Vistosos fotogramas bajo cruz gamada, por J.C.Deus

67Adaptar a la escena cuarenta años después la célebre película ‘La caída de los dioses’, de Lucino Visconti, parece un capricho a la altura de pocos. Pero a Tomaž Pandur le acompaña el éxito desde hace años y ha conseguido realizar una ambiciosa producción respaldada por tres instituciones públicas, la cual ya han visto doce mil espectadores en dos prestigiosos festivales de verano. Llega a Madrid para ayudarnos a vencer agosto con actores famosos y escenas bordadas. Y una decidida apuesta por la atracción que ejerce la maldad caricaturizada.

Ya saben que trata de la fractura de una aristocrática familia alemana, propietaria de una de las principales empresas de la industria pesada, en los primeros momentos del III Reich, justo con el ascenso al poder del partido nacional socialista, entre el incendio del Reichtag y la exterminación de las Brigadas de Asalto en la noche de los cuchillos largos. Los Essenbeckm, en su ambiciosa simbiosis con la nueva nomenclatura política, se devorarán unos a otros tras la desaparición del patriarca. Es la historia mil veces repetida del sempiterno poder económico aliándose con el coyuntural vencedor político en los cambios de Régimen, consiguiendo casi siempre perpetuarse, desapareciendo a veces en el intento.

143Estamos ante una adaptación muy fiel al guión original de Nicola Badalucco, Enrico Medioli y Luchino Visconti. Fiel en el fondo -guión, diálogos, traducción- y fiel en la forma: ese supuesto ambiente decadente, corrompido y degradado de la Alemania de entre guerras, sentenciada a la brutal y catártica purificación del nazismo. Escenografía, iluminación, vestuario y recursos visuales reproducen de forma excelente el escenario recreado que todos tenemos en mente, y lo hacen mediante una sucesión de encuadres, de viñetas fijas destinadas a ensalzar la iconografía y el simbolismo que el imaginario colectivo occidental ha elaborado del episodio histórico. Cenas de gala y desfiles marciales, trajes de noche y uniformes relucientes, multitudes exaltadas y dirigentes iluminados, aristócratas pervertidos y grotescos nazis, Alemania en 1934. Una simplificación cada vez más simplificada.

Ciñéndose al cliché, exagerándolo hasta el paroxismo, Pandur elige provocar en la mente del espectador la adicción gratificante del ‘infoentretenimiento’, el reflejo condicionado del perro de Pavlov a lo trillado y convencional. Reconociendo el mismo que el ascenso del Nacional-Socialismo en los años 30, ‘transciende a Alemania, Italia, e incluso Europa’ y es ‘testimonio profundo de la Humanidad’, no sigue el camino de trascender universalizando, sino la ruta de exaltar la anécdota, de magnificar lo que es intelectualmente accesorio, la iconografía nazi.

foto_alojsa_rebolj_1Y por este camino consigue imágenes de enorme belleza a la altura del modelo cinematográfico si es que no lo superan. Después de que el cine copiara tantas veces al teatro, ahora es el teatro el que copia a menudo al cine; pero lo emula sin superarlo cuando mantiene el predominio de la apariencia, de lo visual, de la forma. Y por este camino, la adaptación de Pandur, como la película de Visconti, se convierten en una tremebunda apología de lo que parecen querer criticar. Un gigantesco subgénero (‘Portero de noche’ y todas las demás) que alimenta y se nutre de incógnitas misteriosas, de silencios colectivos, que caricaturizando al nazismo, convirtiéndolo en el Mal más malo de todos los tiempos, lo elevan a objeto de culto irracional y subconsciente. Pandur realiza tal fotogénico y hermoso despliegue de símbolos nazis que finalmente uno no sabe si los extremos se tocan y si la demonización no termina en apologética.

Ya la película de Visconti -la rodó con más de sesenta años de edad y la estrenó en 1969, siete años antes de morir- era prepotente, tediosa, deslabazada y decepcionante, un intento fallido de montar Mackbett entre esvásticas, un mamotreto sólo justificable por sus bellos encuadres y la escandalosa actuación de Helmut Berger, por más que se nos insista en que Fassbinder una vez dijo que representaba para la historia del cine lo mismo que Shakespeare para la historia del teatro. Superpuesto a ello, el ‘remake’ de Pandur nada añade salvo sustituir a Dirk Bogarde por Alberto Jiménez como Frederick Bruckmann; a Ingrid Thulin por Belén Rueda como Sophie Von Essenbeck; y al citado Helmut Berger por Pablo Rivero como Martin Von Essenbeck. Salen airosos los dos primeros, Jiménez por su voz y Rueda por su figura, pero Rivero termina empantanado en una criatura demasiado histérica y amanerada.

146Destacaríamos en el reparto a Fernando Cayo, siempre creíble y aquí creíble en la piel de este lúcido Von Aschenbach, que protagoniza junto a su rival, el Baron Konstantin que hace Manuel de Blas, la escena más impactante de la obra, el duelo de los machos alfa, el remedo de aquella memorable Nacht der langen Messer, la purga entre el 30 de junio y el 2 de julio de 1934 que acabó con las Sturmabteilung (SA), la organización paramilitar nazi cuya competencia el ejército no toleraba.

Son bellos los sucesivos encuadres de Pandur, fotogramas fijos más que secuencia hilada, pero de una belleza vacua, gélida, lejana. Siguiendo la tónica general, la escenografía es brillante aunque no original, y usa elementos muy comunes hoy día entre los directores artísticos -gran espejo, cinta transportadora, sillas- por el simple hecho de usarlos, sin que quede justificada su presencia.

La música en directo se convierte en un protagonista más, o casi el protagonista máximo del elenco. Nunca un piano de cola dio tanto de sí para crear un ambiente sonoro, y el trabajo de Ramón Grau es espectacular aunque tan abundante, tan ‘overwhelming’, que puede fatigar al respetable. También aquí vemos elementos ya frecuentes en los escenarios, como el ‘Für Aline’ del compositor estonio Arvo Pärt, sin que vengan especialmente a cuento. Pero el trabajo de ilustración musical de Ramón Grau a base de tonos graves sí que es una aportación original.

100[1]En general, el elenco resulta envarado; la trama arrastra las deficiencias del primitivo guión, agravadas por algún cambio de personajes como la desaparición de la judía violada; el nuevo personaje de Janek complica más que aclara y parece pura disculpa para incorporar un señor bajito; la cinta transportadora trae y lleva objetos y personajes a su aire, con motivos sólo estéticos, y son éstos los que aportan escenas inauditas, como la de los siete repollos; cuanto más analizas el montaje, más incongruencias encuentras, más ‘ganchos’ asoman, como el abuso de magreos homosexuales para solaz de la influyente parroquia rosa. En conjunto un tributo a la arbitrariedad más ecléctica.

Al parecer Pandur ‘pretende demostrar la vigencia del discurso de Visconti en nuestro tiempo, transcurridos más de cuarenta años y con numerosos acontecimientos que nos han conducido a un inquietante e inestable momento político y social en Europa’. Nada más lejano al momento actual europeo que este despliegue de maldad nazi. O si no, que nos lo expliquen.

A este director teatral le han bastado seis consecutivos montajes en España para ser condecorado con la Orden de Isabel la Católica ‘por su contribución al acercamiento cultural y artístico entre España y Eslovenia’. Entre sus montajes, con Nacho Duato hizo ‘Alas’ para la Compañía Nacional de Danza; y con Blanca Portillo de protagonista, un buen Hamlet en 2009 también en el Matadero producido por el Teatro Español.

alojsa_rebolj-fotoNos preguntamos que ha llevado a este hombre que tan meritoriamente aún se siente yugoslavo, a realizar esta devota reposición de las maldades nazis en vez de emplear su probado talento en aproximarse a los problemas y circunstancias de esta nueva era que estamos iniciando sin que nadie se dé cuenta. Una ‘caída de los dioses’ en el Belgrado post Milosevic o en el Madrid del Cambio nos hubiera gustado más. El acomodo de los ricos de siempre al régimen del momento podía haber ondeado puños y rosas, sustiuido Krupp por BBVA, nazis uniformados por ejecutivos agresivos, y directores de acerías por directores de periódicos.

No obstante, esta versión teatral de ‘La caída de los dioses’ es un buen espectáculo, largo como a la gente le gusta, -ya saben ‘grande, grande aunque no ande’-, y en los dos meses que va a estar en cartel habría sin duda que acercarse para comprobar que entretiene, funciona, y es un olmo imponente al que no se le pueden pedir peras.

Dos vídeoclips del montaje teatral

Aproximación al espectáculo (del 1 al 10)
Texto: 7
Dirección: 7
Escenografía: 7
Interpretación: 7
Música: 7
Realización: 8
Producción: 8

LA CAÍDA DE LOS DIOSES
Basada en la historia y el guión original de Nicola Badalucco, Enrico Medioli y Luchino Visconti
Adaptación para teatro y dirección: Tomaž Pandur
Del 25 de agosto al 23 de octubre

Reparto (por orden de intervención)
Baronesa Sophie von Essenbeck, Belén Rueda
Elisabeth, Thallmann Nur levi
Baron Konstantin von Essenbeck, Manuel de Blas
Herbert Thallmann, Francisco Boira
Martin von Essenbeck, Pablo Rivero
Von Aschenbach, Fernando Cayo
Friedrich Bruckmann, Alberto Jiménez
Janek, Emilio Gavira
Günther von Essenbeck, Santi Marín
Pianista, Ramón Grau

Equipo Artístico
Dramaturgia Livija Pandur
Escenografía NUMEN (Sven Jonke)
Vestuario Angelina Atlagić
Iluminación Juan Gómez Cornejo
Diseño de videoescena Álvaro Luna
Traducción Pablo Viar
Coordinación Musical Antonio Moreno

Una producción del Teatro Español de Madrid en colaboración con el Teatro Calderón de Valladolid y el Festival Grec de Barcelona

FESTIVAL de LIUBLIANA (ESLOVENIA)
Del 12 al 14 de julio
FESTIVAL GREC DE BARCELONA
Del 19 al 21 de julio
NAVES DEL ESPAÑOL
Del 25 de agosto al 23 de octubre
Duración 2h.30min. (con intermedio).

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Autor

José Catalán Deus

Editor de Guía Cultural de Periodista Digital, donde publica habitualmente sus críticas de arte, ópera, danza y teatro.

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