Diario de un NO nacionalista

Artur Mas “el Magnánimo”

Artur Mas “el Magnánimo”
Artur Mas. EP

“…el “escollo” aranés al monolítico y asfixiante discurso nacionalista hace emerger al centralista en potencia que lleva dentro cualquier nacionalista cultural, el video en el que Pilar Rahola se enfrenta dialécticamente a un ciudadano del Valle de Arán es sintomático del verdadero espíritu de quién se erige en defensor y portavoz del “pueblo catalán”…”

Las obsesiones nacionalistas siempre encuentran su propio punto de ruptura, toda nación cultural es una comunidad imaginada, un compendio de quimeras más o menos plausibles, algunos episodios históricos deformados y otros tantos olvidados para evitar momentos más que bochornosos o, incluso, incómodos para las “necesidades” actuales de los incansables constructores de la “nación”.

En el caso catalán, el nacionalismo se topa con el Valle de Arán, comarca que, siguiendo los preceptos dogmáticos del oficialismo nacionalista, podría considerarse una nación tan arraigada como cualquier otra, con un idioma, historia y cultura “propias”, y un marcado sentimiento de pertenencia a una comunidad.

Este “hecho diferencial” y esta conciencia de identidad de los araneses choca con un extemporáneo y peligrosísimo concepto político manejado por los próceres nacionalistas: considerar como “nación” adscriptiva y, digamos, extensa, cualquier territorio en la órbita de un recurso académico denominado “continuum lingüístico” y reconvertirlo en frontera político/administrativa (justificación similar que también utilizó el Tercer Reich en su política expansionista).

Considerar como perteneciente a un “pueblo” (catalán en este caso) de manera imperativa, es relegar al ciudadano a una posición heterónoma respecto a su capacidad de decidir quién es, cómo se siente y lo que es más preocupante, su propia soberanía y responsabilidad política, este tipo de planteamientos deriva en relacionar capacidad política con el nivel de “pureza” cultural de los habitantes o la creación de una estructura política implícita que jerarquiza la legitimidad participativa en la arena sociopolítica –cercana o pública- en función a una supuesta “autenticidad” identitaria (cosa que ya ocurre en la política de lo próximo).

 Antes de continuar con la exposición, y a sabiendas de que algún oteador independentista –a modo de corsario cibernético- se lance a la yugular de este argumento, permítaseme una aclaración, la diferencia entre la propuesta nacionalista y la realidad de una comunidad democráticamente determinada y plural como la española se encuentra en que la primera se basa en consideraciones románticas politizadas y en determinismos histórico-culturalistas dónde el individuo carece de importancia, y el segundo es un proceso constituyente basado en un modelo democrático inclusivo que asume como propia la diversidad, diversidad sustentada en las libertades y derechos individuales (democracia perfectible y, por tanto, adaptativa).

Pues bien, el “escollo” aranés al monolítico y asfixiante discurso nacionalista hace emerger al centralista en potencia que lleva dentro cualquier nacionalista cultural, el video en el que Pilar Rahola se enfrenta dialécticamente a un ciudadano del Valle de Arán es sintomático del verdadero espíritu de quién se erige en defensor y portavoz del “pueblo catalán”, quizás por ello, y para no aparecer como unos jacobinos irredentos, el presidente de la Generalitat ha tenido a bien “conceder” graciosamente a los araneses el “derecho a decidir, eso sí, después de que Cataluña sea independiente.

Como vemos, lo único importante, el único objetivo político de Artur Mas es alcanzar la independencia y después ya se verá qué pasa con Cataluña, con los catalanes y con los araneses. Cabría preguntar al President, tal y como ha hecho el ministro Margallo al republicano Joan Tardá, si aceptaría el “derecho a decidir” a Tarragona… y a los tarraconenses.

Siguiendo el hilo de la comunidad imaginada, ¿no podríamos retrotraer históricamente, por ejemplo, la identidad tarraconense a la capitalidad de la Hispania Citerior?, ¿o por la capitalidad del Imperio Romano durante la residencia de Augusto en la Imperial Tarraco?, ¿o por la peculiar variedad dialectal del catalán tarraconense (¡por no recordar la del valle del Ebro!) o por tener una mayoría de ciudadanos con la lengua española como lengua propia?, ¿y por qué no hacer este ejercicio con cualquier otra de las comarcas catalanas?

No quiero finalizar esta reflexión sin detenerme en uno de los rasgos que caracterizan al nacionalismo catalán, me refiero a un europeísmo instrumental, a una concepción del proyecto europeo como una herramienta (más) para poder alcanzar su objetivo final, un europeísmo de visión táctica y cortoplacista.

Tenemos a un Artur Mas, erigido en una caricatura del Presidente Wilson y guiado por la “autodeterminación de los pueblos” de Europa, cuya aplicación derivaría en una inoperante Europa más parecida al caleidoscópico Sacro Imperio Romano Germánico que a una Europa de los ciudadanos cuyos derechos no están sujetos a la territorialidad o al recurso de argumentos histórico/culturales/etnicistas.

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