Diario de un NO nacionalista

Miedo en Cataluña (pero menos)

Miedo en Cataluña (pero menos)
Idioma, lengua, catalán. PD

“…esa desactivación política de la diferencia, esa ocultación de la disensión (¿alguien se acuerda del “oasis catalán”?), se ha basado en la inoculación en diversos grados de un complejo de no pertenencia, de falta de pureza cultural e histórica, una sensación de querer convertir en ciudadanos de segunda a todos aquellos que no quieren (por acción u omisión) convertirse al modelo preestablecido por los próceres del secesionismo…”

Durante muchos años los catalanes hemos sido objeto de un calculado plan de ingeniería social denominado “construcción nacional, este plan desde sus inicios ya atisbaba su esencia uniformizadora, de hecho ya fue prematuramente denunciado por 2.300 intelectuales en el año 1981, cuyos firmantes sufrieron las consecuencias profesionales y personales de hablar en voz alta, de atreverse a ejercer su libertad de expresión (en público).

Con la perspectiva del tiempo parece claro que la versión elitista de la democracia –de la que parte el nacionalismo catalán- concibe que solo una minoría está legitimada para gobernar y dirigir el futuro de Cataluña, y esta minoría debe responder a unos estándares culturales y políticos con los que ejercer de vanguardia social, con los que convertirse en ejemplo de una artificial (y poco democrática) pedagogía nacionalista y, como no, de una superioridad moral de todo aquél que no se ajuste al modelo “del buen catalán”.

Naturalmente, y siguiendo con la estela de la perversión del lenguaje del nacionalismo, el “buen catalán”, en verdad es el “el buen nacionalista catalán, confundiendo sentimiento identitario con ideología, catalanidad con ideario político, si nos damos cuenta, esta obsesión por confundir términos, por invertir valores morales, por mezclar cultura y política, tiene dos objetivos claros, el primero trata de homogeneizar cultural y políticamente a los ciudadanos catalanes (la famosa transversalidad catalanista) y el segundo es tratar de desactivar y desmovilizar a esa mayoría social cuya identidad es múltiple…

Antes de continuar con el razonamiento quisiera hacer una pequeña digresión con la que trataré de vislumbrar un aspecto para mí relevante de todo lo que ocurre en Cataluña, de un fenómeno populista que recorre la Europa, en mi opinión estamos asistiendo a un fenómeno de reencantamiento (político y cultural) de nuestras sociedades posindustriales, de vertebración de un discurso esencialista que legitima (por ahora implícitamente) la graduación de los derechos de las personas en función de su lugar de procedencia y, lo que es peor, de unos roles culturales y de comportamiento que son, a su vez, casi adscriptivos, parece que en este devenir histórico nuestras sociedades vuelven a bascular hacía concepciones y mentalidades paradigmáticas y van abandonando la condición sintagmática que permitió el Renacimiento, la Ilustración y la aparición de las democracias modernas.

Pues bien, y continuando con el argumento, esa desactivación política de la diferencia, esa ocultación de la disensión (¿alguien se acuerda del “oasis catalán”?), se ha basado en la inoculación en diversos grados de un complejo de no pertenencia, de falta de pureza cultural e histórica, una sensación de querer convertir en ciudadanos de segunda a todos aquellos que no quieren (por acción u omisión) convertirse al modelo preestablecido por los próceres del secesionismo.

Todo ello se ha traducido en la espiral de silencio, en una libertad silenciada, en hablar en voz baja en cafeterías, con amigos y compañeros de trabajo, ha derivado en una especie de “sentido común” nacionalista con el que en cualquier momento se ha de hacer gala de tu soberanismo, como un plácet social, como una especie superioridad en el ámbito de las relaciones sociales, como un sentir común y unívoco de una Cataluña afortunadamente inexistente.

Es cierto que en Cataluña existe prevención a expresar una opinión discordante a la narración oficialista, existe una presión social de lo que se ha llegado a considerar “políticamente correcto, se ha institucionalizado (sociológicamente hablando) unos roles sociales más legítimos y verdaderos que otros, pero también hay miedo (legítimo) de todos aquellos cuyos trabajos o ingresos dependen directa o indirectamente de las instituciones públicas catalanas, de comunicadores, actores y periodistas que no se atreven a aparecer en actos como el de Societat Civil Catalana del pasado día 23 de abril de 2014…

Afortunadamente las cosas empiezan a cambiar, cada vez hay más personas que hablan en voz alta, que defienden su catalanidad española o su españolidad catalana (y europea) sin complejos, que anhelan una sociedad abierta y libre en la que todos (todos son todos), podamos ser considerados ciudadanos de primera, que la libertad no se encorsete bajo parámetros culturalistas o historicistas, que nadie ose decir quién es ese “buen catalán” que decía más arriba y quién no lo es… 

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