Rubalcaba y Rajoy negocian el Defensor del Pueblo

Bono y Paco Vázquez, a navajazo limpio por la silla de ‘ombudsman’

Un inservible buzón en el que se amontonan las denuncias de los ciudadanos

En el clandestino intercambio de cromos entre Rubalcaba y Rajoy, emergen las figuras católicas, apostólicas y romanas de dos socialistas que optan a una plaza libre en el organigrama del Estado. Pepe Bono y Paco Vázquez, tanto montan, montan tanto en la mayoría de las quinielas, parece ser que, en su generosidad ilimitada, quieren seguir sirviendo a la sociedad española desde una de las responsabilidades más grandilocuentes y más intrascendentes de la cosa pública: el Defensor del Pueblo.

No se sabe a ciencia cierta si Bono tiene la bendición de Alfredo y Vázquez la de Mariano, o viceversa, pero se puede intuir, con poco margen de error, cuál de los dos aporta en su curriculum la bendición urbi et orbi del Vaticano.

Ante cualquiera de las alternativas que sobrevuelan la geografía mediática española, el sector ultramontano de la derecha ha empezado a poner el grito en el cielo, mientras la izquierda genuina exclama, en un lapso de su convicción anticlerical y laica: ¡aparta de nosotros cualquiera de esos cálices!

Lo que Rajoy y Rubalcaba quieren unir, a Bono o Vázquez con la plaza de Defensor del Pueblo, es curioso que quiera separarlo el hombre, el español de a pie, sin distinción de sexo, edad, condición o carné de partido. Estas reacciones del común de los humanos deberían hacer recapacitar a los dioses terrenales de los dos olimpos políticos de la calle Ferraz y la calle Génova.

Pero, ya se sabe que los caminos de los Señores son siempre inescrutables. Por algún sitio había que iniciar el largo y tortuoso camino del consenso: Tribunal Constitucional, Televisión Española, reforma del Senado, certificado de defunción de ETA, reciclaje autonómico, cosas así. Y quizá les ha parecido que éste intercambio de cromos es el menos trascendente y menos traumático de los muchos que habrá que afrontar en esta España convulsa de la segunda década del siglo XXI.

En Galicia se aguarda con expectación el posible nuevo destino de su paisano Paco Vázquez. Los gallegos ya le tuvieron en el Vaticano intercediendo ante dios por su tierra, con los decepcionantes resultados por todos conocidos, y hacen ahora cábalas sobre el irresistible influjo que podría ejercer desde el despacho hipotético del Defensor del Pueblo, que es una cosa que casi nadie sabe qué es y para qué sirve.

Lo que deberían consensuar Rubalcaba y Rajoy es precisamente eso: el papel del Defensor del Pueblo, y no su nombre. Que el despacho de ese señor no siga siendo un buzón en el que se amontonan las denuncias de los ciudadanos, como en los buzones de Papá Noel se amontonan los sueños de los niños.

Porque luego los ciudadanos se hacen mayores, averiguan que el Defensor del Pueblo es precisamente el ciudadano más indefenso de un Estado que se lo toma por el pito del sereno, y acumulan una nueva decepción a las muchas que llevan en la mochila: que los Reyes son los padres, que la Justicia son los partidos políticos, que el derecho a trabajo era una coña, que no todos los españoles pueden aspirar a una vivienda digna, que el Senado es un invento de cartón piedra, que la vicaria de dios en la tierra es Ángela Merkel. En fin, que nada es lo que parece.

 

Está claro que lo importante no es cómo se llame el próximo Defensor del Pueblo, sino para qué va a servir, si sus dictámenes van a ser algo más vinculantes, si no van a seguir siendo figuras decorativas a las que no les van a hacer ni puñetero caso.

 

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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