Descubrir a un Maíno bien acompañado, por J.C.Deus

Vivió 60 años (1581-1649); a los 32 se metió en un convento dominico, y no pintó más de cuarenta obras en toda su vida. Juan Bautista Maíno apenas es conocido en España y absolutamente nada por esos mundos. El Prado lo rescata del olvido con exquisito cuidado, expone su obra prácticamente completa y la acompaña de otras tantas obras de maestros de su tiempo para que podamos encuadrarla en su justa valía. Es su propuesta para este otoño y es una propuesta que merece reconocimiento y éxito. “Probablemente nadie llegó tan cerca de Caravaggio como este dominico español”, dijo de él el primer experto que lo lanzó internacionalmente. Y con ello le situó perfectamente.

La exposición está compuesta por treinta y cinco de las cuarenta obras atribuidas al pintor y otras treinta y una pinturas de los autores que más influyeron en su formación, entre ellos Caravaggio, Guido Reni o Carracci. De las 35, siete son atribuciones recientes, algunas sólo se conocían por reproducción fotográfica y otras apenas se han expuesto y en ningún caso lo habían sido junto a otras obras del pintor. Lo mejor de su producción se conservaba en el Prado, -la Adoración de los Magos, la Adoración de los pastores, La recuperación de Bahía o el Retrato de caballero-, y es acompañada por contribuciones de otras instituciones y colecciones, entre las que destacan San Pedro Arrepentido, procedente de la Galería Barbié de Barcelona, la Magdalena Penitente, de una colección particular, o Santo Domingo en Soriano, la más divulgada de sus iconografías, del Museo del Ermitage de San Petersburgo.

Para ayudar a comprender dónde se sitúa la pintura de Maíno, además de cotejarla con estos significativos ejemplos de artistas europeos (el Éxtasis de San Francisco, de Caravaggio, se expone por primera vez en España), la exposición cuenta también con obras de otros pintores españoles, contemporáneos del artista, que ayudan a contextualizar su obra en Toledo o Madrid. Ejemplos del Greco, Velázquez, Tristán, Orrente, Bartolomé González o Núñez del Valle ofrecen un horizonte amplio del significado de las composiciones de Maíno en la pintura española de su tiempo. De la formación del artista en Roma y de su raigambre italiana, dan cuenta en la exposición las comparaciones establecidas entre sus obras y las de artistas italianos como los citados Caravaggio, Gentileschi, Reni, y también otros coetáneos, como Saraceni, Cavarozzi, Elsheimer y Cecco de Caravaggio.

De tan importante selección, hay dos obras que queremos destacar por encima del conjunto. Una del protagonista Maíno, el ‘Retrato de un dominico’, que podría ser su autorretrato, y la otra de Gaspar de Crayer, un ‘Felipe IV’ de cuerpo entero, vestido con una armadura enteramente recamada de bordados aúreos que es quizás el atuendo más atractivo de todos los que la pintura ha inmortalizado de aquella época. El retrato de Maíno viene de Oxford y el de Felipe IV de Nueva York. El dominico pintor de corte y el heredero real vienen de aquel siglo XVII español tan lejano. Merece la pena salirles al encuentro.

Organizada en ocho ámbitos temáticos, la exposición se inicia con obras de pequeño formato, a las que siguen el Retablo de Pastrana, los paisajes y los retratos, continuando por el conjunto de las Cuatro Pascuas para el Retablo de San Pedro Mártir en Toledo, al que suceden obras de gran formato y figuras de cuerpo entero de santos como María Magdalena, San Pedro en lágrimas o San Juan Bautista, para finalizar con su obra más emblemática, La recuperación de la Bahía del Brasil.

Entre todo ello, merece mención especial el Retablo de San Pedro Mártir. Los cuatro lienzos de gran tamaño que constituyen la parte más destacada de ese conjunto, son obras fundamentales de la pintura española del siglo XVII. Y dos de ellos, la Adoración de los Magos y la Adoración de los pastores, se sitúan en las cotas más altas de la mejor pintura europea de la época. De las colecciones reales que dieron origen al Prado, procede La recuperación de Bahía del Brasil (1634-35), destinada a decorar el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro.

Y junto al Retablo, el Retrato de caballero (1618-23), adquirido por el Museo del Prado en 1936, uno de los cuatro únicos cuadros firmados por el artista y obra capital dentro de su producción, en la que se aprecian afinidades con la retratista de la escuela holandesa y las composiciones del Greco.

La exposición acierta completando la limitada obra -en número y talla- de Maíno, con numerosos emparejamientos comparativos con otros artistas de su tiempo interpretando idénticos temas. Es un placer observar adoraciones de pastores y reyes, éxtasis de san francisco, san pedros arrepentidos o magdalenas dolientes de distintos maestros junto a las de Maíno, y así poder comparar entre ellas. Es un acierto realzarle en compañía de sus contemporáneos.

Se sabe que el pintor nació en la villa alcarreña de Pastrana en 1581, hijo de un artesano milanés y una noble portuguesa al servicio de la duquesa de Pastrana, la famosa Princesa de Éboli. Pasó su adolescencia en Madrid y, en una fecha imprecisa pero que se supone hacia finales del siglo XVI, viajó a Italia, donde tendría una decisiva formación pictórica vinculada al revolucionario naturalismo de Caravaggio y a la revisión del clasicismo italiano de Annibale Carracci y la escuela boloñesa. Maíno vivió en primera persona toda esa confluencia de aportes y estilos, y así lo manifiesta su pintura, caracterizada por un dibujo vigoroso y descriptivo y la monumentalidad escultórica de sus figuras, trazadas con una iluminación contrastada e intensa y un colorido vivo y saturado. Trabajó en diversos soportes y dimensiones, destacando como retratista pero también como paisajista, un género del que dejó unos pocos ejemplos donde confluyen la poética clasicista y una minuciosa descripción botánica muy cercana a los paisajistas flamencos.

Al parecer tuvo un hijo de madre desconocida. Hacia 1620, Felipe III lo llamó para que fuera maestro de dibujo del futuro Felipe IV. Desde tan privilegiado puesto, protegió a Velázquez, a quién eligió en un concurso público para pintar el tema de La expulsión de los moriscos (hoy desaparecida) frente a rivales tan reputados en ese momento como Carducho, Cajés y Nardi.

El Catálogo de la exposición (P.V.P. 48 €) –patrocinado por la Sociedad Don Quijote de Castilla-La Mancha- incluye cuatro ensayos. Dos de ellos escritos por Leticia Ruiz Gómez, comisaria de la muestra, el primero dedicado a la fortuna crítica del artista y el segundo a los orígenes familiares y primeros años. Por su parte, Gabriele Finaldi, Director Adjunto de Conservación del Museo del Prado ha escrito el ensayo que describe la Roma en que se formó y trabajó, y Maria Cruz de Carlos y Fernando Marías son los autores de un texto dedicado a los dos ámbitos, Toledo y Madrid, en los que el pintor se movió tras su regreso definitivo a España. Un anexo documental recoge sesenta y cuatro documentos referentes al pintor y su familia, de los cuales treinta y dos son inéditos.

Celebremos la recuperación y auguremos que sigan otras pendientes. Es tarea también de nuestro Museo del Prado.

Juan Bautista MAÍNO (1581-1649)
Un maestro por descubrir
20 de octubre de 2009 – 17 de enero de 2010
Museo Nacional del Prado. Edificio Jerónimos
Comisaria: Leticia Ruiz
Patrocina: Fundación Amigos del Museo del Prado
www.museodelprado.es

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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