Tecnología

La historia la realta con todo lujo de detalles en 'ABC' el médico, Pedro Gargantilla, internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

En 1880 Thomas Alva Edison (1847-1931) se autopostulaba como el nuevo Prometeo de la Ciencia al patentar la bombilla incandescente de filamento de carbono.

Con este invento pretendía llevar la electricidad a todos los hogares norteamericanos y poner fin al despotismo del sol, que durante siglos había regulado la vida del Homo sapiens.

Tan sólo dos años después puso en funcionamiento la primera central comercial de corriente continua, en donde los electrones se mueven siempre en el mismo sentido.

A pesar del importante avance tecnológico, su capacidad era muy limitada -proporcionaba corriente a 110 voltios a 59 clientes-, necesitando de subestaciones eléctricas cada pocas manzanas.

Un científico espigado y procedente del viejo continente llamado Nikola Tesla (1856-1943) aportó una novedosa solución al problema de la distribución, utilizar la corriente alterna, con ella los electrones cambian el sentido del movimiento de manera periódica y permite llevarla de forma más eficiente a grandes distancias.

Esta nueva aportación desagradó sobremanera a Edison, ya que tenía la patente de los generadores y transmisores para corriente continua, lo cual le ocasionaba cuantiosos beneficios.

La guerra de las corrientes y Topsy

Este fue el inicio de una enconada rivalidad que transcendió del campo de las ciencias a la opinión pública y que se conoció como « guerra de las corrientes». Edison argüía que la corriente alterna tenía una elevada peligrosidad y que con ella se ponía en riesgo la vida de los estadounidenses.

El prestigioso científico encontró la solución en Luna Park, un parque de atracciones que había por aquellos tiempos en Coney Island (Nueva York). Sus propietarios no sabían cómo deshacerse de un paquidermo hindú de 28 años llamado Topsy.

Desde hacía dos décadas había sido una de las principales atracciones circenses pero en los últimos dos años se había convertido en un problema para sus propietarios. Sus ataques de ira se habían hecho cada vez más frecuentes, hasta el punto de acabar con la vida de tres empleados.

Sus dueños pensaron inicialmente ahorcarla en público, pero la Asociación Americana de Protección de Animales se opuso abiertamente a esta horrible ejecución. Edison, con el beneplácito de la protectora de los animales, les dio la solución: electrocutarla con la corriente alterna.

A comienzos de 1903, y ante más de un millar de personas y un centenar de periodistas acreditados, dieron de comer a Topsy zanahorias rellenas de cianuro y la llevaron a su cadalso, la colocaron sobre una plataforma metálica y la rodearon de decenas de electrodos.

A continuación, le aplicaron corriente alterna procedente de una fuente de 6.600 voltios. En menos de un minuto el animal sucumbió en el más estricto de los silencios.

La película «Electrocutando a un elefante»

Edison registró la muerte de Topsy en una cámara de su invención y exhibió la atroz película «Electrocuting an elephant» por todo el país. A pesar de esta lúgubre campaña, la corriente alterna, impulsada por Telsa, fue la que se acabó imponiendo y la que predomina desde entonces para distribuir la electricidad.

Afortunadamente, atrás ha quedado esa época en la que la modernidad y la invención se acompañaban en muchas ocasiones de la crueldad y el maltrato a los animales, fruto de la estulticia de aquellos que se hacían llamar científicos.

Por último señalar, que en el año 2003 se inauguró, como triste y vergonzoso recordatorio, un monumento en honor a Topsy en el Coney Island Museum.