Enorme Puerta del Sol, ahora con vistas, por J.C.Deus

Una adaptación teatral del ‘episodio nacional’ de Benito Pérez Galdós dedicado al motín de Aranjuez y al Dos de Mayo de 1808, encargado por la Comunidad de Madrid para celebrar el bicentenario de lo hechos, dos horas y media de duración, y estrenado en un teatro como el Albéniz, -que un tanto degradado, resiste de milagro-, eran ingredientes que hacían temer lo peor. Y sin embargo, ocurrió lo extraordinario, y ‘Puerta del Sol’ es un redondo y magnífico trabajo, un impresionante espectáculo que podría estar estar en cartel un año entero, convertido en atracción turística madrileña de calidad, (¡qué oportunidad de oro para el nuevo Teatro del Canal!), y que luego debería girar y girar por España en olor de multitud y con llenos diarios. Tras muchos esfuerzos hemos podido conseguir imágenes de la representación, aunque no la hacen justicia; por eso volvemos a publicar la reseña, pidiendo disculpas a quienes ya la hayan leído.

Peor que la uniformidad y mediocridad de la cultura española, es su ingenio para marginar lo bueno. Esperemos que no ocurra con esta ‘Puerta del Sol, un episodio nacional’, y eso depende menos de los críticos -que apuesto a que se mostrarán más bien parcos-, sino de la espontánea reacción de los espectadores que tengan la suerte de sentarse en una butaca de este teatro durante las dos cortas semanas en que está programada. Ellos podrán decir si no estamos ante una gran adaptación, un montaje teatral extraordinario en su sencillez y magnitud, un elenco de intérpretes tan numeroso como excelente, y en fin, una obra grande, redonda, lograda y aplaudible de verdad.

Primero, hay que hablar bien del director, Juan Carlos Pérez de la Fuente, del que sólo recuerdo ahora de su última etapa, su puesta en escena de ¿Dónde estás, Ulalume, dónde estás? de Alfonso Sastre ahora hace un año, una modesta, intimista y correcta producción, en las antípodas de ésta, pero de buen sabor de boca. Parece apasionado por su oficio y desde luego en este montaje demuestra conocerlo, dirigiendo un reparto de cuarenta actores, creando de la más sencilla y tradicional maquinaria teatral, un mundo convincente; dominando el ritmo, controlando todo con esa mezcla de visión y flexibilidad que se nos antoja imprescindible en su oficio. En diciembre próximo traerá una La Vida es sueño, estrenada en el último festival clásico de Alcalá de Henares, que habrá que ver sin duda.

En segundo lugar, digamos que la adaptación de Jerónimo López Mozo es muy buena, por fiel al texto original y por teatralización del mismo. Me gustaría conocer en detalle sus razones para introducir en medio de la trama un largo monólogo de un Galdós consagrado, cuando preside la comisión organizadora del primer centenario en 1908. Ya nos confesó que es donde incorpora su propia visión. Queda un tanto raro aunque no chirría. Y no consigo recordar cuál es esa visión, señal quizás de que no resulta invasora ni abusiva.

Citemos también laudatoriamente al escenógrafo José Hernández (Premio Nacional de Artes Plásticas, 1981; Premio Nacional de Arte Gráfico 2006). Y no olvidemos una coreografía impresionante, con logradísimas ralentizaciones, con perfectos movimientos de decenas de personas en escena, con batallas callejeras de un realismo difícil de ver en escenarios, con una carga de los mamelucos que merece premios. Sólo en el Teatro Real, con la crème de la crème, se ven cosas semejantes. No hay menoscabo en todo el equipo artístico: del vestuario a la iluminación pasando por el espacio sonoro. La música me pasó desapercibida y ahora no la recuerdo. Señal de que estuvo seguramente en su tono adecuado.

Del reparto sólo puedo decir que hacía mucho que no veía tanto actor junto hacerlo bien. Luis Perezagua en don Celestino, Zutoia Alarcia en doña Ambrosia, Chete Lera en don Mauro Requejo, pero también el conjunto de actores secundarios merecen ser recordados: qué montón de buenos personajes, Lopito, Primorosa, Juan de Dios, Gorito Santurrias… habría que citar a todos.

Y además, la obra incluso consigue emocionar -¡a estas alturas, dios de mi vida!-; y tiene reflexiones importantes sobre el comportamiento siempre deleznable de las masas masivas, las sombras del motín de Aranjuez, lo irracional del heroísmo, lo entrañable y repugnante de la naturaleza humana. Y lo mejor de todo, Pérez de la Fuente ha conseguido el punto equilibrado entre los extremos patrioterismo y vacuidad, entre las dos visiones que se enfrentan en el exterior y coexisten en nuestro interior, lejos del conservadurismo cerrazón y el progresismo analfabestia. Medido, medido, pueblo y plebe, curas y políticos, héroes de andar por casa, heroinas gritonas, valientes borricos de nuestros lares, listillos a los que se las dan con queso, abusones mártires de la barra de las mil tascas, españoles tan acres y tiernos, rebeldes sin causa.

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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