VOX crece porque representa la esencia de España.

A solo unas horas de acudir a las urnas, Vox sigue llenando espacios en mítines multitudinarios, a pesar de la persecución inmisericorde que está sufriendo en todos los ámbitos, desde la agresión física a la denigración moral. Vox ha llegado para organizar el caos fosilizado y eso no se lo perdonan ni la izquierda ni la derecha. Dicen que es un fenómeno social y muchos no se lo explican. Quizá porque hasta su llegada se creía que los españoles estábamos dormidos y nos habíamos rendido y resignado a perder nuestra identidad, nuestra idiosincrasia, tradiciones y bandera; nos habían obligado a ningunear todo esto, a despreciarlo por decreto y a no atrevernos a discrepar por creer que estábamos equivocados. ¡Hemos estado amordazados durante mucho tiempo! Nos han intoxicado con ideologías locas que nada tienen que ver con nuestra antropología, nuestra ética y nuestra esencia. Y callábamos porque nos sentíamos inseguros al ver que todos los políticos, sin excepción, interiorizaban las ideas perversas, pensadas para hacernos esclavos y robarnos la empatía y la grandeza de seres en evolución. Nos han dado un golpe de Estado y decían que no era tal cosa, hasta que Vox sentó en el banquillo a los golpistas. España fue durante los últimos años un laboratorio de experimentación social, y lo sigue siendo aún. El eufemismo machacón y repetitivo en forma de mantra progre se convirtió en el rey del discurso y los mentirosos profesionales se adueñaron de los micrófonos pasivos para pervertir a una sociedad medio inerte. Pero llegó Santiago Abascal en su caballo y lo cambió todo. La España moralmente deprimida por tanto despropósito ha visto en él al héroe que llega a librarnos de la esclavitud, de la mentira, de los políticos abusadores, de la corrupción, del desorden, de la mala gestión. El héroe que nos devuelve la esperanza en muchas cosas –incluso en el voto— y que nos hace confiar en un futuro que tendremos que construir entre todos. El héroe que, como don Pelayo, empezó la Reconquista en Covadonga al lado mismo del Repelao. Vox tiene el mejor equipo para dirigir España. Sobre todo porque aparte de sus conocimientos y estrategias en materia económica –el mejor proyecto económico, según los expertos—tienen muy claro que aquello de “la economía, estúpido”, no lo es todo, y que la gente quiere que le hablen de cosas esenciales del día a día, de cosas que entiende, porque la vida es eso, y lo que el ciudadano quiere es ser feliz. Vox sabe llegar al corazón y esto va más allá del concepto izquierda derecha.

Vox ha venido a estropearles el programa a los que quieren romper España, a los que siguen suspirando por la ETA, a los que quieren reescribir la historia en su favor, a los revanchistas, a los de las checas, a los cómplices de la leyenda negra, a los que cierran iglesias y rompen cruces para erigir mezquitas, a los que quieren instaurar la pobreza generalizada como en Cuba o Venezuela para hacer una sociedad esclava de la limosna, a los perseguidores de jueces y policías, a los denigradores de las víctimas del terrorismo, a los constructores de cordones sanitarios y a los profesionales del eufemismo, la mentira, la tergiversación y la calumnia. Vox llega para frenar las ínfulas y las influencias de Soros y demás adláteres del Nuevo Orden Mundial, es decir, del Mal en estado puro.

Vox no ha acudido a recibir órdenes del Bilderberg, como sí lo fueron Sánchez, Rivera y demás peperos de la etapa marianista. ¡Cuánto daño hicieron a España! Ahora, el pobre Casado está contra la espada y la pared, nadando entre dos aguas, sirviendo a Dios y al diablo. Demasiado tarde. Y lo digo con cariño, porque siento lástima por él, pero arrastra una mochila demasiado pesada. Una buena parte de españoles, entre ellos muchos votantes del PP entre los que me incluyo, no volveremos nunca. Como creo que no volverán las monjitas que se emocionan viendo el “Detente” que Abascal lleva en la solapa y el Cristo de la Buena Muerte que le prestó un legionario. Buenas armas, sí señor, y las queremos usar, pero también reforzarlas con la escopeta en casa para defendernos de los que vengan a robarnos, a torturarnos o a matarnos. ¡A Dios rogando y con el mazo dando!

No quiero terminar sin hacer una mención breve a los debates de los cuatro aspirantes a la presidencia. De los que Vox ha sido excluido injustamente por una Junta Electoral sesgada. La sombra de Sánchez lo ennegrece todo. ¡Líbrenos Dios de que siga en el Falcon! Del segundo debate destaco el sectarismo de la señora “controladora de trolas”, Ana Pastor, que estuvo entregada a la izquierda en todo momento, apoyando las mentiras de un Sánchez desencajado, a punto del infarto. El vestido de institutriz del pasado –permítanme la frivolidad— fue insuperable. Lo de institutriz lo digo porque, del cuello para abajo me hizo pensar en “Sonrisas y lágrimas” –aunque ya quisiera ella una pequeña dosis del candor de la ingenua novicia, María —, y del cuello para arriba a la señora Danvers, de Rebeca. Aparte de esto, que es pura anécdota intrascendente, destaco la gran desfachatez de Pablo Iglesias y el papel de hermanita de la caridad que adoptó, pidiendo moderación en las palabras y en los insultos. El mismo que vocifera incitando al odio, a formar un frente antifascista, el que dice que la constitución es un papelito, el que apoya el golpismo, el que pacta los presupuestos con Junqueras en la cárcel, el íntimo de Otegi, en fin, el mayor representante de los comunistas asesinos vivos y muertos se puso el disfraz de santito moderado. Lo que me choca es que la prensa se haya dejado seducir por el señor de Galapagar y le regale elogios. Eso quiere decir que somos un atajo de cínicos o que necesitamos refrescar la memoria. O lo que es peor, que la política, lejos de ser “una ciencia que se resuelve en un arte”, que decía Platón, se ha convertido en un negocio para unos y para otros.

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Por Magdalena del Amo
Periodista y escritora, pertenece al Foro de Comunicadores Católicos.
Directora y presentadora de La Bitácora, de Popular TV
Directora de Ourense siglo XXI
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