Volvió el cholismo, volvió el Atleti: Atlético de Madrid 2 – PSV 0

El Atlético de Madrid dejó atrás este 23 de noviembre de 2016 la ciclotimia de LaLiga, las dos últimas derrotas, el derbi. El jarabe Champions funcionó. En Europa este equipo es otro. Y nadie pisa más fuerte que él. Simeone lo llama la senda de los alemanes, el insistir una y otra vez hasta alcanzar lo que se quiere. Y es curioso: en este camino a la final de Cardiff, a los rojiblancos les va a sobrar, precisamente, Múnich.

Y es que cuando el Atleti saltaba ayer al césped del Calderón lo hacía abrazado a dos realidades. La primera venía desde Rusia: el Bayern había perdido en Rostov. El tropiezo daba a los del Cholo vía libre para ser primeros de grupo. Un regalo. Un punto bastaba para que el partido de Múnich pasara de infierno a mero trámite. La otra salía directamente del vestuario. Simeone rebobinaba: su Atleti volvía al Atleti de antes del verano, al viejo Atleti. Koke no era el compañero de Gabi en el centro. Lo era Tiago. Ese doble pivote que tanta solidez, y gloria, dio en el pasado. Eso sí, antiguo sistema, viejos vicios. Algunos se vieron en la primera parte.

Porque sí, el Atleti salió con el aire guerrero de antes, intenso, con Carrasco moviéndose como una centella cada vez que tocaba un balón, pero entre que Gameiro seguía como si se hubiera comido una de las galletas de la Alicia de Lewis Carroll (esas que convertían las cosas en miniaturas) y veía la portería como si fuera un hoyo de golf y que un cabezazo de Godín tras una falta lanzada por Griezmann acabó en las manos de Zoet, ese aire se diluyó a los diez minutos. Se confirmó tras una ocasión de Carrasco (en el 17’) que terminó en contra del PSV: Godín resbaló y Pereiro se quedó solo ante Oblak. Si su disparo salió mordido fue porque en el último momento se entrometió una pierna. Era de Grizi, siempre en todo. El futbolista total.

Eso fue el comienzo de otro partido. De repente, el Atleti rebajó la presión y se dedicó a esperar más que a crear. El PSV creció alrededor de los buenos minutos de Propper y Ramselaar, pero siempre en horizontal, sin morder. Salvo un codazo involuntario de Zoet que dejó a Willems tendido, hasta el descanso nada más pasó. O sí. Pero sólo bostezos.

Fue a los diez minutos de la segunda parte cuando la portería recuperó su tamaño habitual ante Gameiro y al partido se le espantó ese horrible aire espeso en el que se había instalado. El francés, que había fallado otras dos fáciles, una clamorosa, tras pase picado de Giménez (muy buen partido), hizo el gol en la más difícil, escorado, con un disparo cruzado, casi sin ángulo pero firme y duro, que se fue a la red. En realidad, lo de antes no habían sido ocasiones falladas: sólo estaba poniendo las marcas en el área de Zoet que luego le llevarían al gol. El pase, genial por cierto, se lo había dado Griezmann. Si antes había evitado un gol, ahora lo daba. Doce minutos después lo marcaría. El balón, de Tiago, que en la misma jugada robó y asistió. Llevaba un mes sin jugar. En cinco días hará un año que se rompió la tibia, pero ahí está, a los 35, de recital. Su clase es eterna.

Estaba el Calderón celebrando que otro signo del cholismo había rondado el partido (Gameiro envió un balón al palo tras un córner) cuando la sonrisa se le puso a juego con la noche: congelada. Filipe se llevaba la mano atrás en el 79’ y se lanzaba al suelo. Filipe, ese que lo ha jugado todo. Filipe, el insustituible. Filipe, roto. Su lesión fue la sombra de una noche en la que los rojiblancos recuperaron sensaciones y buenas noticias. Porque volvió el cholismo y, con él, también el Atleti.

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