Una reflexión que puede echar luz sobre Cataluña

¿»Seis Californias» mejor que una?

¿"Seis Californias" mejor que una?
Banderas esteladas y manifestantes por la independencia de Cataluña. EP

«Me gusta tanto Alemania que estoy encantado de que haya dos», comentaba de forma ácida el novelista galo galardonado con el Nobel François Mauriac durante la Guerra Fría. Al inversor Tim Draper le gusta tanto California que cree que tendría que haber seis.

Draper es uno de los inversores de riesgo estrella de Silicon Valley y fundador de referencia de numerosas tecnológicas, incluyendo Skype y Hotmail entre las más famosas.

También es el principal artífice de la iniciativa «Seis Californias», una propuesta que pretende dividir el estado más poblado del país en seis más pequeños.

De norte a sur, esos estados nuevos serían: Jefferson, California del Norte, California Central, Silicon Valley (San Francisco incluido), California Occidental (incluyendo Los Ángeles) y California del Sur.

Con 38 millones de personas repartidas por un territorio tan vasto y diverso, sostiene Draper, una California monolítica se ha vuelto imposible de administrar.

La población del estado es más de seis veces tan numerosa como la media de los 49 estados restantes, y muchos californianos se sienten asfixiados por una administración estatal en Sacramento que no les comprende ni plasma sus intereses.

Draper dista mucho de ser el primero en decirlo. Los planes de dividir el territorio de California llevan proponiéndose desde los primeros días de la independencia en 1850.

En una consulta de 1859, los votantes aprobaron por mayoría sustancial una propuesta que dividía en un estado independiente el sureste de California. (La iniciativa feneció en el Congreso, en pie de guerra a causa de la inminente Guerra Civil).

¿Puede salir mejor parado el plan a seis estados de Draper? El mes pasado se acercó un paso a lo plausible cuando el secretario de estado de California dio luz verde a que los partidarios empezaran a recabar las firmas necesarias para someter a consulta la «Seis Californias».

Si se presentan 808.000 firmas antes del 14 de julio, la legislación se sometería a votación en noviembre.

Con claridad, una división de California a seis bandas es la más improbable de las posibilidades, y no faltan los críticos que ya han empezado a cebarse con la propuesta de Draper.

Pero hasta muchos de los críticos convienen en que California se ha convertido en un caos imposible de administrar o gobernar.

«Ningún otro estado alberga en su seno intereses, culturas, actividades económicas y una geografía política tan enfrentadas», escribe Keith Naughton en PublicCEO, un portal que se ocupa de las cuestiones estatales y municipales de California.

«Reconciliar remotamente incluso el abanico de fuerzas enfrentadas se ha vuelto imposible. La única forma de sacar algo adelante es obligar a tragar reglamentos y ordenanzas a un montón de reacios».

En el Los Angeles Times, el columnista económico Michael Hiltzik afirma que las consecuencias económicas del plan de las Seis Californias serían «tremendas» – le inquieta especialmente que el nuevo estado de California Central que se propone «se convierta instantáneamente en el estado más pobre del país», al tiempo que Silicon Valley, donde reside Draper, sería uno de los más ricos.

Pero aun así Hiltzik reconoce que «los californianos se han distanciado de su administración a medida que más medidas y más presupuestos han ido acercándose a Sacramento» y a medida que las legislaciones estatales «han ido apartando de la población local las decisiones en cualquier materia del saneamiento de arquetas a las clases de música y humanidades».

Ha pasado mucho tiempo desde que se dividió en estados más pequeños un estado en vigor. Sucedió por última vez en 1863, cuando 50 condados del noroeste de Virginia se rebautizaron Virginia Occidental y fueron reconocidos como el trigésimo quinto estado.

Más de 40 años antes, Maine, parte de Massachusetts desde los años 50 del siglo XVII, votó abrumadoramente a favor del divorcio y con el tiempo ingresó en la unión como estado nuevo en 1820.

En ambos casos, la intervención se propuso y a continuación fue suscrita por municipios y personas progresivamente alienadas de una administración estatal dominada por intereses que no iban con ellos. Los montañeses de Virginia estaban irritados con la administración de Richmond, y se oponían frontalmente a la formación de la Confederación.

Los habitantes de Maine llevaban tiempo quejándose de que la Legislatura de Boston – en donde Maine no tenía representación acorde a su población – no sólo estaba lejos, sino que estaba encantada de sacrificar los intereses de ellos por los de Massachusetts.

A lo mejor esos capítulos de la historia del siglo XIX no tienen particular vigencia para California hoy. O puede que Draper se haya topado con algo que no puede despreciarse a la ligera.

El pasado septiembre, en el norte rural de California, los condados de Siskiyou y Modoc votaron a favor de seguir la vía de la secesión de California y la creación de un nuevo Estado de Jefferson.

La población local inundó la cámara de la junta administrativa municipal de Siskiyou, y cuando un portavoz preguntó a los presentes quién era partidario de la idea, recoge el periódico local, «casi todas las manos de la estancia estaban alzadas».

La opinión generalizada afirma que la trama de Draper no tiene posibilidades. Pero los inversores de riesgo tienen un agudo sentido de la oportunidad y la ocasión que brilla por su ausencia en la mayoría.

¿Supondrá una mejora con respecto al estatus quo la propuesta de las «Seis Californias»? Es claramente un debate digno de celebrarse.

 

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