Religión
José Manuel Vidal
El Islam y el catolicismo firman la paz y enarbolan la rama de olivo ante el mundo, para desautorizar a los extremistas y a los que instrumentalizan la religión y matan en nombre del Dios de Abraham

(José Manuel Vidal).- En 1219, San Francisco de Asís se entrevistó en Damietta, en el delta del Nilo, con el sultán de Egipto, Al-Malik Al-Kamil, sobrino del famoso Saladino, quien acababa de lograr una clara victoria contra los cruzados que habían desembarcado en su país. San Buenaventura describió así la escena: "El sultán le pregunta: ¿por qué los cristianos predican el amor y hacen la guerra?" A Francisco se le saltan las lágrimas y responde: "Porque el amor no es amado". Al parecer, el sultán que nunca antes había conocido a un cristiano pacífico y devoto, le impresionó la respuesta del 'Poverello' y ambos se fundieron en un abrazo de hermanos.

Ochocientos años después, el Gran Imán de Al Azhar, Al-Tayek, y el Papa de Roma, Francisco, se funden de nuevo en un abrazo y firman un documento que pasará a la Historia de las religiones y de los pueblos. El Islam y el catolicismo firman la paz y enarbolan la rama de olivo ante el mundo, para desautorizar a los extremistas y a los que instrumentalizan la religión y matan en nombre del Dios de Abraham, del que nacieron las tres religiones del Libro.

Un documento que obliga moralmente a las dos grandes religiones mayoritarias del mundo y que sienta los cimientos de una nueva era. Porque no habrá paz entre las naciones, sin paz entre las religiones. Y los creyentes están obligados a entenderse y a unirse como hermanos, para asegurar a la Humanidad un futuro digno y en paz, puesto en riesgo y en peligro por el individualismo, la indiferencia y la injusticia, como reza el texto.

Un documento que postula que católicos y musulmanes son hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos. Por eso, sus respectivas religiones buscan el diálogo, el encuentro y la fraternidad. Y tras tender los puentes del entendimiento, juntas proclaman que sus credos no incitarán más a la guerra ni instarán a sus fieles con sentimientos de odio, hostilidad o extremismo.

 

 

Y Francisco, tocado por la gracia de Dios, regresa a Roma con la satisfacción de la misión cumplida y de haber construido, junto a su amigo el Gran Imán, un puente para la paz y un muro para la guerra 'a pedazos', que puede desembocar en una apocalíptica gran guerra. Si todos somos hermanos e iguales ante los ojos de Dios, no cabe violencia entre nosotros y tampoco la injusticia de la globalización de la indiferencia y del sistema financiero mundial que descarta a millones de seres humanos.

Triunfo del diálogo con el Islam, éxito del Gran Imán, que se convierte en una figura de referencia en el universo musulmán, y consagración mundial de los Emiratos como país abanderado de la tolerancia y de la libertad religiosa en la Península arábiga, cuna de Mahoma y a un tiro de piedra de La Meca.

En una zona donde está prohibida la práctica de otra religión que no sea el Islam, Emiratos emerge como la nación de la libertad de culto, aunque las iglesias no puedan exhibir campanarios todavía. Y hasta permite celebrar, por primera vez en la historia, una misa pública, en el estadio Zayed, lleno a rebosar con más de 130.000 personas de 45 nacionalidades, entre ellas unas 5.000 musulmanas.

Francisco regresa a Roma satisfecho. No se puede conseguir más en menos tiempo (apenas 48 horas). Sólo queda esperar que la actitud y las decisiones de las autoridades emiratíes y del Gran Imán contagien a los países musulmanes más radicales. Sólo queda esperar que Francisco consiga imponer también su visión del diálogo interreligioso a los rigoristas católicos, que critican su acercamiento al Islam. Y que, ochocientos años después, fructifique el nuevo abrazo entre este otro Francisco y este otro Gran Imán. Amén.

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