Diario de un NO nacionalista

Cataluña: Equidistancia o el miedo a la política

Cataluña: Equidistancia o el miedo a la política
Banderas, Cataluña y España. PD

“… no existe un “nacionalismo español”, es solo una parte fundamental de la narración nacionalista para que los que temen a la política, a posicionarse políticamente, puedan huir y refugiarse tras las sombras de la caverna cuidadosamente excavada por el secesionismo…”

Decía el historiador y filósofo Mircea Eliada, en referencia a las culturas y pueblos con una cosmovisión paradigmática (me tienen que permitir una temprana digresión: no utilizaré el lenguaje usado por el autor o autores a los que me referiré, como “pueblos primitivos” porque hay una caterva de escrutadores al servicio del nacionalismo que necesitan pocas excusas para tacharme de cosas que no soy…), que tenían Terror a la Historia, que no concebían el devenir histórico como siquiera plausible, su vida y sentir existencial era un eterno retorno tan consolador como angustiante.

Pues bien, en nuestra contemporaneidad, después de un más que costoso desencantamiento, de una Ilustración que no solo iluminó las vidas de muchas generaciones sino que su propia desnaturalización degeneró en las peores formas de totalitarismos, nos encontramos con una sociedad –la catalana- anclada en parámetros igualmente paradigmáticos, con una cultura política dispuesta a olvidar las lecciones de la Historia y entregarse al Paradigma nacionalista, a una visión deformada por Verdades autoevidentes (lengua-nación-estado), por silogismos absurdos y por una instrumentalización de las instituciones y de la democracia misma.

Resulta extraño que hayan políticos y/o representantes que tomen como propios las grandes patrañas diseñadas para convencer a aquella parte de la ciudadanía poco interesada por la política, cosas como “… lo más parecido a un nacionalista catalán es un nacionalista español…”, que intenta mantener la ficción de un enfrentamiento entre nacionalismos, un reduccionismo con el que simular una falsa situación agonística entre iguales, parecen no darse cuenta que esto parte de un complejo de autoreconocimiento y de justificación de un programa de aculturación e ideologización social nada democrática, un desbordamiento de las “normas” de la arena sociopolítica, es más fácil justificar lo injustificable si creas una alteridad a tu altura (o bajeza), un chivo expiatorio al que usar de espejo redentor.

Es cierto que esta aparente neutralidad es una posición “cómoda” para quién reduce la política a la negociación, a una técnica, a un escenario de reacción, quién tiene miedo a la Política, quién no se atreve a ir más allá del marco referencial impuesto por más de treinta años de ingeniería sociopolítica, lamentablemente este complejo de ser espectador inocente recae en gran parte de la izquierda catalana que ha tomado como propio el escenario de “nacionalismos enfrentados”.

Porque la situación que nos encontramos, aquí en Cataluña, es básicamente un proyecto nacionalista basado en un núcleo mítico-romántico, una mentalidad poliocular y un aparato administrativo volcado en pos de la Causa diseñado tanto para incentivar la “conversión” como para castigar la disidencia.

La realidad es que no existe un equivalente “español” al nacionalismo catalán, y si existe es absolutamente residual, no existe esa versión actualizada de romanticismo esencialista que antepone lo colectivo a la esfera privada del individuo, no existe un proyecto excluyente que clasifica a los ciudadanos en función de costumbres socioculturales y los confunde con la autenticidad (y legitimidad) para hacer política, no existe una ideología que pretende y aspira a la unanimidad totalizante, no existe un programa de aculturación y de negación de los derechos individuales bajo la excusa de un “Bien Común” uniformizador.

No, no existe un “nacionalismo español”, es solo una parte fundamental de la narración nacionalista para que los que temen a la política, a posicionarse políticamente, puedan huir y refugiarse tras las sombras de la caverna cuidadosamente excavada por el secesionismo, para los que de buena fe obvian la intencionalidad del relato, porque lo que ocurre es que hay quién quiere acabar con el Imperio de las Leyes e ir hacia una política a la carta, hacia una democracia mediática (reedición de imperio de los hombres en la el poder recae en quién controla los medios de comunicación), hay quién pretende enfundarse en una mandato imperativo de las “calles”, un mandato del “pueblo”, de la “masa”…

El movimiento nacionalista catalán es un síntoma más de la degeneración política europea, del populismo que amenaza con corromper las esencias democráticas, de una racionalidad instrumental que está dando paso a un “salto más atrás o más allá de la razón, es decir, a la mímesis o a la religión” (Horkheimer), -cuestión que merecerá un artículo posterior- esta religión dogmático-política (¿acaso no es este nacionalismo el recambio de la religión?, ¿acaso lo simbólico-cultural no se ha convertido en lo Sagrado?, ¿acaso no cumple con el esquema redentor de las religiones mistéricas?) es el motor de la irracionalidad que recurre y sustenta a lo emocional junto a referentes del subconsciente colectivo como las estructuras trifuncionales (la que decía más arriba:  “lengua-nación-estado”, “una escuela, una lengua, un país”…) o una supuesta situación dialéctica tesis-antítesis-síntesis… todo ello para convencer, cegar y manipular a una población inmersionada en un sistema político-mediático-educativo, un sistema que ha hecho creer que las sombras son la realidad y la realidad las sombras.

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