El Prado incluye el siglo XIX, por J.C.Deus

Podría haberse optado por un museo nacional que incluyera la pintura y escultura del siglo XIX, entre el Prado y el Reina Sofía. Pero ya no caben más museos en la prodigiosa meca pictórica madrileña. Se ha optado por que el Prado contenga el discurso histórico del arte español desde el Románico hasta los maestros modernos del siglo XIX. En sus doce nuevas salas incluirá 176 obras que aspiran a suponer un compendio completo del arte español decimonónico, desde el último Goya hasta Sorolla y Benlliure.

Para sus responsables, este despliegue de ciento cincuenta y dos pinturas, dos acuarelas, veintiuna esculturas y una maqueta, cierra un discurso histórico que permite que el Prado se muestre ahora más completo que nunca. Tras la exposición inaugural de la ampliación del museo hace dos años, ‘El Siglo XIX en el Prado’, visitada por más de un millón de personas, las obras de los artistas españoles del siglo XIX se incorporan quizás definitivamente, junto a los maestros del pasado. La generosa representación de obras del XIX, completa la narración de la historia del arte español, que se inicia con la pintura románica de San Baudelio de Berlanga del siglo XII y que ahora se prolonga a través de la obra de Sorolla hasta principios del siglo XX, en estricta contemporaneidad con las primeras vanguardias.

El renovado interés por el arte moderno europeo desde el retorno del clasicismo al despertar de las vanguardias, ha terminado por inclinar a los responables del museo por esta solución, empujados por la convicción de que ‘debemos mirar con intensidad lo que tenemos más que lamentarnos por lo que nos falta’. Y para ello se reivindica nuestro siglo XIX, su entronque y contemporaneidad con la Europa de entonces, y su digna prestancia junto a las glorias de siempre. El siglo XIX ocupará un lugar de honor, con acceso directo desde la entrada de Velázquez, con una espectacular sala central que abre la escultura de la reina Bárbara de Braganza, esposa de Fernando VII, y un remate para exposiciones temáticas temporales que inaugura Aureliano de Beruete, que españolizó el expresionismo en sus arrabales madrfileños y sus paisajes castellanos.

Esta colección de pintura moderna que llega casi hasta nosotros con la presencia de obras de Mariano Benlliure que falleciera en fecha tan cercana como 1947, formaba parte del Prado desde su inauguración en el año 1819, pero desde 1997 no podía verse. Parecía que cuando se juzgaba el arte español, entre Goya y Picasso no había pasado prácticamente nada. Una simplificación como tantas con las que se ha escrito la historia. Una historia que es la del mismo Museo, puesto que todos estos cuadros se pintaron cuando ya existía, gracias a su existencia, no pocos dentro de sus muros, y algunos hasta por cuatro de sus sucesivos directores.

El Prado posee ni más ni menos que tres millares de obras del siglo XIX, muchas de ellas distribuidas por todo el territorio nacional, cedidas a museos e instituciones, y hasta adornando numerosos despachos de cargos públicos. Y ha ido incrementándose mediante significativas incorporaciones, algunas de ellas muy recientes y que se exponen ahora por primera vez, como El coracero francés de José de Madrazo, adquirida este mismo verano, Penitentes en la Basílica inferior de Asís de José Jiménez Aranda, adquirida en 2001, o Gran paisaje (Aragón) de Francisco Domingo Marqués o La niña María Figueroa vestida de menina, de Joaquín Sorolla, adquiridas ambas en el año 2000.

El recorrido se articula en doce salas ordenadas cronológicamente y en función de las diferentes tendencias y géneros. El discurso arranca en la galería central de la planta baja, consagrada a los artistas del primer tercio de siglo que estuvieron estrictamente ligados al arte cortesano y a la apertura del Museo del Prado en 1819. La nueva galería, bajo el epígrafe Goya. Neoclasicismo y Clasicismo Académico, se abre con la citada escultura de Isabel de Braganza –número uno del catálogo de esculturas del Museo.

Además, la sala recupera su misión original dotando de protagonismo a la escultura al incluir trece piezas escultóricas más. Adquieren también especial relevancia en esta sala los retratos de la reina y su esposo Fernando VII, por su relación con los orígenes del Museo, que conviven con los últimos cuadros neoclásicos de Goya, como la Marquesa de Villafranca o la Marquesa de Santa Cruz, y los de sus contemporáneos, como Vicente López con su emblemático Retrato del pintor Francisco de Goya.

El recorrido continúa con la sala dedicada al Romanticismo, que agrupa la obra de los principales ejemplos de esta corriente: Leonardo Alenza, Eugenio Lucas y Antonio María Esquivel. Tras ellos, Federico de Madrazo, dando paso a otra sala dedicada a Eduardo Rosales, presidida por su famoso lienzo Doña Isabel la Católica dictando su testamento como protagonista.

Tras la primera sala de Pintura de Historia con la gran escultura de Agustín Querol, Sagunto, el recorrido da paso a Fortuny y Rico, antesala de Raimundo de Madrazo, para adquirir un tono más intimista con el Paisaje Realista protagonizado por Carlos de Haes. Tras exponentes del Naturalismo como Pinazo y Muñoz Degrain, se abre la segunda generación de pintores de historia con algunas de las pinturas más impresionantes de las colecciones modernas del Museo como El Fusilamiento de Torrijos, de Antonio Gisbert. Joaquín Sorolla concluye este nuevo recorrido de visita a las colecciones del Prado con lienzos tan universales como Chicos en la playa y ¡Aún dicen que el pescado es caro!.

Se trata de otro paso en la lenta pero segura resurrección del Prado del tercer milenio, la llamada ‘segunda ampliación’ tras la puramente arquitectónica. Tras los pasos anteriores que supusieron las nuevas salas goyescas del 1 y 2 de mayo, la sala borbónica, y las salas de pintura veneciana. En unos meses llegarán las nuevas salas medievales y renancentistas. Y así hasta el año 2014 en el que se supone que terminará el gran salto adelante.

Los responsables del Prado están contentos: ‘El XIX ya está en su casa’. El siglo proscrito vuelve al escenario, tal como ha ocurrido en Europa desde hace unos años. Y este octubre de 2009 se supone que será una fecha histórica en los anales del Museo, por representar el final de un destierro de más de un siglo de duración. Las colecciones del siglo XIX estuvieron doce años guardadas hasta salir a la luz en 1889 para poblar el nuevo Museo de Arte Moderno. En 1971 fuero trasladadas al Casón del Buen Retiro, de donde se retiraron en 1981 para dar paso al Gernika. Retornaron en 1991, cuando el Gernika se alojó en el Museo Reina Sofía, pero fueron enviadas de nuevo a los almacenes en 1997. Siempre fueron el farolillo rojo, la cenicienta del cuento.

Ahora sirven para contextualizar al excepcional Goya, para mostrarnos a sus contemporáneos; a los monarcas que hicieron posible el Prado; a los altos funcionarios que lo mantuvieron, e incluso al conserje que administró sus llaves. Tres generaciones de licenciados en la materia no habían podido examinar los cuadros: permitirá una relectura de la pintura y escultura del siglo XIX, porque esta última, marginada entre lo marginado, retorna con honores de protagonista.

No se pierda conocerlo y prepare el ánimo con un extraordinario paseo virtual.

Museo Nacional del Prado
calle Ruiz de Alarcón 23
Madrid 28014
Tel. +34 91 330 2800

RECORRIDO DETALLADO

Sala 75 (Galería Sur de la planta 0)
GOYA, EL NEOCLASICISMO Y LOS ORÍGENES DEL MUSEO DEL PRADO

La primera sala con la que el Museo da comienzo a su presentación de las colecciones del siglo XIX está dedicada a los artistas del primer tercio de siglo, muchos de ellos estrictamente ligados a la creación del Museo del Prado en 1819. Se trata del espacio en el que el Museo establece la transición entre las obras de Goya y las de sus contemporáneos, como Vicente López, todos ellos al servicio del rey fundador del Museo, Fernando VII. En esta galería, consagrada ahora al Neoclasicismo y a los orígenes del Museo, adquieren especial relevancia los retratos de Fernando VII y su mujer Isabel de Braganza o la gran escultura de la reina, fundadora del Museo, que preside este gran espacio, tal y como lo ha hecho históricamente. Jalonan esta sala otras 13 esculturas de los grandes artistas neoclásicos que trabajaron para la Corona dando cuenta al visitante del contexto histórico del origen de la institución. Cabe destacar, además de los cuadros de Goya neoclásicos como La Marquesa de Santacruz, la maqueta en madera del edificio Villanueva, que ha sido restaurada, o el retrato del Coracero francés, de José de Madrazo, adquirido por el Museo este verano y que se expone por primera vez.

Sala 63 B
ROMANTICISMO

Tras la visita a la gran galería sur de la planta baja del Museo, el recorrido continúa con esta sala dedicada a la pintura isabelina que se inscribe dentro del Romanticismo surgido a mediados del siglo XIX. La sala, que comprende quince óleos, está presidida por la escultura Isabel II velada, excepcional muestra del virtuosismo escultórico de Camilo Torreggiani. La llegada del Romanticismo a España supuso el desarrollo de los géneros artísticos que mejor encarnaban los ideales del gusto burgués de la época. Uno de los temas más atractivos para la mentalidad romántica fue el paisaje, del que sería maestro máximo Genaro Pérez Villaamil (1807-1854), representado aquí por Manada de toros junto a un río, al pie de un castillo una panorámica en la que el autor nos ofrece un visión sentimental de la naturaleza, de las ruinas monumentales y de las poblaciones pintorescas transformadas por la imaginación.
La sensibilidad romántica se interesó también por el pintoresquismo de las costumbres populares. Leonardo Alenza (1807-1845) y luego Eugenio Lucas (1817-1870) retomaron en Madrid una reflexión mordaz sobre la vida popular, siguiendo la estela de Goya. Pero el foco más fecundo del costumbrismo pintoresco se desarrolló en Sevilla. Allí, Antonio María Esquivel (1806-1857) personificó la admiración por Murillo y sus retratos aportaron nuevos modelos procedentes de la tradición inglesa. Por su parte,
Valeriano Domínguez Bécquer (1833-1870), hermano del famoso poeta Gustavo Adolfo, culminó ese interés romántico por lo popular, acercándolo a la contemplación
objetiva de la realidad propia de la siguiente generación pictórica.

Sala 62 B
FEDERICO DE MADRAZO

Federico de Madrazo (1815-1894) fue el artista español más influyente de todo el panorama cultural de su época, gracias a su formación cosmopolita, sus extraordinarias facultades como retratista y su posición privilegiada en la Corte como primer pintor de cámara. Aunque estuvo profundamente influido por su experiencia en Italia, su personalidad artística se fraguó también con la admiración por la pintura francesa de su época y, sobre todo, con su profundo conocimiento de los grandes maestros del Museo del Prado, del que fue director como su padre José. A pesar de realizar también cuadros religiosos e históricos, destacó en el género del retrato con obras de exquisita factura y sentido de la elegancia como las nueve que se exponen en esta tercera sala.

Acompañan las nueve pinturas de Madrazo, la sensual escultura de Sabino de Medina La ninfa Eurídice mordida por la víbora y una pintura – Escena pompeyana (La Siesta)- del pintor holandés Lawrence Alma-Tadema, máximo exponente de la internacionalización del lenguaje purista, a quien la influencia de la antigüedad clásica grecolatina inspiró este apacible y singular lienzo.

Sala 61 B
ROSALES

Esta sala temática está dedicada a la figura de Eduardo Rosales (1836-1873), con siete obras del pintor y la conocida Rendición de Bailén de Casado del Alisal, autor que como Rosales tuvo a Velázquez como punto de referencia en su pintura en el decisivo salto hacia el nuevo realismo de raigambre española. Acompaña a estas pinturas una escultura de Agapito Vallmitjana, Cristo yacente, para la que, según la documentación de la obra, habría sido el propio Rosales quien actuó como modelo.

SALA 61
PINTURA DE HISTORIA (I)

Nos encontramos ahora con la primera gran sala dedicada a la pintura de historia. Aquí se exponen seis monumentales obras creadas para la exaltación de los valores nacionales entonces emergentes, temática que se convirtió en la preferida de la escena artística oficial durante la segunda mitad de siglo XIX. Las primeras promociones de pintores de historia se caracterizaron por su apego al purismo académico y, sobre todo, a una iconografía que abordaba momentos especialmente trascendentales de los personajes más destacados del pasado nacional. Más tarde, influido por la obra de Rosales, este género adoptó un lenguaje plástico plenamente realista en el que se exaltaban los grandes asuntos de herencia romántica como el amor, el honor y la muerte, una tendencia que culminaría en una de las grandes obras maestras del género, Doña Juana la Loca de Francisco Pradilla (1848-1921), expuesta en esta sala.

Los seis grandes óleos están acompañados por la dramática escultura Sagunto de Agustín Querol, no vista por el público desde 1997, que preside el centro de la sala.

SALA 62
FORTUNY Y RICO

Son quince obras las que se exponen en esta sala dedicada a Mariano Fortuny (1838-1874) y su círculo. El deslumbrante éxito de Fortuny en la Europa de su tiempo lo convirtió en uno de los protagonistas más relevantes del panorama artístico internacional. Su pintura, brillante y preciosista, alcanzó su mayor reputación con escenas de género y con otras inspiradas en el norte de África y Oriente. Ejemplo de esta influencia oriental es el cuadro Los hijos del pintor en el salón japonés, obra de una solidez plástica indiscutible.

Por su parte, el paisajista Martín Rico (1833-1908) se benefició del éxito de su íntimo amigo Fortuny en el mercado parisino al retomar sus planteamientos preciosistas para aplicarlos a paisajes y ambientes urbanos como en la espectacular Vista de París desde el Trocadero.

SALA 63
RAIMUNDO DE MADRAZO

Siguiendo la brillante estela de Fortuny, otros pintores aprovecharon para introducirse en el mercado artístico más cosmopolita. El caso más destacado es Raimundo de Madrazo (1841-1920), cuñado y gran amigo de Fortuny. De él se exponen en esta sala siete obras junto a cinco de otros cuatro autores, entre ellos Vicente Palmoroli (1834-1896) o el sevillano José Jiménez Aranda (1837-1903), cuyo virtuosismo brillante y decorativo se refleja en el cuadro Penitentes en la basílica inferior de Asís, obra expuesta por primera vez.

SALA 63 A
PAISAJE REALISTA

La sala dedicada al paisaje realista incluye veinte obras, dieciséis de Carlos de Haes, el paisajista con mayor trascendencia en el panorama español de su tiempo, y cuatro de sus contemporáneos, los catalanes Luis Rigalt (1814-1894) y Ramón Martí Alsina (1826-1894), el valenciano Antonio Muñoz Degrain y el madrileño Martín Rico (1833-1908), quien antes de alcanzar lo más fecundo de su carrera acercándose al preciosismo de Fortuny desarrolló una primera faceta influida por el paisaje francés. Estos cinco pintores vivieron durante la segunda mitad del siglo XIX un proceso de renovación artística que transformó por completo la sensibilidad romántica a través del paisaje y de su acercamiento al mismo a partir de estudios tomados directamente del natural.

SALA 62 A
NATURALISMO

Diez obras conforman esta sala dedicada a los autores del último cuarto del siglo XIX, aquellos con vocación naturalista que se aproximaron a los planteamientos realistas del final de la centuria, herederos de los maestros Eduardo Rosales y Mariano Fortuny. En esta época empiezan a tener protagonismo los centros artísticos regionales entre los que la escuela valenciana, por ejemplo, fue determinante. En ese contexto destacaron Muñoz Degrain, Francisco Domingo Marqués (1842-1929), Emilio Sala (1850-1910) e Ignacio Pinazo (1849-1916), quienes abordaron diversos géneros, como el retrato y el paisaje, consiguiendo cotas de gran modernidad. Un singular exponente es Gran paisaje (Aragón) del también valenciano Francisco Domingo Marqués, que se expone al público por primera vez después de su adquisición en el año 2000.

SALA 61 A
PINTURA DE HISTORIA II

La segunda sala dedicada a la pintura de historia nos vuelve a confrontar con monumentales lienzos, en este caso cinco decisivos cuadros de los pintores jóvenes del último tercio del siglo XIX que utilizaban las composiciones históricas para triunfar, conscientes de la importancia de este género en las Exposiciones Nacionales. Estos artistas españoles, que alcanzaron la fama gracias al género de la pintura de historia, representaron hechos históricos significativos además de relatos literarios muy populares y de especial intensidad dramática, como ocurre en Los amantes de Teruel de Antonio Muñoz Degrain. Prestaron también especial atención a los héroes convertidos en víctimas, tanto del pasado lejano como del mundo contemporáneo, de lo que es ejemplo máximo el Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, obra cumbre del final del género histórico, encargada directamente por el Gobierno a Antonio Gisbert (1835-1902) para ser expuesta en el Museo del Prado, del que el artista fue director entre 1868 y 1873.

SALA 60A
JOAQUÍN SOROLLA

La penúltima sala, la undécima de este recorrido por las colecciones del XIX, está consagrada al gran maestro Joaquín Sorolla (1863-1923), uno de los dos grandes protagonistas, junto a Aureliano Beruete (1845-1912), de la pintura española del cambio de siglo en las colecciones del Prado. Aquí se exhiben diez destacados ejemplos de la producción de Sorolla, seleccionados entre los diecinueve lienzos del maestro que atesora el Prado. Junto a ellos, se expone en la sala la delicada escultura del también valenciano Mariano Benlliure Canto de amor.

Entre las obras más emblemáticas aquí expuestas destaca ¡Aún dicen que el pescado es caro!, que supuso la primera consagración pública de Sorolla y es la obra cumbre del realismo social en España, fruto de la vinculación del artista con la conciencia social en torno a la vida de los marineros de su Valencia natal. Más tarde, alcanzaría su máxima plenitud al elaborar una interpretación extraordinariamente personal y gozosa del mar Mediterráneo de la que su cuadro Chicos en la playa constituye ejemplo destacado, siendo además una de las obras más conocidas de las colecciones modernas del Museo. Como novedad, la sala incluye La niña María Figueroa vestida de menina, obra inacabada que interpreta la pintura velazqueña y que se expone en las salas del Prado por primera vez desde su adquisición en el año 2000.

SALA 60
PRESENTACIÓN DE COLECCIONES
AURELIANO DE BERUETE

Esta última sala, de presentación de colecciones, está concebida como instrumento para exponer de forma periódica conjuntos singulares de obras de las colecciones del siglo XIX seleccionados entre los fondos que no se han integrado en este recorrido.

Los evocadores paisajes de Beruete inauguran esta propuesta de sala “temporal” que pone broche al discurso expositivo de las nuevas salas de la pintura decimonónica del Museo del Prado. Aureliano de Beruete y Moret (1845-1912) es, junto a Joaquín Sorolla, el artista más destacado con el que culminan las colecciones de pintura española del Museo. En la sala se exponen los mejores paisajes que conserva el Prado de este artista, evocando en su montaje y concepción la exposición-homenaje organizada, tras su fallecimiento, por su gran amigo Joaquín Sorolla en su propia casa. Como en aquella ocasión, el retrato de Beruete, pintado precisamente por Sorolla, preside esta sala rodeado por las veinte obras del madrileño que se muestran en este final de recorrido.

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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