Regreso al detrás, por J.C.Deus

Pinter tenía 34 años cuando estrenó este The Homecoming. Murió la pasada nochebuena a los 78. Entre medias ha recibido todos los honores posibles, coronados con el Nóbel en 2005. Es una vaca sagrada, la segunda persona de la santísima trinidad del teatro europeo del último medio siglo, con Beckett y Ionesco. Ahí es nada, como para atreverse a una crítica.

Regreso al hogar, como ha sido traducida, es casi ya un clásico, y forma parte de la ofensiva artística y cultural que en los años sesenta se abatió sobre el viejo orden social. Enarbolando las atractivas banderas de la liberación sexual, asestó golpes demoledores al matrimonio para toda la vida, a la familia tradicional y a los usos y costumbres que habían permanecido intocables desde la revolución burguesa.

Una pléyade de obras de teatro, de novelas, de cine de aquel llamado ‘de arte y ensayo’, moldeó una generación en poco tiempo con una fobia absoluta a vivir como habían vivido sus padres. Las relaciones de pareja, las de padres e hijos, todo el entramado fue sometido a un vapuleo sistemático que siempre veía la botella medio vacía y sólo ampliaba los defectos, los tonos sombríos, los problemas.

En Regreso al hogar, nos introducen en el salón de una casa londinenses para presenciar la espantosa decrepitud de un anciano amargado, de las horribles relaciones que mantiene con sus dos hijos y su hermano. Un hogar sin una gota no ya de amor, sino de misericordia, compasión o buenos modales. En este agujero se presenta sin avisar el hijo pródigo, que está estupendamente establecido en América y viene a rememorar viejos tiempos y a restablecer un vínculo con su familia, totalmente roto desde su partida. Trae con él a su esposa, cuya existencia es desconocida por su familia, y será la figura que desencadene un desenlace repugnante, morboso, un pozo insondable de bajeza e inmoralidad.

Una obra larga, asfixiante y provocadora, con gran éxito de público. Es la historia de Pinter, el supuesto provocador e izquierdista que vivía como un potentado aristócrata halagado por el establishment global. A la gente le va la marcha, y el Sistema ha destinado desde hace tiempo un bello lugar al sol para los rebeldes oficiales, los panfleteros forrados, los intelectuales del nuevo régimen de lo políticamente correcto, lo socialmente establecido y lo individualmente adormecedor.

Estamos ante una gran pieza de teatro, perfectamente ejecutada e interpretada, una sucesión de conversaciones bien reales. Todo es auténtico, y por tanto deja inquietud y desazón, produce cierta repugnancia y bastante conmiseración. Se dice que la pieza está repleta de ambigüedad y es intrínsecamente enigmática, instalada en una incertidumbre que huye de mensajes claros.

En nuestra opinión, sobre todo, incluye un enigma que produce perplejidad aún días después de vista. Los personajes se comportan con normalidad, sin ambiguedades, pero por el contrario Teddy y su mujer Ruth están instalados en una especie de limbo, que habitan con su inexpresividad permanente. Sonríen en toda circunstancia, apenas hablan, insinúan aparentar lo que ocultan, ocultar un gran secreto.

El secreto de la obra, lo que eleva sobre una tragicomedia de la vida cotidiana actual, es que este matrimonio modélico, con tres hijos y una existencia perfecta para todos los cánones, accede sin quitarse la sonrisa a que Ruth se someta a las sevicias de sus cuñados con satisfacción, a que Teddy asista a las mismas con más que flema británica, con total indiferencia, y a que finalmente, el matrimonio se separe de mutuo acuerdo, Teddy vuelva a la mansión familiar en el campus universitario estadounidense donde da clases de filosofía, y Ruth se quede con su familia adoptiva en el empleo de prostituta externa y chica para todo interna. Y todos tan contentos.

Me atrevo a revelar el misterio, porque ya es muy tarde para conseguir entradas. Están agotadas las localidades desde hace muchos días. Y porque no estoy seguro de que todos los espectadores saquen la misma impresión, consigan reponer el cortacircuito que te deja un tanto chamuscado en una obra un tanto convencional a estas alturas para dejarse arrastrar a este final brutal, gratuito y hasta sádico con el que Pinter dejó claro ya desde sus inicios que tipo de mente ocultaba su sombrero.

Dice el director, Ferran Madico, que la obra ‘es un fresco explosivo y sorprendente de aquello más primitivo; la pulsión más escondida de la sociedad occidental: la lucha por el Poder. La lucha por el Poder y la lucha -si se llega a conseguir- por mantenerlo’. Yo creo que es simplemente un vistazo a la sombra humana, al lado oscuro, al secreto de nuestra impotencia y dolor, más allá del sesentayochismo por fortuna, por eso sigue viva.

El anciano Max es un gritón airado que el actor Francesc Lucchetti no ha podido interpretar hasta el final, aquejado por un amago de angina de pecho. Lo ha sustituido con sólo una semana de ensayos, Manuel de Blas, que demuestra con ello oficio a raudales. Sergio Otegui y Ana Fernández encarnan a la hierática pareja que pasa del cielo al infierno sin despeinarse. Tristán Ulloa, Ricardo Moya y Julián Ortega aportan vida a sus personajes, el desalmado Lenny, el pobre de espíritu Joey y el descerebrado Teddy. Un buen reparto para unos buenos personajes.

Este montaje fue estrenado en 2007 en el Teatro Fortuny de Reus y posteriormente llegó al Teatro Nacional de Catalunya. Al Teatro Español, que lo ha programado hasta el próximo 15 de marzo, ha llegado en castellano, con un elenco renovado y con un formato íntimo, el de la Sala Pequeña que puede acoger a un centenar de espectadores. Otro ejemplo del predominio catalán en la escena española.

APUNTE FINAL SOBRE MISTER PINTER

La academia sueca consideró merecedor del premio Nóbel a Pinter porque ‘en sus obras se descubre el precipicio bajo la irrelevancia cotidiana y las fuerzas que entran en confrontación en las habitaciones cerradas”, pero sin duda su activismo político contra la intervención estadounidense en Irak, tuvo también sus méritos. Fue un gran defensor de la Revolución cubana y de su líder Fidel Castro, lo que nos aparta de él, y formó parte del Comité Internacional para Defender a Slobodan Milosevic, cuando el ex presidente serbio estaba preso en La Haya, Holanda, acusado de genocidio y otros crímenes de guerra en la antigua Yugoslavia., lo que nos acerca mucho. Las guerras de Yugoslavia y Kosovo, -y no Irak- son el gran delito de nuestra época.

Cuanto más izquierdista, más premios: debe tenernos todos: el Premio Shakespeare, el Premio Europeo de Literatura, el Pirandello, el Premio de Literatura británica David Cohen, el Laurence Olivier, y el Molière de honor a toda su carrera. El adjetivo «Pinteresque» está en el diccionario de Oxford, uno de los principales referentes de la lengua inglesa.

Era judío, pero an tisionista. Formó parte de aquella generación de escritores y cineastas, los Young angry men o Jóvenes airados (John Osborne, Arnold Wesker o Ann Jellicoe) y el free cinema (Tony Richardson, Karel Reisz o John Schlesinger), estética y políticamente renovadora y comprometida, aunque nunca caiga Pinter en los habituales clichés de la literatura política.

Su segunda esposa fue la historiadora de origen aristocrático Lady Antonia Fraser, biógrafa de la familia real británica. Vivía en Holland Park, una de las mejores zonas de Londres. Murió en diciembre pasado, tras cinco de grave enfermedad producida por un cáncer de esófago. Escribió 29 obras de teatro. ‘Retorno al hogar’ se editó en España por Aymá en 1970. Descanse en paz, nos dejó alguna cosa.

REGRESO AL HOGAR
H a r o l d P i n t e r
Una producción del TEATROESPAÑOL con el Centre d’Arts Escèniques de Reus (CAER)

Dirección Ferran Madico
Traducción Eduardo Mendoza

Interpretes
Max: Manuel de Blas/Francesc Lucchetti
Lenny: Tristán Ulloa
Sam: Ricardo Moya
Joey: Julián Ortega
Teddy: Sergio Otegui
Ruth: Ana Fernández

Escenografía Max Glaenzel y Estel Cristià
Vestuario Mercè Paloma
Ayudante de vestuario Sonia Capilla
Iluminación Maria Domènech
Banda Sonora Òscar Roig
Asistente de dirección Bàrbara Flores

TEATRO ESPAÑOL
SALA PEQUEÑA
Del 29 de enero al 15 de marzo de 2009
De martes a sábado, 20.30 h.
Domingos, 19.00 horas
Precio: 16 euros
www.teatroespanol.es

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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