ROSAS AL AGUA

ROSAS AL AGUA
Fernando Ayala Vicente

Como cada año, en las últimas semanas de enero, los socialistas nos reunimos en El Casar de Cáceres para recordar a algunos de nuestros compañeros asesinados en la guerra civil por los franquistas. Insisto en este último detalle, pues como hemos señalado en muchas otras ocasiones, no son » muertos de guerra». No fallecieron en combate. Fueron vilmente arrojados a una fosa común por un sólo, reitero, un sólo, delito: pensar de manera diferente.

Esta es la clave que nos une con la actualidad más trepidante. Lo que nos caracteriza a los socialistas, a los progresistas, a la gente de izquierdas, es que somos un partido formado por gente que está habituada a debatir. Y a discrepar. Y a opinar de forma diferente. Así lo hemos hecho a lo largo de nuestra centenaria historia.

Cuando alguien ha pretendido cercenar este derecho se ha topado con el muro de la hostilidad de los que hemos construido un espacio abierto a la libertad. Al poder sentirte sin presiones. A poder expresar tu visión de las cosas. A asumir que te puedes equivocar y no pasa nada. A aceptar ser convencido cuando no eres capaz de ser convincente.

De este modo el ensimismamiento en la pretenciosa frase de » conmigo o contra mí», únicamente conduce a reclutar un ejército silente de seguidores que actúan en las redes vomitando consignas, en lugar de principios.

Y aquí hemos llegado, la unidad, la prudencia, el diálogo… son posibles cuando se tiene firmeza en las convicciones. Cuando se tiene claro de dónde se viene y a dónde te gustaría ir.

Así, rememorando las rosas al agua que lanzamos el sábado pasado en Casar de Cáceres, coloquemos en el frontal de nuestra mesa de negociaciones, de nuestro espacio de encuentro con los demás, la ideología. Sí, aquello que nos ha hecho lo que somos. Aquello que ha creado nuestra bandera: la igualdad.

Y ahora trátense de buscar elementos que conduzcan hacia ella. Seguro que habrá muchas coincidencias. Ellos hace casi un siglo lo intentaron. Lo hicieron posible durante un escaso tiempo. Hasta que, una vez más, el torrente de la intolerancia dijo basta.

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