El revisionista Espartaco, por J.C. Deus

Espartaco ha abierto la temporada del Teatro Real, un ballet en tres actos creado por el Teatro Bolshoi con coreografía de Yuri Grigorovich y música de Aram Jachaturián, considerado como una de las producciónes destacadas de la danza del siglo XX. La idea de utilizar al exclavo rebelde del imperio romano para levantar un espectáculo a mayor gloria de la Unión Soviética, nació en pleno estalinismo, pero cuando el músico se decidió a adoptar la versión oficial de Volkov, la URSS entraba en la desestalinización y adoptaba lo que hoy se llama eufemísticamente un perfil más bajo. Y para cuando Grigorovich ultimó la escenografía que hoy nos rescatan, el mundo estaba ya en 1968: el mayo francés, la invasión de Checoslovaquia. La partitura de Jachaturián es ya un ‘remix’ de Stravinski con los musicales neyorquinos y las superproducciones de Hollywood. Y la coreografía, un momento de transición entre el ballet clásico y la danza contemporánea, profundamente influido por West Side Story.

Todo esto quiere decir que estamos ante una pieza de museo. Que así hay que verla, para no llamarse a engaño. Pero que presentada en su arrogante despliegue de tres horas de duración, se convierte en una difícil prueba para todo el que no sea fanático experto, historiador conspicuo o familiar de la enorme troupe que lo pone en escena.

Yuri Grigorovich, el pequeño dictador que gestionó el Bolshoi durante tres décadas, ha vuelto, un síntoma más de que la Rusia de Putin mira insistentemente hacia el pasado. Ha sido galardonado en más de cuarenta ocasiones y ha recibido títulos como los de Artista del Pueblo de la Unión Soviética, Héroe Socialista del Trabajo, Premio Lenin (1970) y dos veces Premio Estatal de la URSS (1977, 1985). ‘Ahora he regresado, tras más de una década fuera como coreógrafo. Antes estuve 33 años como director del Ballet. Mi tarea es que el Bolshói sea el Bolshói. O sea: grande. El mejor ahora es el Bolshói, porque estoy yo… La nueva generación del Bolshói, yo la considero como obra mía’. El Bolshói es el emblema más sobresaliente de la cultura rusa, en un país donde la danza es casi religión; la mitad de las coreografías del teatro están firmadas por este coreógrafo de 82 años. De entre todas, una ha obtenido un consenso general (de crítica y público) para ser considerada como su obra cumbre. Es este Espartaco, un acontecimiento dicen que histórico, porque nunca antes el Bolshói en bloque había actuado en Madrid.

También a Grigorovich le han preguntado estos días: ¿Qué les diría a quienes califican de antiguo al ballet? ‘Eso es una tontería, ha respondido. Es contemporáneo todo lo que sea interesante hoy, para el público actual. La historia de la cultura universal te ofrece todo, y está en cada uno elegir lo que le gusta. ¿Por qué enfrentar danza contemporánea y ballet clásico? Las dos existen, se desarrollan, las dos se nutren la una de la otra. Y siguen su evolución. Quien los enfrenta no entiende de teatro ni de música’.

Efectivamente, es contemporáneo todo lo que sea interesante hoy. El primer acto de Espartaco es deslumbrante; el segundo, siembra dudas. Y el tercero, agota, entre interminables piruetas cinco mil veces repetidas, entre antagonistas que no se distinguen unos de otros, en una apoteosis que te deja exhausto y vacío. Sin mensaje, sin emoción, atribulado.

En cuanto al compositor Jachaturián, que hoy es bastante programado en los circuitos occidentales, en 1947 fue acusado por el Comité Central del Partido Comunista de tendencias burguesas y antirrevolucionarias detectadas en sus composiciones. Junto a él, fueron también denunciados Shostakóvich y Prokófiev. A cambio de declararse culpable y reconocer susn pecados, recuperó su notoriedad como figura oficial del régimen soviético. Una vez muerto Stalin en 1953, lo condenó públicamente. Al año siguiente, 1954, fue nombrado “Artista del pueblo de la Unión Soviética” y en 1959 fue galardonado con el Premio Lenin. Jachaturián terminará imponiéndose como uno de los “compositores oficiales” de la Unión Soviética. Fue diputado del Soviet Supremo y es el autor del himno nacional de la Armenia soviética. Aram Jachaturián murió a los 75 años el 1 de mayo de 1978.

Ciertamente, el gigantesco elenco del cuerpo de baile del Bolshoi es un incomparable espectáculo. El lunes 7, los principales papeles estuvieron en las zapatillas de Egor Khromushin como un fiero Espartaco, Andrey Merkuriev como un prepotente Craso, Anna Antonicheva como una melindrosa Frigia, y Ekaterina Krysanova de casquivana Aegina, la preferida de los cuatro en los aplausos del público esa noche, aunque a mí me gustara más la exquisitez de Antonicheva.

No es que pretendamos negar que la llegada en 1964 de Yuri Grigorovich a la dirección artística del Ballet del Teatro Bolshoi de Moscú supuso un notable impulso para la compañía. Impuso su estilo al conjunto y, además de aportarle la elegancia aprendida en el Kirov, propició no pocas creaciones. Una de ellas es este Espartaco, el ballet en tres actos que se estrenó en Moscú el 9 de abril de 1968. Grigorovich empleó la música que Aram Khachaturian había compuesto en 1956 para la coreografía de Leonid Jacobson con que se había estrenado ese mismo año, quizás ante la nueva plana mayor soviética, que había denunciado el culto a la personalidad y el oscurantismo del Régimen, pero que no consiguió modificar el rumbo, un estreno con dos de las estrellas de la compañía en aquella época: Vladimir Vassiliev y Ekaterina Maximova.

Espartaco es hoy una narración muy cinematográfica; un clímax en el paso a dos entre Espartaco y Frigia, escoltado por numerosos aciertos coreográficos; momentos sublimes en la evolución de las legiones romanas y las cuadrillas rebeldes -que no se distinguen unas de otras más que por detalles del vestuario-; un poema en el enfrentamiento de los dos gladiadores ante el emperador; una escenografía que demuestra todo lo que se puede hacer con decorados pintados y gasas.

Pero una pieza declamatoria, rimbombante, excesiva, en la que Espartaco es intercambiable con Craso, y ambos marionetas de Grigorovich, que pone en pie un discurso artístico confuso al servicio de una causa política tambaleante cual el intento revisionista de Nikita Kruschov por acomodar la URSS a un escenario donde había sido derrotada de antemano por Broadway-Hollywood-Wall Street-Washington.

BALLET DEL TEATRO BOLSHOI
Espartaco
Ballet en tres actos
Aram Jachaturián (1903-1978)
Libreto de Yuri Grigorovich, basado en la novela de Raffaello Giovagnoli y en hechos de la historia antigua, y en el guión de Nikolai Volkov

EQUIPO ARTÍSTICO
Coreografía Yuri Grogorovich
Escenografía y vestuario Simon Virsaladze
Dirección musical Pavel Sorokin

REPARTO

Espartaco Ivan Vasiliev (días 5,10)
Pavel Dmitrichenko (6, 8)
Egor Khromushin (7, 9)

Craso Alexander Volchkov (5, 10)
Yury Baranov (6, 8)
Andrey Merkuriev (7, 9)

Frigia Nina Kaptsova (5, 10)
Anna Nikulina (6, 8)
Anna Antonicheva (7, 9)

Aegina Ekaterina Shipulina (5, 10)
Maria Aleksandrova (6, 8)
Ekaterina Krysanova (7, 9)

Gladiador Ruslan Pronin, Denis Savin

Coro de la Comunidad de Madrid
Director: Jordi Casas Bayer

Orquesta Titular del Teatro Real
(Orquesta Sinfónica de Madrid)

Producción de 1968

Estrenado en el Teatro Mariinski de San Petersburgo
el 27 de diciembre de 1956

Estreno de la producción de 1968 por el Ballet del
Teatro Bolshoi de Rusia el 9 de abril de 1968

Septiembre: 5, 6, 7, 8, 9 y 10
Duración aproximada:
Acto I: 45 min.
Pausa de 25 min.
Acto II: 40 min.
Pausa de 25 min.
Acto III: 45 min.

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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