Reivindicar el concepto de Hispanidad

El Falso Encaje del Catalanismo

El Falso Encaje del Catalanismo
Cataluña, lengua, educación y medios de comunicación. PD

En palabras de Anthony Smith: «una línea roja atraviesa la historia del mundo moderno desde la toma de la Bastilla hasta la caída del muro de Berlín. (…) La línea roja tiene un nombre: el nacionalismo, y su historia es el hilo conductor básico que une y divide a los pueblos del mundo moderno.»

En nuestra historia reciente, el nacionalismo ha sido semilla de sistemas totalitarios y bandera de la expansión imperialista.

Ante esta dicotomía, España tiene dos opciones: presentar un proyecto nacional, realista y conforme a su realidad histórica o sucumbir ante los ideólogos y cómplices del catalanismo político y social («encajistas») y aquellos que buscan la ruptura en nombre de una falsa libertad.

A día de hoy, en España existe un claro divorcio entre su realidad histórica y la sociedad que convive. Influenciados por un relato de la historia sectaria y estereotipada, la fragmentación de la educación española ha sido la sicuta de las nuevas generaciones, convirtiéndose en un medio esencial de politización lingüística, revisionismo histórico y de implantación y propagación de unos valores y símbolos nacionales diferenciales.

En este sentido, Renan dijo:

«la Nación presupone un pasado (primera cara), pero en el presente (segunda cara) se concreta en un hecho tangible que es el consentimiento, el deseo claramente expresado de seguir viviendo en común».

La consecuencia de no reconocer la existencia de un pasado común se ve reflejada en la actualidad en la ausencia de un consentimiento generalizado, ya que no vemos a nuestros conciudadanos como integrantes de un mismo proyecto.

Bien conocedores de esto, los secesionistas saben que la ruptura con España pasa por lograr la trascendental Independencia Cultural que suponga la propagación de unos valores y principios sociales exclusivos para una parte de la sociedad española. Provocando así, una relación abrasiva con el resto de España al ser ambos profundamente contradictorios.

Fruto de este relato ahistórico, los encajistas creen que aún seguimos estando en deuda con el nacionalismo catalán y que, por esto, hay que hacerles concesiones, como reconocimientos nacionales, privilegios feudales de financiación, discriminación positiva en el ordenamiento jurídico y la institucionalización del apartheid lingüístico.

Ignorando el debate de fondo, que es la Independencia Cultural, los encajistas caen en trifulcas triviales como el modelo financiación, un debate viciado y con un fondo perverso.

Viciado, porque somos las personas las que paganos, y no los territorios; y perverso, porque la esencia es que hay que ser insolidarios con el resto de los españoles: prima más subsidiar la Asamblea Nacional Catalana que pagar un hospital en Cuenca.

Si en los últimos 30 años hemos ido transfiriendo competencias para que el catalanismo político encontrara su acomodo, y no lo hemos conseguido, ¿qué nos hace pensar que esta vez será diferente? ¿No será que estamos ante una ideología meramente oportunista, antiliberal y profundamente intervencionista social, económica y culturalmente? ¿Mejoramos el encaje o aumentamos el desencaje institucional y político?

¿No será que el verdadero encaje será superar el catalanismo social y político?
John Elliott, en un entrevista reciente en La Razón, afirmaba que «la diferencia entre un inglés y un español es que, para el primero, la identidad no es un problema, y, para el segundo, aún es un tema de discusión.»

Y la entrevista seguía:

«La pregunta de «¿por qué España?» es todavía una cuestión sin resolver en nuestra nación […].»

Por lo tanto, asistimos a un problema político con raíces culturales, más que económicos y sociales.

Las instituciones nacionales deben recuperar el timón del Patrimonio Nacional para hacer de la pluralidad española un elemento de cohesión y riqueza y no división. En la actual situación política e institucional, las tradiciones históricas de cada región se han utilizado para resaltar diferencias obviando su nexo común español.

Hemos llegado al punto en que el pretendido monoculturalismo impulsado desde algunas CCAA no se corresponde con la realidad social, creando así compartimentos estancos.

Es por ello, que no se entiende la voluntad de constitucionalizar conceptos como la singularidad cuando constituye la negación de una pluralidad que se reivindica.

Un nuevo renacimiento cultural debe apostar por reivindicar el concepto de Hispanidad a la vez que reconoce su pluralidad interna: capaces de tener la segunda lengua más hablada del mundo a la vez que conserva un sin fin de lenguas indígenas y lenguas regionales que nunca habían tenido tanta proyección como ahora; el reconocimiento de las sardanas y los castillos como algo tan propio y tan español como las jotas y las corridas de toros, constituyendo sólo unos pocos ejemplos de la vasta riqueza.

Recitaba en sus versos el poeta reusense Joaquim Bartrina: «Si alaba Inglaterra, será inglés / Si os habla mal de Prusia, es un francés / y si habla mal de España… es español. El falso debate nos condena, el proyecto común nos libera.

Joaquim Vandellós Ripoll y Javier Flores González, son estudiantes.

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