El político 'eterno' continuará en el partido pero no volverá a presentarse como candidato

La extinción de los dinosaurios: Duran Lleida deja el cargo de presidente de Unió Democràtica

La extinción de los dinosaurios: Duran Lleida deja el cargo de presidente de Unió Democràtica
Josep Antoni Duran i Lleida. CT

Josep Antoni Duran Lleida, líder de Unió Democràtica de Catalunya, ha anunciado este 16 de enero de 2016, en el Consejo Nacional de su partido, que renuncia a su cargo de Presidente del comité de Gobierno después de 29 años al frente y tras los fracasos electorales.

Unió se quedó sin representación en el Congreso ni en el Parlament después de las elecciones autonómicas catalanas del 27 de septiembre y de las generales del 20 de diciembre.

Durante su intervención en el Consell Nacional, Duran ha expresado que «no se entendería» que después de los resultados de las elecciones del 27 de septiembre y del 20 de diciembre «todo siguiera igual».

«La noche del 20 de diciembre ya dije que asumiría responsabilidades y es la hora de ser consecuente; dejo el cargo con la conciencia muy tranquila; no hay excusas».

El 17 de junio de 2015, en rechazo al plan independentista de Artur Mas, Unió se «divorció» de Convergència, deshaciendo la coalición CiU.

DE LA GLORIA A LA IRRELEVANCIA

En poco más de cuatro años, Josep Antoni Duran Lleida (Alcampell,1952) ha pasado de ser el protagonista de la primera victoria de CiU en unas generales a confirmar la irrelevancia de su partido, Unió Democràtica.

De tocar la gloria al ritmo frenético de su batería a rubricar la marcha fúnebre de una formación de más de 80 años de historia.

Es el epílogo de este político que se creó Unió a medida, moviendo los hilos para ganar importancia y aplastando la disidencia interna. La jugada le salió bien hasta que se apartó de Convergència, en julio de este año: ahora Unió, fuera del Parlament y fuera del Congreso, está al límite de la desaparición.

Duran entró en Unió casi por casualidad, cuando un dirigente del partido lo escuchó en Lleida, en 1974, en un acto de Izquierda Democrática, los democristianos españoles. Unió buscaba su espacio en política después de la dictadura, y Duran tomó protagonismo como uno de los pocos jóvenes del partido. Con la Generalitat restaurada, le ayuda el entonces presidente Jordi Pujol, que ve en Duran a un buen aliado: «Hay que darle un cargo: búscale un lugar», le ordena a su lugarteniente, Lluís Prenafeta, que se inventa la Dirección General de Asuntos Interdepartamentales para él. Estará dos años, la etapa de gestión más larga que ha vivido Duran.

Su protagonismo, su ambición y la división interna en Unió lo conducen a liderar el partido en 1982. Dos años después los más veteranos lo apartan, contrarios a sus movimientos para convertir el liderazgo de Unió, hasta entonces plural, en un poder unívoco. A la primera falló pero a la segunda, desde que volvió a presidir el comité de Gobierno en 1987, le salió bien.

Desde entonces, Duran se mueve como pez en el agua en el papel de «socio de Convergència». Su estrategia es la de tensar la cuerda sin que se rompa, defendiendo el perfil propio de Unió como formación diferenciada de los nacionalistas. A cada acelerón de CDC, Duran respondía rodeándose de micrófonos y provocando crisis que iban aumentando su poder.

De este modo consiguió hacerse un hueco como protagonista en la política catalana, a expensas de ser la pesadilla del segundo de CDC, Miquel Roca, que pensaba que tendría un socio tranquilo: «Por fin un líder como es debido en Unió», exclamó al llegar el democristiano. La alegría le duró poco.

La ambición de Duran lo lleva a verse como el posible sucesor de Jordi Pujol, que, hasta que llegó Artur Mas, fue quemando delfines a ritmo vertiginoso. El democristiano maniobró desde 1998 para conseguir la corona del poder en CiU, pero fracasó ante un joven Mas. Pujol le dio cuerda, incluso colocándolo de consejero del Govern para ponerlo al nivel del ahora presidente. El ex presidente lo utilizó para foguear a su sucesor.

Duran nunca ha acabado de digerir su derrota ante Mas, pero lejos de hundirse, supo adaptarse al nuevo entorno. A cambio de no romper con Convergència, consiguió elevar la influencia de Unió hasta el punto más alto. Se convirtió en la voz del catalanismo en Madrid.

En el Congreso, desde 2004, supo encontrar un lugar en la comisión de Asuntos Exteriores para presumir de contactos internacionales y moverse como nadie para aumentar su influencia. Su papel de lobbista en las Cortes, como le gustaba decir con orgullo, le funcionó bastante bien: hasta 2011, fue el líder español más valorado. Le quedó pendiente su gran sueño: ser ministro, una posibilidad que estuvo a punto de hacerse realidad con José Maria Aznar. Pujol lo frenó.

Unió brillaba de puertas afuera, pero de puertas adentro las sombras eran importantes. La corrupción ha sido uno de los talones de Aquiles de Josep Antoni Duran Lleida, con la formación democristiana en medio del caso Treball (el desvío de fondos de formación de parados para financiar el partido) y el caso Turismo, de malversación de fondo del Consorci catalán del ramo.

El primer caso acaba con Unió condenada, convirtiéndose en el primer partido que reconoce haberse financiado ilegalmente. Del segundo el partido se salva, pero salpica a Duran: la mujer del principal implicado, Joan Cogul, acusa al democristiano de pagar su silencio. Cogul se había suicidado y el democristiano tuvo que pedirle perdón a su mujer por haberlo condenado antes que la justicia.

A quienes no le costaba nada condenar a Duran era a sus críticos en Unió: todos los que se han atrevido a toserle han acabado en el ostracismo. El democristiano usaba su control de la militancia para reducirlos, hasta el límite: en 2002, la Audiencia de Tarragona anuló el Congreso de Unió por considerarlo «antidemocrático». Quien quisiera ascender al partido tenia que estar de buenas con el líder.

El proceso soberanista ha provocado la caída de Duran, cada vez más distanciado de CDC y con más frentes abiertos en su partido. El democristiano aguantó tensando la cuerda, cada vez más tensa, y peleado con sus socios hasta que Mas decidió aparcar la consulta para convocar elecciones plebiscitarias: Unió se partió en dos, CiU desapareció y Duran se vio ante la gran pregunta de la política catalana: ¿cuánto poder tenían los democristianos en solitario?

El resultado son dos elecciones en las que ha quedado muy lejos de obtener representación parlamentaria, transformando un partido que había tenido a mano casi todo el poder en una formación irrelevante. El resto de partidos dan por hecho que están asistiendo al epílogo de la carrera política del democristiano, pero Duran cree que todavía no ha dicho la última palabra.

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