La primera persona en España en conseguir el nuevo gadget de Apple relata en exclusiva para Periodista Digital su experiencia

Guille y los 12 apóstoles del iPhone 4S

Mi amigo Ricardo fue el primero en España en tener el iPad 2 el 25 Marzo de 2011 y lo consiguió plantándose en la puerta de la Apple Store del Centro Comercial Xanadú dos días antes.

Esta vez, yo quería ser el primero en tener el iPhone 4S. Así que, aunque vivo en Málaga, me cogí mi cochecito, un C4 guapo full-equip, a las dos de la tarde del jueves 27 Octubre 2011 y, seis horas después, asenté mis posaderas bajo el logo de Apple que preside la entrada de la Apple Store de Madrid.

No ví a nadie esperando. Me dirigí a un joven de camiseta azul apostado bajo el dintel de cristal. En terminología Apple les llaman ‘especialistas’ y, viendo los especiales que son, le pregunté:

Pisha, ¿aquí dónde está la cola para conseguir el iPhone 4S?

–Pues tú eres el primero.

Me sentí muy especial, porque mientras conducía seis horas desde Málaga estaba convencido de que ya habría alguien delante de mí. Yo pensaba que mucha gente que trabaja en Madrid habría aprovechado la salida del curro para venirse a la Apple Store y estimaba que yo sería el número cien o doscientos.

Y me ví el primero.

Pisha, toma nota de que yo soy el primero, no vayamos a tener un pleito… –le dije sarcásticamente, pero con intención, porque si me dejan sin él, pues les meto un puro que se cagan por la pata abajo

El ‘especialista’ sonrió:

No te preocupes, tú plántate ahí, próximo a la entrada, y mañana te damos a tí el primer iPhone 4S en España.

Yo trabajo sentado –soy relojero en El Corte Inglés de Málaga– así que me quedé de pie desde las ocho hasta las diez y cuarto de la noche en que cerraron todas las tiendas de Xanadú. De vez en cuando salían otros ‘especialistas’ de la Apple Store y me decían:

¿Tú eres el primero? ¿De dónde vienes?

Y yo les contaba que soy de Malaga, que había venido desde allí en mi coche, que tengo una hermana llamada Marina de 26 años –yo tengo 31–, que siento pasión por Apple y que si me podían vender el 4S ¡ya!, que yo lo quería ¡ya!, y se reían lamentando no poder vendérmelo hasta las ocho de la mañana del día siguiente, y yo les insistía, incluso cuando ya cerraron la tienda les hacía muecas desde fuera del cristal mientras recogían la tienda, pero nada.

Y de pronto, a las 22.30 h se apagaron todas las luces del centro comercial, menos las del Apple Store. Y me sentí un poco sólo y fue la primera vez que me dí cuenta de que me quedaban muchas horas por delante.

Me saqué un bocadillo de queso Boffard curado que me había preparado con mucho mimo en la cocina de la casa de mis padres y un Sprite de limón y me lo ventilé en un pispás. Estuve tentando de zamparme el otro bocadillo de fuet de una baguette de Viena enterita que tenía, pero decidí dejarlo para desayunar y así recuperar energías para meterme los quinientos y pico kilómetros de vuelta en cuanto me dieran el nuevo iPhone y no desfallecer en una de las curvas de vuelta de Despeñaperros, porque de venida a Madrid ya están los túneles, pero de vuelta todavía toca el puerto. Iré con cuidadito a cuarenta por hora, me dije, porque yo tenía un perro y se me murió.

A los diez minutos de terminar hasta la migas del bocadillo apareció Miguel, un toledano cincuentón de buena planta, buen porte, buen chaqué:

Yo vine a las seis de la tarde –empezó a explicar ufano Miguel–, pero como no había nadie, decidí darme una vuelta y volver luego cuando cerraran todas las tiendas.

Nos pusimos a hablar y me contó que está jubilado, que una hernia le trae por la calle de la amargura y que le hacía ilusión ser de los primeros en tener el nuevo iPhone. 

El tercero, un portugués de nombre Joao, llegó pasadas las once de la noche. Apareció con su mujer Marta y su hija adolescente Joanna de 11 años y cuando vio que era el tercero mandó a las mujeres a comprar hamburguesas al MacDonnald’s que cierra a las dos de la mañana. Cuando terminaron de engullirlas, me pidieron si les podía hacer una foto de recuerdo con la manzana de Apple de fondo y Joao se quedó con Miguel y conmigo y Marta y Joanna se fueron a dormitar al coche. Un rato después apareció Samuel, otro portugués que, casualidades de la vida, es prácticamente vecino de Joao en Portugal.

Yo, que chapurreo portugués como un lenguado mareao, me lancé a departir con Joao ante las risas de Miguel que no entendía nada de lo que hablábamos pero le hacía gracia.

Un poco antes de la medianoche, apareció un muchachote, Alexis Rodríguez, cuadrado como una nevera frigorífico que decía que venía de Asturias, de padres latinos, pero que él nació en Estados Unidos y que no paraba de mirar el reloj, para levantar la vista decepcionado viendo lo despacio que transcurría el tiempo.

He conducido casi 500 kms desde Oviedo –sentenció Alexis orgulloso.

Pisha, pues yo me he metido cincuenta más que tú y estoy tan pancho –le repliqué dejándole con cara de no ser tan duro; bueno, duro es, porque un brazo de Alexis es como dos piernas mías y su biceps está más tieso que el cerrojo de una celda de Soto del Real.

Alexis me dijo que era una pena que Apple sólo permitiera comprar dos por persona, porque él quería llevarse uno más para su amigo El Chino, que tiene el mote de chino porque es chino de verdad.

Al rato, Alexis desapareció y se metió en el pasillo de los baños con su ordenador a hacer sus cosas. Ejem, ejem, sus cosas con el ordenador.

Y de pronto aparecieron cuatro rusos, tres niños ricos acompañados de una bellísima joven. Su aspecto era cómico. Dos llevaban gorros hippies y los tres andaban desgarbados como Johnny Depp haciendo de Capitán Sparrow en Piratas del Caribe.

Pero lo más sorprendente es cómo se puso a roncar la rusa a los dos minutos de estirarse en el sofá semicircular frente a la tienda de cuero marrón. Yo jamás pensé que una mujer pudiera hacer esos ruidos, esos gruñidos. Alexis y yo nos mirábamos gesticulando con las manos a ver si Apple nos estaba gastando una broma de cámara oculta y tenían un altavoz escondido debajo del mullido sofá-cama improvisado frente a la Apple Store, porque era algo atroz. Menos mal que la fortuna nos sonrió y ella giró su cuerpo hacia el otro lado, librándonos parcialmente de esta cacafonía.

Los rusos no hablaban más que ruso, como es normal, y no paraban de beber cerveza, lo cual también es normal, y hablaban como poseídos, lo cual no sé si es normal o no. Y nos ofrecían cervezas calientes como meada de burra, que Miguel, Alexis, Joao y yo rechazamos educadamente, lo que no les impidió a los rusos bebérselas provocándonos naúseas sólo de imaginar ese líquido a temperatura de té atravesando nuestras gaznates. Parecían hooligans en un estadio de Inglaterra. 

José, un madrileño, cincuentón como Miguel, apareció más despistado que un tibetano en un juicio, sorprendido porque éramos apenas media docena (a los rusos no les cuento porque eran como mobiliario durmiendo en el suelo). Menos hablador que Miguel, luego cuando grabé el video que ilustra estas líneas José me dijo que él quería «su iPhone negrito».

Y finalmente llegó la familia vallisoletana de apellido Catalina, compuesta por un padre, Juan Carlos, y su hijo Hugo con su novia Virginia. Padre e hijo venían a comprar un iPhone para cada uno, de 32GB y 16GB, respectivamente; y enfatizo respectivamente, porque el padre quería el doble que el hijo.

Juan Carlos, sabiendo que yo era el primero de la cola, se me acercó y con voz conciliadora como la que pone el confesor después de la homilía:

Guille, ya somos casi una docena, a ver si vamos a tener problemas cuando más tarde empiecen a llegar los frikis estos del ifone

Pisha, pues es verdad… –le repliqué yo elevando las cejas.

Entonces, Virginia sugirió dar número como en la pescadería y con mucha habilidad hizo trozos de papel pintando en ellos con bella grafía del uno al treinta y repartío entre los presentes hasta el trece.

Así estuvimos los trece un buen rato animados y echándonos unas risas, tanto que alguien, no recuerdo quién, sugirió que esto parecía Guille y los doce apóstoles evangelizadores de Apple.

A las 05.25 h aparecieron tres hombres de negro que yo creí que venían a regalarnos condones porque en la pechera ponían en letras blancas ‘control’.

¿Para qué quiero yo condones si no somos maricones y la única tía que hay aquí es una rusa que ronca como el Capitán Trueno y que cuando habla no hay quien la entienda? –me pregunté a mí mismo mentalmente–. ¿O será otro tipo de control?

Efectivamente, los hombres de negro de ‘control’ son de una agencia de eventos que Apple ha contratado para que les organice la fila.

Lo han montado de la siguiente manera: en un lado, los que se van a llevar terminales libres (la fila crece cada pocos minutos); y de otro lado, otra fila para los que vienen a llevarse el teléfono por contrato con alguna operadora, fila que, a las 07.08 h todavía estaba desangelada).

Yo, escribiendo esto sentado en una banqueta verde que gentilmente Miguel me ha cedido, preocupado por lo que me pueda pasar en Despeñaperros camino de Málaga mientras me mantengo despierto cantando bulerías —Bulerías, bulerías, no se qué del alma mía, traralá, traralá… y se la cepilló–.

Jesús, de Apple, apareció con vestimenta Steve Jobs de deportivas y jersey negro de cuello subido, portando bajo el brazo una carpetita naranja transparente llena de cupones para repartir.

A mí me preguntó qué me iba a llevar:

Pisha, yo dos iPhone blancos, uno de 16GB para un amigo y el otro del 64GB, para mí –y le añadí:– El Apple Care y la funda ya me las llevé ayer para ir a tiro fijo.

Jesús abrió su carpetita y sacó dos boletos como muy monos con logo de manzanita plateada y unos números que, yo pensé, ojalá también sean los Ciegos para esta noche.

Yo, aprovechando que el Pisuerga para por Vallodolid, le espeto a Jesús:

Pisha, ¿las sopas de ajo a qué hora las dáis?

Me miró como si se hubiera sentado en un vidé y una piraña le hubiera modisqueado ahí.

Starbucks traerá en un rato café…

Pisha, como si traen pepinillos en vinagre, pero darnos algo, aunque sea un par de hostias, porque estamos desfallecidos.

Son las 07.11 h. y estoy esperando a que dentro de 49 minutos abran, pillar mis dos iPhones blancos y pirarme para Málaga.

Y hasta aquí puedo contar.

 

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