Asalto al Cruz del Mar

by Manuel Dóniz García (Redacción Tenerifeweek.com)
 
El Cruz del Mar era un pesquero de poca entidad, de 19.20 metros de eslora, matriculado en Lugo, con base en el puerto grancanario de La Luz, destinado principalmente a la pesca de túnidos  y tripulado por diez hombres. Al atardecer del día 28 de noviembre de 1978 habían dado por terminada la jornada y, después de haber concluido la faena y recoger  el aparejo, se disponían  a cenar y a pasar la noche sin novedad, fondeados a aproximadamente tres millas de la costa del Sahara, a la altura de la punta Gabiño  cerca del faro Bojador, porque hacía mal tiempo y había marejada.
Aproximadamente a las  20 horas, alguien percibió el ruido de un motor fuera borda que se aproximaba albarco, perfectamente visible gracias a sus luces de posición. Pronto se descubrió de donde venía el sonido, se trataba de una embarcación zodiac con veinticuatro hombres armados, que se colocó a un costado del barco. La escasa luminosidad de las luces a bordo permitieron ver que, los recién llegados vestían trajes de neopreno, tal vez para conjurar las salpicaduras de agua y el frío reinante. Paulatinamente fueron subiendo a bordo en número de diecinueve, mientras cinco se quedaron en la zodiac y, extrañamente, se pusieron a registrar por todos lados, como si investigaran o buscaran algo. A los pescadores les extrañó que todos portaban metralletas de extraño cargador en forma curva y cuchillos sujetos a sus tobillos. Los marinos acogieron a los recién llegados con temor en su fuero interno, pero con la cordialidad de las gentes de la mar, por ello les invitaron a comer de su cena y les ofrecieron tabaco. Uno de ellos llevaba un paquete que dejó tras entrar brevemente en la cocina. La mayoría hablaban en árabe pero había algunos que se expresaban en español muy bien, expresando que habían vivido en Lanzarote o en Las Palmas.
Pero, de pronto, con  estudiadas maneras, se pusieron todos agresivos y comenzaron a saquear el barco, bajo la mirada asombrada de los impotentes tripulantes a los que habían puesto de rodillas, llegando a desposeerlos de relojes y cadenas personales, mientras unos les apuntaban con sus armas, algunos hicieron amago de atacarlos, exhibiendo sus puñales. Todo lo que les robaron fue bajado a su bote, abandonando el barco todos los asaltantes excepto cinco, que activaron el cierre de sus metralletas y las empezaron a disparar sobre los asustados marinos. El primero que cayó fue el patrón del pesquero, José María Hernández Marrero, mientras que los demás echaron a correr por la exigua cubierta para poner a salvo sus vidas. El segundo que murió fue el joven Sebastián Cañada García, de 14 años. El contramaestre Agustín Hernández Marrero decidió vender cara su vida y se enfrentó cuerpo a cuerpo con el asaltante más próximo, pero sus compañeros lo cosieron abalazos. El tripulante Alfredo Marrero pudo lanzarse al agua, pero fue ametrallado desde el barco. Los muertos que quedaron sobre la cubierta, además de los anteriormente descritos, fueron: Amador Hernández Marrero, Rafael Salas Fernández y Juan Suárez Rodríguez.
Los hermanos Eusebio y Miguel Ángel Rodríguez García pudieron lanzarse al mar sin que su acción salvadora fuera apercibida por aquellos asesinos despiadados mientras que, Manuel Hernández Marrero, hizo lo propio tan cerca de la borda que su espalda se golpeó contra el casco de la embarcación. Al oír el ruido de la zodiac alejándose, Miguel Ángel Rodríguez, el maquinista del Cruz del Mar, subió a bordo con la intención de arrancar las máquinas y salir huyendo con su compañero superviviente de aquel lugar de horror, pero se apercibió de unos paquetes cerca de los motores, y comprendió que el barco había sido minado por aquellos asesinos, para no dejar huella de su iniquidad, por lo que, con presteza, lanzó una balsa semi desinflada al mara la que se agarraron los dos supervivientes que escucharon los gritos de un tercero, que casualmente era Eusebio, el hermano del maquinista que también se había salvado. Los tres, agarrados a la balsa intentaron alejarse del barco lo más posible gracias a sus fuertes brazadas, inducidas por sus instintos de conservación. Cuando estaban a aproximadamente 200 metros, el barco explosionó, hundiéndose rápidamente.
Fueron rescatados por otro pesquero de nombre el Chico Grande,  que los condujo al destructor español Churruca, que evacuaba los últimos españoles del Sáhara, conduciéndolos al Puerto de La Luz.
Las sospechas del atentado recayeron enseguida sobre el Frente Polisario, reconociendo supuestamente los sobrevivientes a seis asaltantes, cuando les mostraron las imágenes de los saharauis fichados por la PolicíaTerritorial. El Gobierno Civil publicó las fotos de los asaltantes identificados con sus nombres, entre ellos el llamado Mohamed Salem Uld Had Enbarec, pero el Frente Polisario, que negó totalmente la autoría de la masacre, achacándola a Marruecos, demostró fehacientemente que el nombrado estaba en Argel en el momento del asalto al Cruz del Mar, entrevistado por dos periodistas españoles.
La tesis generalizada  que podía justificar la masacre fue la de que, el gobierno español de la UCD estaba propugnando un acercamiento al Frente Polisario y, por ello, Marruecos mandó a cometer el asesinato referido para que se lo imputaran a los saharauis y, con ello, romper las nacientes relaciones. Con esa intención, las armas para cometer el execrable crimen fueron fusiles Kalasnikov, que no eran reglamentarios en el ejército alauita.
Pero las mentiras tienen las patas cortas y, por ello, al día siguiente de la tragedia, dos aviones militares, sobrevolaron el lugar donde se cometieron los hechos e informaron que en tierra habían acampadas fuerzas armadas marroquíes y, en sus proximidades se movía una columna de vehículos rumbo al Aaiun, llevando sobre el techo  de un camión una gran lancha neumática de color verde, similar a la descrita por los supervivientes. Se había revelado que Marruecos estaba tras la autoría del asalto y posterior asesinato de la de la tripulación del pesquero Cruz del Mar. Pero esta prueba no fue tenida en cuenta por las autoridades españolas ya que nunca hubo demanda al gobierno de Hassan II, pero si represalias a los saharauis que Vivian en España o que pedían asilo político.
 
Al final, valen más los intereses de estado que hacer que brille la justicia.

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