Diario de un NO nacionalista

Cataluña: La fuerza y la oportunidad

Cataluña: La fuerza y la oportunidad
Banderas de Cataluña y España

El nacionalismo catalán, aquél que interesadamente se le denominaba “moderado”, no era más que la versión dulcificada (mediáticamente) del secesionismo rampante que ahora defiende sin tapujos…”

Parece mentira, pero ha pasado el 9 de noviembre de 2014 y en muchos de los catalanes que defendemos la libertad, el estado de Derecho y la democracia, ha calado la sensación de estar solos, de haber sido abandonados por el Estado ante las veleidades totalitaristas de los próceres secesionistas, parece que la opción del gobierno de Mariano Rajoy, esa especie de “dejar hacer” ha sido tomada como una renuncia.

 Una de las esencias del Estado moderno desde Max Weber es el concepto de “monopolio de la violencia” en la que únicamente el Estado puede ejercer legítimamente la violencia en un territorio determinad, pues bien, que exista la oportunidad y la legitimidad de hacer algo no significa que ello sea oportuno, que dicha acción no sea más desproporcionada de lo que pretende solucionar.

Por ello creo –y por cuestiones que detallaré un poco más adelante- la decisión del Gobierno de no practicar una legitima operación con la que preservar el estado de Derecho en Cataluña, desde un punto de vista estratégico ha sido acertada, y no solo me refiero desde el punto de vista de la imagen de España en el extranjero, ni siquiera el anteponer el principio de libertad para equivocarse por quiénes se han creído las bondades del voto predestinado, ni siquiera para los que tergiversan y pervierten la democracia en pos del dogma.

“… incidir en la formación inicial y permanente de los periodistas y de los técnicos de comunicación para garantizar una preparación con conciencia nacional catalana.

Veamos algunas cuestiones previas, ¿el Estado ha hecho dejación de sus obligaciones?, eso es algo que, desafortunadamente, ha sucedido habitualmente en Cataluña, fruto de la endiablada ley electoral que hipertrofia electoramente al nacionalismo y debido al cortoplacismo de los grandes partidos nacionales que han permitido llevar adelante el programa de ingeniería social llamado “construcción nacional”, este statu quo de bipartidismo implícito y de dependencia de una minoría hiper-representada, ha hecho que la visibilidad del Estado en Cataluña sea como mucho, digamos, tangencial.

El nacionalismo catalán, aquél que interesadamente se le denominaba “moderado”, no era más que la versión dulcificada (mediáticamente) del secesionismo rampante que ahora defiende sin tapujos, prueba de ello es el llamado Proyecto 2000 de CDC, cuando en 1990 Jordi Pujol estableció la estrategia “nacionalizadora” de su gobierno y de su partido, tal y como publicaba El País ese mismo año “…el documento propugna la infiltración de elementos nacionalistas en puestos clave de los medios de comunicación y de los sistemas financieros y educativo…”.

Una de las perlas de esta obsesión por el control social, educativo y mediático lo encontramos en uno de los párrafos del documento Proyecto 2000: “…hay que introducir gente nacionalista… en todos los puestos clave de los medios de comunicación… e incidir en la formación inicial y permanente de los periodistas y de los técnicos de comunicación para garantizar una preparación con conciencia nacional catalana.”, esto ocurría y ocurre en Cataluña, pero ¿qué hizo el Estado y los gobiernos al respecto?: nada.

“… el uso y el abuso de la televisión y la radio pública catalana apoyando la participación para el 9N, la sumisa complicidad de los medios subvencionados…”

Pues bien, el 9 de noviembre ha logrado aumentar el nivel de ansiedad de algunos constitucionalistas que creen que la situación ha empeorado, que al no recurrir a la legítima violencia, el Gobierno ha facilitado el camino de la ruptura, sin embargo, quisiera hacer alguna reflexión, con la prohibición efectiva de la esperpento-consulta ¿se hubiese acabado con la deriva secesionista?, ¿los partidos soberanistas hubiesen renunciado al adelanto electoral (plebiscitario o no)?, ¿el comportamiento del cuerpo electoral ante una más que previsible victimización del culpable hubiese derivado en una mayor afinidad hacia los partidos secesionistas?, ¿se habría facilitado, gracias a la fuerza simbólica de la imagen, internacionalizar un conflicto que solo ocurre instrumentalmente en la mente de las élites nacionalistas?

Pues bien, la realidad, desde un punto de vista pragmático, desde un razonamiento estratégico, la Generalitat, que puso en marcha una gran maniobra mediática e institucional para lograr un respaldo masivo al “procès” se ha topado con la realidad de una Cataluña mucho más plural, mucho más desacomplejada con su identidad diversa, mucho más preocupada que la Generalitat con los problema reales, mucho más alejada del discurso y el relato oficial propalado desde los medios de comunicación públicos y subvencionados, de lo que los dirigentes secesionistas esperaban.

“… esto del “derecho a decidir”, solo interesa a los de siempre –más los afectados por la desafección política-, no llega a un 35% de un censo en el que habían inmigrantes y menores de edad… no llegan al 30% los partidarios de la secesión…”

Hemos de recordar el uso y el abuso de la televisión y la radio pública catalana apoyando la participación para el 9N, la sumisa complicidad de los medios subvencionados, la aparición de miembros del Govern, encabezados por el President de la Generalitat en spots publicitarios, la más que segura utilización de datos personales de los ciudadanos para hacernos llegar a nuestras casas cartas con el membrete de la Generalitat animándonos a participar o costosas campañas telefónicas de asociaciones de la sociedad civil oficializada que llamaron a cientos de miles de hogares catalanes conminándoles a participar en la consulta.

Después de todo este dispendio, de esta perversa e ilegal utilización de recursos públicos, de esta institucionalización de la ideología secesionista, lo que se esperaba que fuese una participación masiva y abrumadora (el 83,3% del censo según el CEO), la realidad es que esto del “procès”, esto del “derecho a decidir”, solo interesa a los de siempre –más los afectados por la desafección política-, no llega a un 35% de un censo en el que habían inmigrantes y menores de edad… no llegan al 30% los partidarios de la secesión.

Con ello, se desvanece la supuesta legitimidad de los defensores de la secesión, de la supuesta mayoría social a favor de la ruptura, del “derecho a decidir”, con ello se ha acabado esa superioridad moral de quién decía hablar en nombre del “pueblo catalán”, de Cataluña entera, con ello han logrado visualizar esa mayoría silenciosa, esa Cataluña incómoda al nacionalismo, esa mayoría de catalanes que nos sentimos catalanes, españoles y europeos sin ningún tipo de complejos.

Un síntoma inequívoco del fracaso de toda esta maniobra de distracción electoral, la encontramos en el lenguaje hiperbólico del periodismo orgánico y de algunos responsables políticos,  cuanto más afirman el “éxito abrumador”, “la participación masiva”, “la decisión del pueblo”, cuanto más practican la negación de la realidad y la inversión de los valores, más claro está que han cometido un error estratégico, error que hemos de aprovechar los defensores de la ley, la libertad y la democracia.

Y, ahora sí, el Estado y los gobiernos (actuales y futuros) deben esforzarse en crear un relato ilusionante de España, deben hacerse presentes en Cataluña, tienen la obligación de empezar a revertir decenios de manipulación política y adoctrinamiento ideológico, ahora ya no hay excusas, ahora ya saben que el nacionalismo solo espera la oportunidad para alcanzar su objetivo: romper España y obligar a renunciar a una mayoría de catalanes a ser lo que somos, españoles y catalanes, y a lo que queremos ser, ciudadanos de pleno de derecho de la Unión Europea.

 

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