicos, mediante el cúmulo de los increíbles datos, que nos van a invadir, empezaremos a ser "dioses". Decir eso es no decir nada. Porque Dios no es un dato. Ni es un cúmulo de datos.

Lo que los humanos sabemos de Dios - según la tradición cristiana - ha llegado a nosotros por otro camino. No ha sido por el camino del "Homo Deus", sino al revés, por el camino sorprendente del "Deus Homo". Esto aconteció el día que Dios "se despojó de su rango y tomando la condición de esclavo, se hizo como uno de tantos" (Flp 2, 7).

Jesús de Nazaret, el sencillo campesino galileo del siglo primero, fue (y es) la revelación de Dios (Jn 1, 18). De tal forma y hasta tal extremo, que (en la noche de despedida) le pudo decir al apóstol Felipe: "El que me ve a mí está viendo a Dios" (Jn 14, 9). Felipe estaba viendo a un hombre que acababa de cenar. Pero era un hombre que vivió, actuó y habló de tal manera, que la gente no podía pensar sino que existe "un más allá" (Kant). O sea, Dios.

El "dataísmo" de Harari (y su éxito mundial) me han obligado a sospechar seriamente que Dios y la religión son, para mucha gente, un estrambote en la belleza del mundo. Nadie se atreve a hablar de medicina o biología si no sabe de esas cosas. De religión, sabe todo el mundo. Porque todo el mundo se piensa que sabe. Y es verdad. Sabemos lo que pensamos que nos conviene para satisfacer lo que nos interesa. Y ése, sí. Ése es el "verdadero" Dios..., el que cada cual se representa.