Matisse frente a Sorolla, la apuesta del Thyssen, por J.C.Deus

Los grandes museos están ya presentando su programación para el verano. Mientras que el Prado apuesta por Sorolla, y el Reina Sofía por ‘Los Esquizos’, -el grupo figurativo ligado a la movida madrileña de los setenta y ochenta, del que hablaremos pronto-, el Museo Thyssen se ha decidido por indagar en la etapa menos conocida de Henri Matisse, en lo que fue el tramo central de su carrera, desde 1917 a 1941. Presenta una exposición soberbia, un baño de belleza y colorido, un festín exótico rodeado de odaliscas, un paseo magnífico por su casa de Niza, con esa ornamentación exhuberante que le fascinaba, y una sucesión de balcones abiertos prologando la mirada recluida del artista. Dos décadas pintando y pintando lo mismo y de la misma forma, aquietada la paleta, candorosa la mirada, ajeno al mundo, investigando en su universo de formas y colores propios. Reposando su primera osadía, ensimismado, entre dos enormes guerras a ambos lados del incesante pincel.

Con fondos procedentes de unos cincuenta museos y colecciones, asegurados en 365 millones de euros para esta visita, Tomás Llorens, comisario de la muestra, profundiza en el período, reuniendo unas ochenta pinturas, esculturas y dibujos, organizadas en seis capítulos: ‘Pintura y tiempo’, con cuadros de los primeros años del retiro en Niza; ‘Paisajes, balcones y jardines’, volcado al espacio exterior; ‘Intimidad y ornamento’, bodegones y escenas de interior; y ‘Fondo y figura’, con el desnudo femenino como centro de atención. Al final del recorrido encontramos ‘Une sonore vaine et monotone ligne’ (Una línea monótona, vacua y resonante), el espacio inspirado en el verso final de un famoso poema de Mallarmé que dio como resultado una de sus mejores pinturas murales, y sobre el que vuelve a trabajar el artista a partir de 1935; y finalmente ‘Temas y variaciones’ (1942), dibujos que el mismo pintor agrupó bajo este título y en los que las figuras son cada vez más ligeras, apenas unos trazos para resumir toda una vida de experiencia pictórica.

Guillermo Solana, el director del Tyssen, aparece más que orgulloso, casi desafiante: ‘¡Ya era hora de traer a Matisse!, que figura entre los cuatro o cinco pintores del siglo XX más apreciados por el público español’. No disimula que se trata de una decisión propia e insistente de antiguo; justificada en que apenas se ha expuesto a Matisse en España: la gran exposición en la Fundación Juan March de 1980, la del Reina Sofía, procedente de los museos rusos en 1987, la menor en 2005 de nuevo en la March… ‘¡Precedentes remotos! Era necesario reivindicar al Matisse maduro injustamente despreciado por la crítica vanguardista, que decía que se había aburguesado, que se había vuelto más naturalista y conformista. No creo que este Matisse que presentamos sea menos audaz e interesante: es un maestro consagrado que no necesita ya demostrar nada, que se encierra y se consagra a su placer y al del espectador de sus cuadros’.

Para Solana este Matisse ‘post-vanguardista’ sería un Mozart que compone música de cámara tras sus sinfonías: formato más íntimo pero en absoluto menos importante. Aplaude sin limitación a su antecesor en el cargo y comisario hoy, que ha convertido este encargo en un proyecto orgánico, donde destaca que todo está bien trabado, donde las piezas se interrelacionan, donde las salas son variaciones orquestadas delicadamente. Una exposición, en sus palabras, espaciada y elegante, bien delimitada en el gris de los muros, discreta y delicada, una apuesta de inmensa importancia, un proyecto caro pero que va a merecer la pena.

En ese concepto de lujo exquisito abunda Tomás Llorens, que para contarnos algo que no haya contado en el catálogo que ocupa entero con setenta cuidados folios, se apoya en las diferencias de juicio entre el surrealista-comunista Louis Aragon y el crítico-coleccionista Alfred Barnes para reinvindicar el lujo de esta exposición, un lujo de los sentidos y del espíritu, el lujo frente al puritanismo, el lujo necesario. Setenta años de esfuerzos y sacrificios existenciales desembocando en la capacidad de realizar en tres segundos el trazo justo, en el intento una y otra vez, hora tras hora, aunque Francia esté ocupada, aunque su mujer y su hija estén detenidas. ‘Afirmar la necesidad de ese lujo da sentido a la obra de Matisse y a esta exposición’.

Llorens y Solana lo presentan bien. Esta exposición, como las que jalonan la temporada en el paraiso museístico madrileño, es un lujo sobre el lujo que es el arte en esta prosaica existencia nuestra. Un lujo que tiene también piezas intrigantes y hasta surrealistas, como los dos óleos del acantilado de Étretat y sus personajes, dos rayas y un congrio. Un lujo de hermosura que comienza en una habitación de Beau-Rivage, y termina en una mesa morada y amorfa, donde una mujer dormida reposa la cabeza junto a una bandeja de frutos escoltada por gráciles ramas verdes. Luego, un final quedo, simples variaciones a plumilla de un dibujo simple. Entre medias, El reflejo, Pianista y jugadores de damas, El sombrero amarillo, La familia del pintor, Amapolas y Mont Alban. Una voluntaria y voluntariosa ‘línea monótona, vacua y resonante’. La exposición estará abierta hasta el 20 de septiembre.

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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