Las crónicas penetrantes y escépticas de don Francisco de Goya, por J.C.Deus

Hace -sólo o tanto- dos siglos de mayo de 1808 y el inicio de la guerra de la Independencia: el Museo del Prado se suma a la conmemoriación con una magna exposición sobre Goya que, centrada en torno a los dos grandes lienzos del 2 y 3 de mayo de 1808 en Madrid, con casi doscientas obras del pintor, con más de 65 pinturas procedentes de otras instituciones y colecciones privadas.

Obras como Majas al balcón y Retrato de la Marquesa de Montehermoso, ambas de colecciones particulares; Fraile Pedro aporreando a Maragato con la culata de la pistola del Art Institute de Chicago; El Prendimiento de Cristo de la Catedral de Toledo o el conjunto de nueve pinturas procedentes de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, imprescindible para la articulación de la muestra y que por primera vez se muestra en el contexto de la evolución del pintor. Es la mayor exposición dedicada al pintor aragonés desde la organizada también en el Prado en 1996.

Goya probablemente es el pintor más admirado y conocido por los españoles, más que Velázquez, más que El Greco, más que Picasso. Pero ahora podrá vérsele más completo y mejor: testigo de su época, cronista del cambio de siglo XVIII al XIX, periodista veraz; humano, auténtico, genial. Alucinado por la que se le venía encima al país levantado contra Napoléon, cogido entre las dos españas sin comulgar con ninguna, testigo privilegiado armado solamente de pinceles, amargado con razón como el resto de españoles de todas las épocas enfrentados a la sinrazón e incultura congénita de sus conciudadanos.

España puede por fin enmarcar la Guerra de la Independencia en sus justas dimensiones, con su carga de heroísmo y de brutalidad, con su lamentable irracionalidad y su enorme grandeza, con su infértil sacrificio. Verdaderamente, y más allá de su excelencia pictórica, que le coloca entre los grandes de todas las épocas, Goya es un gigante corriente que supo reflejar lo que le rodeaba con toda su alma y todo su corazón. Viniendo de influencias estupendas como la de Luca Giordano -todavía expuesto en el Casón, todavía visible su fabulosa cúpula dedicada a la Nación Española- es la fuente de todo lo que nacerá medio siglo después en Francia, de todo el arte moderno.

Y basta ya de flores, don Francisco, que me estoy pasando de lírico. Comprendemos muy bien su espanto, su mirada escéptica, sus tristezas. Tenga usted una muy buena exposición en esa su casa que es el Museo del Prado.

UN MUCHO DE HISTORIA

Entre 1792 y 1793 Goya sufrió la grave enfermedad, aún de carácter desconocido, de la que quedó sordo. A su regreso a Madrid después de su larga convalecencia en Cádiz, inició el camino independiente que culminaría en 1799 con la publicación de los Caprichos. Pintó por voluntad propia y expresando sus ideas cuadros de gabinete en que presentó con creciente dramatismo escenas de violencia y desamparo, como Prisioneros en una cueva, Corral de locos y los Caníbales, crueles metáforas del ser humano y la civilización. De los últimos años de este decenio es la serie de “asuntos de brujas”, en que Goya, como en los Caprichos, utilizó estas figuras de la imaginación popular con diferentes significados, que van del mal y la ignorancia a conceptos mas elevados.

Hacia 1795, cuando España declaraba la guerra a la Francia revolucionaria, -la llamada guerra del Rosellón, después de la ejecución de Luis XVI-, Goya volvió a su desbordante actividad de años anteriores, recibiendo encargos de retratos de la aristocracia y de políticos. Pintó para sus protectores, los duques de Osuna o Jovellanos, y entre sus nuevos mecenas se contaban los duques de Alba y Godoy, para quien hizo la Maja desnuda, en realidad concebida como una Venus. La Iglesia siguió siendo patrono esencial de Goya, que pintó en estos años importantes obras como las del Oratorio de la Santa Cueva de Cádiz, los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid, y el Prendimiento de Cristo para la sacristía de la catedral de Toledo, aquí expuesto. Comenzó, además, la faceta de modernos retratos de carácter íntimo para sus amigos, como los de Martín Zapater y Ceán Bermúdez, culminando este período con su nombramiento de Primer Pintor de Cámara en octubre de 1799, el más alto escalón en la carrera de pintor oficial.

Goya estaba en Madrid el 2 de mayo de 1808, el día del alzamiento contra los franceses. A fines de octubre viajó a Zaragoza, invitado por Palafox para conmemorar con su pintura la heroicidad del primer sitio. Con el gobierno de José I Bonaparte, que le concedió la Orden Real de España, y con amigos en cargos de importancia, siguió trabajando como Pintor de Cámara, pintando retratos de algunas figuras relevantes del gobierno “afrancesado” y del ejército de Napoleón, como el general Guye. Sus dibujos de esos años ilustran las medidas de modernidad tomadas por los franceses, mientras, al mismo tiempo hacia la serie de estampas que tituló ‘Fatales consecuencias de la sangrienta guerra de España contra Bonaparte’, y otros cuadros similares, que revelan su visión pesimista de la violencia y deshumanización que produjo la guerra. De esos años es la desoladora serie de Bodegones y otras obras más personales como el conjunto de las Majas al balcón. Combinó entonces una técnica de obsesivo realismo en los retratos oficiales con otra directa y rápida en los retratos más cercanos, como los de sus consuegros y el de su querido nieto Mariano.

2 Y 3 DE MAYO DE 1808

El 2 y 3 de mayo -uno de los testimonios históricos más impresionante de toda la pintura- fueron ncargados por la Regencia, y documentos ahora localizados probarían que Goya los pintó después de la entrada de Fernando VII en Madrid, entre junio y octubre de 1814. Es decir, seis años después de los hechos, y en función de sus recuerdos, de lo que pudo ver y de lo que le contaron.

Como en los Desastres de la guerra, de los que sale la inspiración de estas obras, Goya resaltó la locura e irracionalidad de la violencia que lleva a los seres humanos a enfrentarse hasta la muerte. Los cuadros están pensados como un díptico inseparable, uno de día, otro de noche, en que grupos y figuras paralelas subrayan que la violencia ejercida por el pueblo contra las tropas francesas, provocó la violencia, igualmente cruel, de los franceses contra sus agresores. Frente al heroísmo de carácter épico, Goya reflejó aquí la crueldad inhumana y el terror ante la muerte, a la que se enfrentan unos y otros con angustia, desesperación y remordimiento. Sólo los caballos de la primera escena se dirigen al espectador, comunicando con sus inteligentes y racionales miradas la locura humana. La brillantez y variedad de la técnica y del uso de la luz están al servicio de la expresividad y realismo de las escenas, que tardarían décadas en poder verse juntas y comparadas.

La restauración de estos cuadros está detalladamente explicada en la página del Museo.
http://www.museodelprado.es/es/pagina-principal/exposiciones/info/en-el-museo/goya-los-anos-de-la-guerra/la-restauracion/

AFRANCESADO DEPURADO

En mayo de 1815 Goya superó la depuración de Fernando VII para los servidores de José I. Pintó retratos del rey “Deseado” y de sus adeptos, y un último cuadro para Palacio, Santa Isabel de Portugal curando a una enferma. Hizo una serie independiente de cuadros de gabinete, ahora en la Academia de San Fernando, y retratos, unos austeros y con predominio del negro, otros prerrománticos y luminosos, con su misma maestría de siempre para captar la psicología de sus modelos. Se centró cada vez más, en sus álbumes de dibujos, en que denunciaba la represión del rey contra los liberales, y en las series de estampas, La Tauromaquia y los Disparates, experimentando, además, con una técnica nueva, la litografía. En 1819 cayó de nuevo gravemente enfermo, aunque sobrevivió para un último período de independencia y modernidad en las obras realizadas en el exilio de Burdeos.

Los últimos años del decenio de 1810, entre 1815 y la nueva y grave enfermedad de Goya a fines del 1819, fueron testigo de un período de gran diversidad creativa. La vida artística y pública de Goya en España concluyó con el gran cuadro de altar de La última comunión de San José de Calasanz, que cerraba el ciclo comenzado casi cincuenta años atrás, en 1773, cuando pintó el fresco del Coreto de la basílica del Pilar, su primera obra religiosa. Como en ocasiones anteriores, el contraste entre la luz y la sombra, se convierte en una metáfora de la confrontación entre la sabiduría y la ignorancia, entre la bondad e inteligencia del santo, acogido por la luz divina, pero rodeado de las sombras de quienes le acusaron de herejía. De igual modo, iba a plasmar esa alternancia de luz y sombra en el retrato de su amigo, el arquitecto masón, Tiburcio Pérez Cuervo, de 1820.

En las Santas Justa y Rufina, de la catedral de Sevilla, hay una belleza monumental y clasicista, de gran serenidad, que se aprecia también en los dibujos contemporáneos del Álbum E de bordes negros, como en la bella imagen de la Filosofía, o en la figura de terrible crítica moral y política titulada Trabajos de la guerra, que se refiere a la situación de miseria en que se encontraban por entonces quienes habían dado su vida por la patria. Los retratos de este período reflejan una vez más la capacidad de Goya para la plasmación del carácter de sus modelos.
Retrató en 1817 a dos miembros de la familia Osuna, que fueron sus fieles patronos hasta el final, y que constituyen también, como en la pintura religiosa, los últimos ejemplos de los retratos que Goya dedicó a la aristocracia, que habían comenzado, cuarenta años antes, con la misma casa ducal y el retratos de Familia de los duques de Osuna, en 1787 (Madrid,. Museo del Prado). Ahora, la duquesa de Abrantes y su hermano, el X duque de Osuna, cierran ese ciclo con la misma belleza luminosa y caracterización de la dignidad de la nobleza de sus obras anteriores.

Título
Goya en tiempos de guerra

Fechas
15 Abril – 13 Julio 2008

Comisaria
Manuela Mena, Jefe de Conservación de Pintura del siglo XVIII y Goya del Museo del Prado.
Comité científico
Manuela Mena, José Manuel Matilla, Gudrun Maurer, Juliet Wilson-Bareau.
Coorganizada por
Museo del Prado y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC), adscrita al Ministerio de Cultura
Con la colaboración de
Comunidad de Madrid

Acceso a la exposición
El acceso y la compra de entradas se efectuarán por la Puerta Alta de Goya.
Acceso para reservas, venta anticipada y personas con movilidad reducidad por Puerta de Velázquez.

Precio entradas
En venta anticipada:
Entrada individual: 9,5€
Entrada grupos (máximo 10 personas + guía): 9€/entrada

En taquilla:
Entrada general exposición: 8€
Entrada reducida exposición (se aplica en los mismos casos que para la entrada general del Museo): 4€

Información, reservas y venta anticipada: en el 902 10 70 77 y en Venta Anticipada

Al tratarse de una exposición temporal con un acceso y precio de entrada diferenciados de los de la colección permanente, durante las franjas horarias de acceso gratuito al resto del Museo, el precio de entrada a la exposición Goya en tiempos de guerra permanecerá invariable siendo el mismo durante todo el horario de apertura.

Horario de la exposición
De martes a domingos y festivos de 9h. a 20h.
La taquilla permanece abierta hasta las 19:30h.
El desalojo de las salas comienza 10 minutos antes del cierre.
Días de cierre: todos los lunes y el 1 de mayo

Visitas didácticas
Martes y jueves a las 11h. miércoles a las 17h. Máximo 10 personas. Es necesario inscribirse 30 minutos antes en punto de encuentro del Área de Educación.

Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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