Diario de un NO nacionalista

Cataluña: tensionar la sociedad, tolerar lo intolerable

Cataluña: tensionar la sociedad, tolerar lo intolerable
Joan Tardà. PD

Ese proceso de degradación moral, de “normalización” de la intolerancia, de inversión de valores, de ideologización del sentido común… cuando pasan (prácticamente) desapercibidas para… la población catalana afirmaciones tan graves como las vertidas por el diputado de ERC, Joan Tardá, afirmando “El político que dé la espalda al pueblo catalán, lo pagará” (¿acaso ERC es el único representante legítimo de ese recursos fácil denominado “pueblo catalán”?, ¿qué consecuencias debe pagar la disidencia al Sistema?)…”

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, tuvo el “desliz” de admitir ante el periodista Iñaki Gabilondo –gracias a un oportuno micrófono abierto- que «lo que pasa es que nos conviene que haya tensión« en referencia a las elecciones generales de 2008, este parece ser un recurso “fácil” con el que alcanzar unos resultados electorales agudizando y/o magnificando diferencias de criterio (reales o supuestas) buscando (casi) siempre marcar un perfil ideológico aparentemente antagónico.

Esta es una estrategia muy poco democrática, una cortina de humo con la que tapar la propia ineptitud, llenar un vacío programático o, lo que es peor, alcanzar un objetivo político manipulando y enfrentando a partes de la sociedad, primando la efectividad del resultado a la convivencia ciudadana, relegando de la arena sociopolítica el diálogo franco (e incluso descarnado) con el que llegar a un consenso, sustituyéndolo con peligrosos estereotipos y simbolismos reduccionistas.

He comenzado con la anécdota de Rodríguez Zapatero para ilustrar cómo este tipo de prácticas es algo muy extendido en nuestro país, pero si nos acercamos a la actualidad vemos cómo el nacionalismo catalán centra su programa de “construcción nacional”, precisamente, en tensionar y dividir a la sociedad catalana y así lograr un escenario binario propicio para que un referéndum de autodeterminación sea tomado como algo “normal, como si este juego de suma cero fuese una situación necesaria (y autoevidente) con la dirimir un antagonismo inducido por los propios defensores del referéndum.

Pero ¿qué costes sociales tiene este tipo de estrategias políticas?, ¿qué coste supone para la calidad de nuestra democracia?, ¿qué consecuencias tiene en el individuo esta convivencia diaria con un tensionamiento político?, ¿qué objetivo tiene inventar una alteridad y convertirla en enemigo de la Causa?, ¿cómo se interioriza un estado permanente de emergencia?, ¿cómo se gestionará la tremenda frustración de un proyecto fallido desde sus propios inicios?

El ser humano tiene una capacidad casi infinita de adaptación al medio (tanto natural como social) pero esa adecuación hace que los márgenes de tolerancia, de asunción de lo que es moralmente aceptable o no, basculen de forma muchas veces imperceptible para el propio individuo, de hecho si cosificas, desdibujas, caricaturizas y deshumanizas al “otro”, entonces, te resulta mucho más fácil aceptar como válidos argumentos intolerantes y/o totalitarios.

De hecho este artículo fue inspirado por las tremendas imágenes de un niño en el País Vasco cuando insultó a los integrantes de una manifestación de la AVT gritándoles “asesinos fascistas, este episodio de degradación moral, de transmisión de la intolerancia, de la inversión de los valores, me hizo recordar el ejemplo de lo sucedido en la Primera Guerra Mundial, cuando muchos soldados alemanes, embrutecidos en unas trincheras convertidas en trituradoras de lo moral, volvieron a sus casas imbuidos en un espíritu de superioridad y desprecio a los “no combatientes”, espíritu que insufló al ultraderechismo nacionalista alemán (Hobswawm).

Ese proceso de degradación moral, de “normalización” de la intolerancia, de inversión de valores, de ideologización del sentido común, es algo que se está dando en Cataluña, cuando pasan (prácticamente) desapercibidas para la mayor parte de la población catalana afirmaciones tan graves como las vertidas por el diputado de ERC, Joan Tardá, afirmando “El político que dé la espalda al pueblo catalán, lo pagará (¿acaso ERC es el único representante legítimo de ese recursos fácil denominado “pueblo catalán”?, ¿qué consecuencias debe pagar la disidencia al Sistema?), es que algo muy preocupante está pasando en Cataluña.

Cuando se homenajea a terroristas y se grita “Viva Terra Lliure” sin ninguna consecuencia legal, ni, lo que es peor, sin ninguna reacción de la opinión pública ni de la sociedad civil, es que algo huele a podrido en nuestra democracia, cuando la actualidad catalana se ve trufada de incidentes y agresiones a las fuerzas políticas no nacionalistas, es que algo se está descomponiendo en nuestra comunidad autónoma.

Pero no solo eso, vemos cómo las reacciones a los posicionamientos públicos contrarios al Proceso tienen reacciones viscerales y contrarias a toda norma de convivencia democrática, las declaraciones del colectivo de empresarios alemanes se han merecido acusaciones como las del exconsejero Huguet en las que tachaba de “»injerencia en asuntos internos», como «hace 75 años los [de la Legión] Cóndor» o del mismo Tardá que les ha reprochado vía Twitter: “Penoso que directivos de empresas alemanas, enriquecidas gracias al nazismo y cómplices de millones de asesinatos, critiquen el nacionalismo catalán”…

Este clima de intolerancia a la disensión, esta agresividad al pronunciamiento público de la libertad, esta animadversión a la diferencia, está implícitamente ligada al esencialismo nacionalista y es convenientemente propagada por instituciones públicas que deberían representar a TODOS los catalanes, pero, lamentablemente, están dedicadas a tensionar y fracturar a los catalanes, divulgando “estudios” tremendistas, como el “contrainforme de Francesc Homs en el que -en forma de amenaza- compara la situación ucraniana con Cataluña (¿sin independencia, no hay paz?)…

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