El Hierro se cose por las manos de Carmen Zamora

El Hierro se cose por las manos de Carmen Zamora
. EFE/Archivo

Las cuidadosas manos de Carmen Zamora, una vecina de la pequeña localidad de Isora, en El Hierro, han cosido cientos de traperas, bolsos, talegas y mochilas, primero, para sacar adelante a sus cuatro hijos, y ahora, para ver mundo.

En sus 63 años de profesión al frente de un pequeño taller en la estrecha calle Tompérez, donde reside con su marido, Carmen ha pasado de vender piezas a sus vecinos a cambio de algún alimento, a tejer para poder viajar a Tenerife, Lanzarote, Guipúzcoa o Turín, donde se celebran importantes ferias de artesanía.

Desde la cita de Tenerife, Carmen, de 75 años, recuerda con nostalgia en una entrevista a Efe lo difícil que fue su juventud, en una isla de la que era complicado salir y en la que tuvo que ganarse la vida en el campo.

Premiada en varias ocasiones por su trabajo, Carmen prefiere hablar de cómo sembraba cebada junto a su marido que de las mantas, abrigos, chaquetas y colchas que la han hecho una de las tejedoras artesanales más reconocidas de Canarias.

Aunque el tiempo ha pasado por su vida, por sus manos no, que continúan cosiendo con agilidad todo tipo de telares, que adapta a los tiempos modernos sólo por afición.

Las traperas ahora se utilizan como alfombras y las talegas como bolsos para llevar los libros al colegio, cuenta la anciana melancólica.

Ayudada por su marido, Carmen teje cada día de forma tradicional, una rutina que sólo rompe por las noches, cuando juega a las cartas con sus amigas, con las que vuelve al pasado y apuesta algunos céntimos.

Emocionada, recuerda su juventud, una época en la que segar, cuidar las cabras, ir a vender la leche a El Pinar, hacer la comida y bailar hasta la madrugada cabía en un día.

«Antes se reunían más de 200 personas en el casino de Isora para bailar con la bandurria y la guitarra», explica la mujer, quien echa de menos el buen ambiente que antes había en El Hierro.

Ahora ya no, la mayor parte de los jóvenes prefiere vivir en Tenerife o Gran Canaria y las reuniones entre amigos y la vida en el campo han dado paso a la soledad, pero también, a la calma.

«Si los muchachos pasaran una semana de trabajo como la que nosotros teníamos antes, no la aguantaban», afirma Carmen, quien ya no tiene animales, sólo algunas gallinas que le dan huevos para prepararle tortillas a sus nietos.

Sin embargo, su plato preferido sigue siendo el gofio con papas, higos pasados y queso, una comida que hace no tanto era lo único que tenía que llevarse a la boca.

«Un día me fui a hacer el pasto y cuando volví me llevé la sorpresa de que mi hijo mayor había preparado la comida y había hecho papas y fideos», rememora la tejedora, quien cree que los jóvenes de ahora no son como los de antes.

«Eso sí era crisis», dice Carmen, que pone como ejemplo el volcán submarino que amenaza cada día la tranquilidad de los herreños, no la de ella: «antes, el miedo estaba en que no lloviera y no tuviéramos qué comer».

Por Belén Rodríguez

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