Bajo la lluvia amarilla, por J.C.Deus

Entre las experiencias importantes que se pueden tener este mes de julio en Madrid, figura sin duda el asistir a la escenificación teatral de ‘La lluvia amarilla’, una de las novelas más prestigiosas de la transición. Todavía aprieta el sol sobre la plaza de Santa Ana, cuando desciendes a otro mundo y te trasladas a un pueblo moribundo en el Pirineo de Huesca en los años sesenta. Ulula el viento y no deja de caer una constante lluvia amarilla. Será una hora larga. Será algo diferente. No digo que vayas a gozar ni a reír ni a cantar, digo que probablemente sufras y te duelas, por lo que verás, por lo que oirás, por lo que recordarás y por lo que atisbarás de nuestra pobre condición humana.

Desde hace un tiempo las salas pequeñas de los grandes teatros -Español, María Guerrero, Valle Inclán- están aportando a la programación variedad y novedades. Su tamaño, su modestia, su duración y la proximidad casi obscena a los actores, a mí me gustan más que los estrenos de relumbrón, los patios de butacas repletos, los estúpidos descansos, toda esa parafernalia que acompaña a los formatos clásicos. Esta temporada ha habido muy buenas cosas: Las Voces de Joe Penhall/Marta Angelat, y Sí, pero no lo soy de Alfredo Sanzol, han sido mis favoritas. Es un puente entre el teatro ‘serio’ y el teatro ‘alternativo’, una plataforma para los que empiezan, un complemento que se generaliza desde hace una década en toda Europa.

‘La lluvia amarilla’ no hubiera sido posible ni deseable en un gran escenario. Es solamente un monólogo acompañado de música. Pero el monólogo es una sentida y sensata reflexión sobre la vida, más allá de unas espeluznantes circunstancias que recuerdan los pueblos habitados por muertos vivos del mexicano Juan Rulfo; y la música, es una excepcional ‘banda sonora’ en directo que ilustra con sonidos ‘new age’ la soledad angustiosa y hostil de la verídica dureza rural.

Un hombre mayor se prepara a morir en su última noche. Pela cebollas y patatas, se cocina una última cena, y el guiso que prepara extiende su olor auténtico por la sala conmoviendo al espectador, que nunca ha experimentado en el teatro un impacto olfativo de tal sutil intensidad. Este hombre vencido y amargado, se desnuda y se baña a nuestro lado, y con ello nos traslada a un mundo más real que el que hemos dejado fuera, a una escena de intensidad memorable: no es una actriz joven la que se desnuda como habitualmente en el teatro de nuestros días; es un hombre viejo y barbudo, y lo hace con la dignidad del último acto que va a vivir en esta tierra.

Y hay una puerta sesgada sobre la que se proyecta el manto de la nieve, la caída de las hojas, el rostro de la esposa suicidada, los ladridos de la perra, el variable color de la existencia. Estamos en el último reducto del último superviviente, Andrés de Casa Sosas, que afronta el final de su vida con decisión absoluta. Y recuerda.

Enfín, esto es lo que yo destacaría de lo que vi el día siguiente del estreno, con una docena de espectadores y frente al actor Chema de Miguel Bilbao y al músico Francisco Lumbreras, cuyo trabajo admiré emocionado.

UNA ADECUADA METÁFORA

Cuenta Julio Llamazares que cuando publicó la novela (1988), tanto él como su editor pensaron que la distribución de la misma sería muy minoritaria, y se conformaban con vender unos miles de ejemplares. No fue así. La lluvia amarilla ha vendido más de cuatrocientos mil ejemplares en todo el mundo. Ha sido traducida a más de veinte idiomas y ha sido objeto de estudios, tesis y tesinas en las universidades más dispares que se puedan imaginar. Además, ha generado mucha literatura cuyo tema es la novela, amén de libros de fotografías y estudios antropológicos. Llamazares nunca se figuró que la novela se convertiría en lectura obligatoria en los centros de Secundaria de la Comunidad Autónoma de Aragón y de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Es probable que esta sea una de las razones por la que una de cada tres familias en la comunidad de Aragón tienen un ejemplar de la novela en su biblioteca.

La documentación sobre la obra para los medios, recuerda que hay familias en Aragón que han nombrado a sus hijas Ainielle, el nombre del pueblo que quedará deshabitado cuando muera Andrés, el protagonista de la novela. Existe una ruta señalizada como “La ruta de La lluvia amarilla”, que surca las sierras pirenaicas de Huesca que desembocan en Ainielle. Esta ruta es objeto de visitas de culto de lectores y amantes del Pirineo. La persona que presentó el libro por primera vez hace ahora 20 años, era el Presidente de la Diputación de Huesca, hoy Presidente de la Comunidad autónoma de Aragón, Marcelino Iglesias, gran conocedor del Pirineo y de la novela. Es curioso que una obra literaria contemporánea haya alcanzado tal popularidad, siendo como es La lluvia amarilla, una novela difícil, triste y tan alejada de la mercadotecnia actual.

¿Por qué esta trascendencia fenomenológica y universal?, se pregunta el Teatro Español. Probablemente porque su tema central, el abandono del mundo rural, es un tema de carácter antropológico que toca y une a mucha gente que se siente identificada con los pensamientos de autor, con mucha gente de todo el mundo, porque estos movimientos migratorios afectan tanto a las zonas más ricas del planeta como a las más deprimidas.

LOS PROTAGONISTAS

Julio Llamazares nació en el desaparecido pueblo de Vegamián (León) en 1955. Se inició muy joven en la poesía. y sus poemas, publicados con frecuencia en revistas literarias, han sido recogidos en las antologías Las voces y los ecos, y Poesía épica española. Ganó el Premio Nacional de Poesía Universitaria en 1976. Becado por el Ministerio de Cultura en 1983, su primera novela fue Luna de lobos (1985), y en 1988 publica La lluvia amarilla. Ambas fueron finalistas al Premio Nacional de Literatura de Narrativa. También ha prestado atención a la literatura de viajes: El río del olvido (1990) es la narración del viaje que había realizado a pie por la ribera del Curueño durante el verano de 1981, Tras-os-montes (1998) y Cuaderno del Duero (1999), crónica del viaje a lo largo de las provincias que recorre el río, que nunca concluyó. Como ensayista ha publicado El entierro de Genarín (1981) y Los viajeros de Madrid (1998). Está a punto de publicar el resultado de varios años dedicados a visitar las catedrales españolas.

Emilio del Valle, nace en Madrid, el 24 de diciembre de 1961, en el sur de la ciudad, en Carabanchel, donde continúa viviendo. En 1982 se incorpora a la formación teatral semiprofesional Germinal. En 1983 participa en el primer curso de dirección de escena del desaparecido CNNTE. Ha estudiado dirección de escena con José Carlos Plaza y William Layton. A finales de 1986 comienza su carrera profesional como ayudante de dirección de María Ruíz en la producción El último desembarco, de Fernando Sabater. Con Espectáculos La Federal, S. A., trabaja hasta 1989. Entre 1991 y 1999 se aleja de las salas de ensayo y desarrolla una actividad profesional en el mundo del diseño gráfico. En 1995 funda Producciones Inconstantes S. L. junto a Chete Guzmán, compartiendo la actividad empresarial con la teatral. En 1998 ingresa de nuevo en la RESAD para estudiar Dramaturgia. En 2005 inicia los cursos de Doctorado en ciencias del espectáculo.

Chema de Miguel Bilbao, comienza su carrera en el ámbito del teatro independiente de los años 70. Es un actor acostumbrado a asumir grandes responsabilidades en el escenario, tanto en volumen de texto como en dificultad y complejidad de dramaturgias o personajes; ha hecho Miguel Will para la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Los enfermos para la Abadía, y El enemigo del pueblo para el Centro Dramático Nacional, entre otros paapeles, además de numerosas intervenciones en cine yu televisión.

Francisco Lumbreras es un joven músico de formación clásica. Interesado en la música étnica y las filosofías orientales. Con el didgeridoo y con el canto difónico o canto de armónicos, nos acerca a profundidades ancestrales en las antípodas de la música actual de cualquier género. Esto es lo que nos dice de su música:

El didgeridoo es un instrumento de viento (o aerófono) ancestral utilizado por los aborígenes de Australia. le llaman Yidaki, que significa “instrumento de conexión espiritual”. Se supone que tiene unos 20.000 años de existencia. Una de sus particularidades es que se puede tocar durante un tiempo ilimitado mediante una técnica denominada respiración circular.

Junto con el sonido fundamental producto de la vibración, los cuerpos sonoros generan otros que acompañan al fundamental: los armónicos. El canto armónico supone una ruptura estilística con el canto natural, y busca comunicar emociones de trascendencia y fe a través de la comunión con la propia esencia del sonido, donde descubre ocultos muchos más significados que los perceptibles en principio.

El canto difónico consiste en cantar una nota grave de tal manera que se oiga acompañada de una o más notas aflautadas adicionales. Su efecto es tan extraordinario que no es de extrañar que, desde un principio y en la mayoría de culturas, se le haya atribuido un carácter sobrenatural, cargado de supuestos atributos religiosos, mágicos y curativos. Por ello, en el entorno de creencias naturalistas y chamánicas, este tipo de canto armónico sirve como medium para comunicarse con los espíritus de la naturaleza.

LA LLUVIA AMARILLA
de Julio Llamazares
Dirección: Emilio del Valle

TEATRO ESPAÑOL
SALA PEQUEÑA

Del 3 al 27 de julio de 2008
De martes a sábado, 20.00 horas
Domingo, 18.00 horas
Precio: 16 euros
Martes y miércoles, día del espectador, 25% de descuento

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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