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Vaticano
Paul Tighe, secretario adjunto del Consejo Pontificio para la Cultura Agencias
Creo que una reacción negativa es mejor que ninguna reacción. Al menos en una reacción negativa dices: a la gente le importa lo bastante como para discutir

(C.D./EFE).- Para los que aún creen que la Iglesia no se debe "ensuciar" las manos en el mundo digital, el gurú tecnológico del Vaticano, monseñor Paul Tighe, tiene un consejo. "La Iglesia tiene que estar en las redes igual que Jesús en el mercado", ha dicho este irlandés, durante su participación de la Web Summit de Lisboa.

Tighe, nacido en Dublín en 1958, destaca tanto por sus certezas sobre el mundo digital como por su alzacuellos y crucifijo, un elemento de contraste en el escenario del considerado "Davos para 'geeks'" que representa la Web Summit, a la que acude por segunda vez, dice, ansioso por aprender de los jóvenes.

"Veo tanta gente joven, con tanta energía y compromiso que pueden marcar la diferencia, y eso nos dice algo de la naturaleza humana. Dar a los otros. Extraigo esperanza de esa energía", comenta, y a cambio trata de convencerles de que no crean "que su valor depende de su éxito, o el de su producto".

La Web Summit le permite mantenerse "actualizado" sobre "cuáles son las mejores ideas" para implementar en el mundo digital y contarlas luego en el Vaticano, donde actualmente es el número dos del Consejo de Cultura.

Un puesto importante desde el que aspira a abrir las maravillas de la Santa Sede a los miles de visitantes que se someten al síndrome de Stendhal bajo la Capilla Sixtina; Tighe quiere llevarlos más allá.

Su app ideal sería, dice a Efe, una que "abra" la cultura vaticana al mundo online y que haga que los ciudadanos vean más que una iglesia, por ejemplo aspectos que "ayudaran a entender de dónde vienen sus creencias", todo ello eliminando las eventuales sombras que los foráneos perciben alrededor de San Pedro, y de las que se ríe.

"Cuando trabajas en el Vaticano te das cuenta de que no hay tantos secretos, pero desde fuera es parte del misterio y la maravilla, y también de lo extraño que lo rodea. Creo que Dan Brown tiene mucha culpa", bromea.

Monseñor Paul Tighe, en la Web Summit de Lisboa


Expresivo y vivaz, Tighe es también experto en romper otros muros, como el que separa el mundo real del digital, quebrado con la cuenta de Twitter del Papa, @pontifex, surgida durante el papado de Joseph Ratzinger.

No fue una autorización complicada de emitir para el pontífice emérito, explica, porque representaba la oportunidad de comunicarse con creyentes, algo que es "clave" para la Iglesia católica.

"La Iglesia existe para comunicar, cualquier cosa que comunique nos interesa", apunta, y también en ese sentido Twitter, una de las redes sociales más activas para el Vaticano junto a Instagram, matiza Tighe, ahora centrado en aspectos culturales.

"La idea de tener una cuenta de Twitter fue que el Papa tuviera algo que decir en el ámbito de las redes sociales, pero también simbólicamente, para que los líderes católicos vieran que éste es un foro importante", destaca.

Considera que "la buena comunicación pasa no solo cuando eres consciente de lo que transmites, sino de cómo se recibe", y en ese sentido las redes sociales son valiosas porque "te permiten tener una mirada interna instantánea sobre cómo las personas te entienden".

"A veces recibimos respuestas críticas legítimas, otras son críticas basadas en malentendidos. Creo que si pones atención a las reacciones aprendes a comunicar mejor", asevera monseñor Tighe, a quien no le preocupa la negatividad.

"Cuando el Papa abrió su cuenta en Twitter hubo muchas respuestas negativas (...) Creo que una reacción negativa es mejor que ninguna reacción. Al menos en una reacción negativa dices: a la gente le importa lo bastante como para discutir", reflexiona.

Pese a tanto cambio digital, dice, lo esencial no cambia: los pecados son los mismos y, "si no tenemos la intención esencial de ayudar a otros, la tecnología no nos ayudará, no hará ninguna diferencia".

Preguntado sobre su app favorita, monseñor Tighe tiene dudas porque "cambia todo el tiempo", aunque después de pensar brevemente, elige con rotundidad.

"Ahora con llamada de Whatsapp o Skype hablo todas las noches con mi madre, que tiene 90 años, y no me cuesta nada. Hace cuarenta años, cuando estaba en Roma, hacer una llamada de tres minutos a Irlanda me costaba el equivalente a 20 o 30 euros", ríe.