CAPITALISMO DIGITAL Y E-POLITICA

CAPITALISMO DIGITAL Y E-POLITICA
Fernando Solís

La revolución de la tecnología de la información está transformando la política y añadiendo apellidos a la desigualdad. Internet nos sugirió grandes esperanzas pensando que estábamos acercándonos a la e-democracia, era en la que la participación popular on-line y la participación política directa se convertirían en la utopía. Transparencia, accesibilidad y e-gobierno comenzaron a ser importantes, y creímos que la libre difusión de la información en la web acabaría con las autocracias y dictaduras en el mundo.

Pero pronto pudimos constatar que se priorizó el uso de las nuevas tecnologías para hacernos transparentes a los ciudadanos, para conocer nuestros datos como sujetos de comercio y también como electores. La era de la política digital 2.0 nació con la campaña Obama 2008, demostrando el gran potencial de los medios sociales utilizados de forma creativa. La tecnología digital puede cambiar la forma de votar y participar en la política de manera importante, pero importa mucho más lo que ya cambió en la vida de la gente, como un sirimiri que nos empapa sin darnos apenas cuenta.

Por ejemplo, ayer fui a la Agencia Tributaria y me enfrenté con toda naturalidad a un frio dispositivo Gestor de Colas, que se ha merendado varios puestos de trabajo. En Estados Unidos y Europa, las cadenas de restaurantes han comenzado a reemplazar camareros por tablets, que son más baratas, rápidas y fiables.

Son importantes los efectos redistributivos de la nueva economía generados por las redes sociales. Estamos ya acostumbrados a que muchos de los servicios que consumimos on-line, como Facebook y Google, sean gratuitos, pero estos servicios no son realmente gratis, pues no pagamos por ellos con dinero, pero si con nuestros datos (toda la información personal de nuestros hábitos, preferencias y planes que revelamos cuando los usamos), y que luego es monetizada, convertida en dólares y euros por los intermediarios de los intercambios de información, para el negocio de la publicidad dirigida (el e-capitalismo de los datos). La utilidad de las redes sociales y las sumas de money en juego distan mucho de ser triviales.

Además, estos efectos redistributivos no son universales: las personas desfavorecidas y un número importante de personas mayores no tienen acceso, al menos completo, a los recursos de la era digital, por incapacidad funcional y económica; del mismo modo, los efectos compensatorios de la nueva tecnología no son mayores que las desigualdades que generan: los libros gratuitos en los famosos Kindle no compensan a una familia que lucha para hacer frente a los gastos crecientes en alimentos básicos, material escolar o ropa.

Hay que aprovechar el poder transformador de internet como facilitador de progreso y no renunciar a establecer un papel del Estado, de la política, en la economía de la era digital, pues las relaciones entre el poder y la libertad individual también se ven afectados por los cambios que surgen en el mundo digital. Por el momento se trata de una economía impulsada casi en su totalidad por grandes monopolios corporativos de la era digital, pero los gobiernos pueden trabajar para canalizar los efectos y universalizar sus beneficios como sea posible. Y los partidos políticos progresistas necesitan elaborar estrategias para dar forma a esta nueva economía, en lugar de sólo utilizarla con fines electorales.

La economía emergente de la revolución digital también tiene efectos regresivos, como el que afecta a nuestra vida privada: la información que facilitamos nosotros mismos está siendo comercializada, independientemente de nuestra condición o nivel socioeconómico, haciéndonos vulnerables ante los explotadores de las bases de datos (en el e-capitalismo, la protección se compra con dinero). El individuo se transforma en una colección de datos y enlaces, su identidad digital se hace más importante que su identidad en la vida real. La persona ya es un sujeto de consumo.

La política digital no es sólo el uso de Twitter y otras redes sociales para atraer votos. En la era de la revolución digital, el ritmo del cambio social se está acelerando, y el futuro pertenecerá a quiénes consigan que esos cambios trabajen a favor de más personas de las que se benefician de ellos en la actualidad.

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