• Director: José Manuel Vidal
Vida Religiosa
La agustina misionera (a la derecha), superviviente del martirio de sus hermanas, que serán beatificadas el sábado en Orán Agustinas Misioneras
Estoy muy orgullosa de tener unas hermanas que son beatas, que saben de nuestras luchas, sueños y proyectos, y segurísimo que se las van a poner a Nuestro Padre Dios

(Jesús Bastante).- "Pude haber sido yo, y no ellas. Durante años he pensado en eso. Ahora, creo que Dios me regaló una nueva oportunidad en la vida". María Jesús Rodríguez era provincial de las Agustinas Misioneras en Argelia el 23 de octubre de 1994, cuando Esther y Caridad fueron asesinadas. Ella se libró por unos minutos. Ahora espera, con el pasaporte en la mano, la beatificación de sus hermanas, que tendrá lugar en Orán (Argel) el próximo sábado, junto a la de los mártires del Thiribine. Hablamos con ella.

 

¿Cómo recuerda aquel día?

Durante aquellos meses, todos los religiosos estábamos amenazados de muerte. Viajé al país para acompañar a las hermanas en su discernimiento, para que decidieran si querían quedarse o regresar a España. El discernimiento se basó en dos preguntas: ¿qué quiere Dios de nosotras?; ¿qué necesidades tiene el pueblo argelino? Todas decidieron quedarse. Soy testigo de su fidelidad. Las vi muy felices después de tomar la decisión.

Aquel 23 de octubre, decidimos ir a Misa, y seguimos las instrucciones de la embajada de no ir en grupos, sino solo de dos en dos. Esther y Caridad salieron primero, y diez minutos después salimos Lourdes Miguélez y yo. En la calle escuchamos unos disparos, y los vecinos nos decían: hermanas, volved a casa. Entonces recordé el discernimiento que habíamos hecho hacía solo unos días. Asumimos que aquello que firmamos tenía un precio".

 

Usted sobrevivió, por poco. Ellas no. ¿Cuántas veces ha pensado en ello y en que hoy podría ser usted la beatificada?

Se piensa alguna vez. En aquel momento, no, pero posteriormente sí. Y tengo el convencimiento de que Dios me regaló una oportunidad en la vida, y que el martirio es un don y un regalo, y Dios se lo otorgó a ellas, porque eran dos mujeres muy sencillas, valientes y comprometidas, y dispuestas, desde la constancia, el tesón y la perseverancia, a cuidar y hacer crecer la vida.

Fue una enorme pérdida a nivel humano. Para mí ha sido una oportunidad, me ha obligado a descubrir cuál es el verdadero sentido de la vida.

 

 

 

 

 

¿Y cuál es?

La fidelidad al mensaje y a la persona de Jesús de Nazaret. Gracias a Cari y Esther aprendí a relativizar bastante otras cosas que antes parecían muy urgentes. Lo urgente ha de pasar siempre que sea bien para los hermanos, para los otros

 

La beatificación se produce junto a otros mártires, más conocidos, como los de Thiribine... Todos los nuevos mártires apostaron por la convivencia en un momento en que la violencia ganaba la batalla. ¿Qué supone esto?

Creo que significa que nuestra vida debe ser una apuesta por crear lazos de comunión y comunicación. Tenemos que convencernos todos, pero con gestos, desde la vida, que no nos puede dividir ni las diferentes culturas, ni las religiones diversas, ni las nacionalidades de cada uno. Que esas barreras las hemos hecho los hombres, pero que todos estamos llamados a convivir. Y estamos llamados, cada uno desde su opción, a vivir la dimensión espiritual y trascendente del ser humano. Y seguro que en Dios nos vamos a encontrar.

 

¿Cómo recuerda a Cari y a Esther?

Esther y Caridad son para la congregación un signo de fidelidad y de verdad. Hoy las recuerdo con alegría y gratitud, y como unas buenísimas hermanas. Tuve la suerte y el regalo de convivir con ellas muy profundamente, porque aquellas circunstancias nos obligaban a ir al fondo de la vida. Ellas eran conscientes de que nos la estábamos jugando, que la situación era muy complicada. Estoy muy orgullosa de tener unas hermanas que son beatas, que saben de nuestras luchas, sueños y proyectos, y segurísimo que se las van a poner a Nuestro Padre Dios.

 

¿Qué ejemplo nos ofrecen hoy?

Si se conoce su vida, creo que todos verán que lo más importante es cuidar la vida y la dignidad de las personas, aunque sea a costa de la nuestra. Para los creyentes, Jesús es el primero que nos prometía vida y vida en abundancia, pero que no nos quitaría el dolor. El mismo no se apartó del dolor. Eso es seguir el mensaje de Jesús de Nazaret: él quiere que hagamos lo mismo, aunque eso suponga asumir el sufrimiento, porque todo el que ama, sufre... pero es feliz porque ama.