El presidente descarta un adelanto electoral

Feijóo se enroca hasta el final de la legislatura

Los barones gallegos más díscolos inician la digestión de su decepción

Quizá sea el mal fario de los años bisiestos, esos en los que el mes de febrero se alarga un día más en los calendarios, con una extensa tradición de malas nuevas: el hundimiento del Titanic, el comienzo de la guerra civil española, el atentado mortal a Gandhi o el inesperado apagón definitivo de la voz de John Lennon, nada más resonar aquellos disparos frente al edificio Dakota.

Puestos a encontrar explicaciones ante el silencio de Alberto Núñez Feijóo sobre un hipotético adelanto electoral, los desorientados observadores galaicos llegaron a barajar a la desesperada claves de superchería. ¿Quizá el presidente de Galicia cree que meigas hainas aunque no las haya visto?

Salvo all the president´s men, una mayoría de barones populares provinciales llevaban meses cruzando los dedos para no alcanzar el final de la legislatura. Estos días se cumplen los primeros tres años de gobierno de Feijóo, y el problema no son los contrastes entre sus luces y sus sombras, sino la circunstancias que según Ortega son inherentes al hombre. El presidente sabe lo que quiere, sabe lo que hace y se ha adelantado al resto del Estado en todas las terapias que recomienda Europa para salir del agujero. Dirige la segunda Comunidad Autónoma que mejor se ha ajustado a la austeridad del gasto público y el techo de déficit. Ha exportado a toda España la filosofía del catálogo de medicamentos y ha aceptado el desgaste de medidas que pueden ser hambre para hoy pero pan para mañana. El interlocutor popular de PD, proclive a resistir toda la legislatura, añade literalmente a su reflexión:

“Lo tentador sería un conjunto demagógico de medidas que le ofreciesen a los gallegos pan para hoy, pero  les condenasen al hambre para mañana”

¿Por qué no adelanta Feijóo?

No hay demasiados antecedentes de gobiernos con mayoría absoluta que adelanten elecciones. En esas cuestiones el presidente de Galicia es un tipo serio.

Además maneja encuestas que mantienen bastante intacta su popularidad, aunque no queda claro si es consecuencia exclusiva de sus virtudes o comparte el éxito demoscópico con los defectos de los partidos de la oposición.

La franja entre la mayoría absoluta que obtuvo en el 2009, respecto a la suma de las dos fuerzas que conformaban el bipartito, en cambio, no se puede decir que baje, no se puede decir que suba y ni siquiera se puede asegurar que se consolide. Por eso algunos barones exclaman a puerta cerrada que “¡estamos jugando con el fuego!”

¿Por qué debería adelantar?

La última tesis que se barajaban en las catacumbas de la política gallega es que, un adelanto electoral en Galicia, dependería mucho de lo que ocurriese en Europa. Si Merkel no aflojaba un poco la mano en las exigencias del déficit público para 2012; si Rajoy no hubiese obtenido un poco de oxígeno europeo para suavizar la severidad de los Presupuestos Generales, cuya onda expansiva alcanza a los los presupuestos autonómicos, Feijóo debería tirar la toalla y convocar elecciones en octubre.

Esa era la cantinela de las “baronciños” populares gallegos a puerta cerrada o en los reservados de los restaurantes. Presentarse con unos presupuestos autonómicos afectados de “raquitismo” en 2013, que sería el año electoral natural, sería un suicidio. Con las calles en ebullición, los sindicatos en pie de guerra y la absoluta impotencia presupuestaria, las circunstancias orteguianas de Feijóo serían funestas.

Uno de esos barones emergentes en el microuniverso popular gallego,  incluso se lamentaba off the record a Periodista Digital hace unas semanas:

“Espero que no haya un virus en Monte Pío que afecte a sus inquilinos. Touriño no adelantó y pasó lo que pasó”

Anatomía de un Presidente

La duda que se cernía sobre Galicia ha quedado al fin despejada. No habrá adelanto electoral. Los señores feudales populares pueden dejar de distraerse con especulaciones y concentrarse en defender sus fortalezas provinciales y municipales. Feijóo sigue contra viento, marea, manifestaciones, pancartas y asedios mediáticos.
  
Con sus defectos y sus virtudes, el actual Presidente de la Xunta de Galicia tiene su estilo propio de entender la política:

-No es aficionado a deshojar margaritas electorales.
   
-No le marcan el rumbo los diagnósticos de los periódicos.
   
-No le intimidan las presiones de sus coroneles.
   
-Cuanto más conoce a sus cortesanos más quiere y más caso le hace a su perro fiel, que le acompaña en sus paseos
junto a la soledad por los jardines de Monte Pío.
   
-Su droga es la oposición, cuyas críticas parlamentarias y sus asedios mediáticos le sientan como un “chute” directamente en vena.

-Es incapaz de dejar para mañana lo que puede hacer hoy. O sea, incapaz de dejar para una hipotética nueva legislatura lo que puede hacer en ésta.

-Es popular, pero no es populista.

-Le gusta escuchar lo que quiere oír, pero casi nunca pone
en práctica lo que ha escuchado.

-Está “enganchado” al poder, pero siente claustrofobia hacia
un poder por el poder que lo convierta en un rehén.

Éste hombre, cuyo rasgo más infantil es enviar mensajes a través del móvil cuando se aburre, ¡oh, la soledad del poder!, tampoco se ha caído de un guindo. No adelanta elecciones, porque Rajoy ha hecho entrar en erupción el volcán de España y el magma de las manifestaciones, las huelgas, las protestas invadirán las calles en los próximos meses.

Ni siquiera el próximo otoño existen garantías de que los ánimos estén calmados. Y quizá la primavera de 2013, cuando toca, la apertura de las urnas gallegas coincida con una España de menos gritos y más susurros, con una Europa con diagnósticos menos graves, con una opinión pública que empiece a ver una luz, muy lejana, casi imperceptible, al final del túnel de la crisis.

 

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído