Un Renacimiento Impresio… nista, por J.C.Deus

Sigue gozando en nuestros días el Impresionismo del máximo favor de todos los públicos a la hora de decantarse por una época o tendencia concreta en toda la historia de la pintura. Parecería que ‘a grosso modo’ ya lo sabemos todo de esos pintores tan populares, y de su vida y obra. Pero el París de finales del siglo XIX sigue siendo un yacimiento inagotable a poco que se remuevan los convencionalismos. Esta vez se trata de reivindicar a aquellos otros artistas contemporáneos que no abrazaron completamente la tendencia e intentaron avanzar por parámetros más académicos y realistas, lo que les ha costado un ostracismo de un siglo. En todo el mundo vuelve a valorarse aquel modernismo contenido, la pintura histórica, las escenas hogareñas y laborales, los bodegones y los retratos de aquel fin de siglo décimonónico. Véase como ejemplo cercano el éxito de la antológica reciente de Sorolla y la recuperación de la pintura del siglo XIX española en del Prado.

Las actuales obras de remodelación del parisino Musée d’Orsay le han permitido desarrollar una productiva tarea de relaciones públicas y de incremento de ingresos, organizando dos giras internacionales con parte de sus cotizados fondos. Una de ellas, con el título de Impresionismo. Un nuevo Renacimiento, se inicia hoy en la Fundación Mapfre de Madrid y viajará posteriormente al Fine Arts Museum de San Francisco y al Frist Center for Visual Arts de Nashville. Ese museo francés quiere revalorizar sus grandes fondos de pintura moderna entre 1848 y 1914 que van más allá del impresionismo y son mucho menos conocidos. Una brillante idea que además repara una de las muchas injusticias históricas en las que tan menudo, a fuerza de simplificar, caemos cuando juzgamos el pasado.

Esta ‘Impresionismo. Un nuevo Renacimiento’ acoge 90 obras, la mitad aproximada de las cuales pertenecen a artistas no impresionistas, que escoltan y completan a la parte impresionista, con algunas de las piezas maestras de Manet, Monet, Renoir, Sisley, Pisarro o Cézanne, un conjunto de obras que ya de por sí son primicia en España. Una exposición que podía haberse titulado ‘Los impresionistas y los otros’. Una ocasión única, sí, para obtener una visión global del irrumpir de este movimiento artístico que cambió la percepción del orbe y del mundo marcando el camino de la modernidad, pero también un magnífico despliegue de los complejos meandros pictóricos en los que surgió la revolución impresionista, que así puede entenderse mejor. El contexto en el que, y contra el que, los nuevos valores y nuevas maneras de hacer y de entender el arte surgían, en un momento socialmente crítico, marcado por la guerra franco-prusiana y la Comuna de París.

El impresionismo y su afán de transformación, no supuso pues una ruptura radical con el arte tradicional y académico, tal como se suele indicar de manera un poco simplista. El entusiasmo por la modernidad es una de las señas de identidad de la época, y contamina del mismo modo a realistas, impresionistas y académicos. Cada cual, a su manera, busca una transformación en el arte que lo haga más acorde con el mundo moderno. Y ésta es una de las grandes aportaciones de esta exposición, que además de presentar obras maestras de los impresionistas, ofrece también una visión de aquellos otros artistas que, en los mismos años, también intentaron, aunque desde otros lenguajes, una cierta renovación de la pintura (que lo consiguieran es otro cantar). Coincidiendo con la primera exposición del grupo impresionista, celebrada en el estudio del fotógrafo Nadar en 1874, se funda el Museo de Luxemburgo como lugar de exposición de las grandes obras académicas premiadas en los Salones; el impresionismo convive con el academicismo, pero también con las decoraciones clasicistas de Puvis de Chavannes y con los sueños simbolistas de Moreau.

Manet es la figura dominante del período, así como la gran referencia para los Impresionistas, personificando todas sus aportaciones y contradicciones: las obras de Manet retoman las lecciones de Goya y Velázquez y, como para ellos, sus creaciones nacen con la aspiración de perdurar en los museos. ‘El pífano’ es, sin duda, la obra que mejor resume la complejidad artística de Manet, su revolucionaria modernidad y su apego a la tradición. Manet presenta sus obras en el Salón, pero, a la vez, se convierte en el gran animador del nuevo grupo. La escuela barroca española se convierte en estos momentos en un gran referente para estos artistas. El realismo sobrio y austero de Velázquez permitía a Manet justificar una pintura apegada a la realidad, que eliminaba lo accesorio para centrarse en la pintura más pura. Whistler tampoco pudo escapar a la influencia del gran maestro español, tal como demuestra el apreciado retrato de su madre, ‘Arreglo en gris y negro nº1’.

Las primeras tentativas de formación de un grupo de vanguardia aparecen reflejadas en esta exposición a través de La Escuela de Batignolles. El gran cuadro de Fantin-Latour, ‘La Escuela de Batignolles’, coloca a Manet como centro y alma del grupo, a pesar de que nunca quiso exponer con ellos. Por su parte, ‘El taller de Bazille’, de Bazille, así como los retratos de Renoir, Bazille o Monet, realizados entre ellos, muestran la gran connivencia del grupo. Estos jóvenes artistas buscaban una oportunidad, un camino en el que desarrollar sus inquietudes artísticas, dentro de un panorama artístico marcado por academicismo del gran Salón de París, en el que reinaban artistas como Bouguereau o Cabanel que también intentarían su personal asalto a la modernidad. El Salón, sin embargo, también acogía propuestas más innovadoras como las grandes obras de Puvis de Chavannes, ‘Le pigeon y Le ballon’, alegorías del asedio de París en 1871, así como ‘Mujeres a orillas del mar’.

Organizada a dos niveles, la planta baja está dedicada a los artistas que no abrazaron el impresionismo, aunque también intentaran hacer frente a la modernidad, pero desde parámetros más académicos y realistas, mientras que el primer piso es una brillante eclosión de la escuela más famosa de todas las escuelas, con algunos de los nombres y telas más renombrados del movimiento. El tímido Monet aporta ‘La gare Saint-Lazare’, ‘Les regates à Argenteuil’ o ‘La rue Montorgueil’. Las grandes series fluviales sobre el Sena en Argenteuil, en Vetheuil, en Champrosay, que pintaron de forma coetánea Monet y Renoir plasman a la perfección la técnica impresionista, las pinceladas pequeñas y vibrantes que permiten captar el continuo devenir de los efectos atmosféricos. Frente a la fuerza de Monet, Renoir aparece como un artista más sensual, más delicado en sus retratos, quizás por las sutiles irisaciones de su paleta veneciana, que se muestran con esplendor en obras como ‘El Columpio’. Sisley, por su parte, destaca por su gran rigor compositivo, demostrado en sus obras como ‘La neige à Louvenciennes’. Incluso contamos con una ‘femme’, Berthe Morisot: su obra ‘La cuna’ participó en la primera exposición impresionista de 1874.

Cézanne aprendió junto a Pisarro lo que significaba el impresionismo. Su complicidad se muestra al comparar obras como ‘La casa del ahorcado’ de Cézanne y ‘Los tejados rojos’, de Pisarro, que muestran una composición muy similar. Pero el sentido constructivo de Cézanne, enfatizado por la plenitud de sus pinceladas, se pone de manifiesto de manera muy especial en sus bodegones y en sus últimas obras, como ‘El puente de Maincy’ y ‘El golfo de Marsella visto desde L´Estaque’. Frente a la renovación estilística de Monet, Renoir o Cézanne, Degas representa la renovación del clasicismo. Su modernidad no se apoya en una pincelada vibrante o en la planitud del lienzo, sino en una estética fragmentaria, que le permite crear la ilusión de representar un instante de la vida moderna.

La exposición se cierra con las últimas obras de Manet, lo que quiere representar su hegemonía sobre el conujnto. Manet consigue triunfar en el Salón con obras de corte político, como el ‘Retrato de Georges Clemenceau’. Pero, a su vez, el gran pintor revolucionario reina en los salones mundanos, como muestra ‘La mujer de los abanicos’ – retrato de la excéntrica Nina de Callias – o el ‘Retrato de Stéphane Mallarmé’. Todos ellos demuestran el entusiasmo por la modernidad que inició y vertebró brillantemente Manet.

La nueva sede de la Fundación Mapfre en el Eje Prado-Recoletos, un precioso palacio del siglo XIX, ya se inauguró hace un año con ‘Edgar Degas, El proceso de la creación’ presentando, por primera vez en España, la colección completa de los 73 bronces de Degas junto a 6 óleos, 13 pasteles, 13 dibujos, 13 grabados y 4 fotografías procedentes del Musée d’Orsay de París y del Museo de Arte de São Paulo de Brasil.

El pasado otoño, Henri Fantin-Latour gozó de una gran retrospectiva en el Museo Tyssen. El compañero de Whistler y amigo de Monet y Degas, ocupa efectivamente un lugar difícil de encajar en la historia de la pintura francesa de la segunda mitad del siglo XIX. Su trayectoria artística coincidió con el nacimiento y desarrollo del impresionismo pero no llegó nunca a participar en este movimiento como miembro activo, aún compartiendo con ellos muchas de sus aspiraciones estéticas. Quizás por ello, la obra de Fantin-Latour ha sido menos estudiada y celebrada que la de sus colegas impresionistas y apenas se le habían dedicado grandes exposiciones en las últimas décadas.

El presidente del museo d’Orsay, Guy Cogeval, aceptó el guante de elegir tres obras de todo el conjunto. Fueron, como la más popular, ‘El pifano’ de Manet que abre la exposición; como exponente de un ‘realismo impresionista’ a reivindicar, ‘Los acuchilladores de parquet’, de Gustave Caillebotte; y entre las telas menos conocidas, ‘El nacimiento de Venus’ de William Adolphe Bouguereau. Y suma una cuarta, la realmente impresionante vista del golfo de Marsella, de Cezanne, que el generoso Biuguereau adquirió en vida y donó a su muerte al museo que Cogeval preside junto a muchas otras obras.

El director general de la Fundación Mapfre, Pablo Jiménez Burillo, insiste en que la historia del impresionismo está mal contada, como una película de buenos y malos, y destaca ‘la inteligente forma de mostrar un movimiento complejo con un punto de vista insólito’ que han tenido los dos comisarios de la muestra, Stephane Guégan y Alice Thomine. Cita ‘Los pavos’ de Monet y se relame evocando ese rincón de la muestra que agrupa tres fabulosos paisajes de Cézanne. Han pagado un millón de euros de prima aseguradora pero guardan en secreto cuánto les ha costado en total este despliegue del renacimiento impresionista, un momento único en la historia de la pintura de concentración de pinceles, ideas y valor.

Página web monográfica
www.exposicionesmapfrearte.com/impresionismo

Impresionismo. Un nuevo renacimiento
15 de enero a 22 de abril de 2010
FUNDACIÓN MAPFRE. Instituto de Cultura.
Paseo de Recoletos nº 23
Comisarios generales: Pablo Jiménez Burillo, Guy Cogeval.
Producción:
FUNDACIÓN MAPFRE. Instituto de Cultura, Madrid
MUSÉE D´ORSAY, París

Catálogo.- Parte de dos grandes ensayos introductorios dedicados al ambiente artístico, cultural y social del París de 1870 (“Manet a la vista. Conquista y muerte del Salón”, por Stéphane Guégan, y “Afinidades secretas. Pintura y arquitectura en el París del siglo XIX”, por Alice Thomine). El resto del libro se vertebra a través de pequeños ensayos que introducen las secciones de la exposición y los asuntos de interés: “El triunfo de Manet”, “El hispanismo parisino”, “La escuela de Batignolles”, “El año terrible (1870-1871)”, “Realismos. La herencia de Millet y Courbet”, “El Salón. Antiguos y modernos”, “Monet / Renoir / Sisley”, “Pisarro /Cézanne”, “Mujeres pintoras, mujeres pintadas”, “Degas: la instantánea de la vida moderna” y “Manet: entre el impresionismo y la vuelta al Salón”.
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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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