Mundo curioso

Nobel: 10 genios que hicieron descubrimientos que merecían el premio y no lo recibieron

Y es que los descubrimientos nos están esperando literalmente detrás de cada esquina, ¡sólo hay que saber encontrarlos!

Nobel: 10 genios que hicieron descubrimientos que merecían el premio y no lo recibieron

Muchos deberían haber pasado a la historia, pero casi nadie los conoce (Los 10 geniales trucos que utilizaban nuestras abuelas y que aún funcionan).

No importa lo tópico que suene, eso de que «este mundo nunca dejará de sorprendernos» es más cierto que nunca gracias a Internet y a las redes sociales.

Es raro que pase un día sin que alguien comparta un descubrimiento que nos deje boquiabiertos, o que incluso cambie nuestra manera de ver las cosas.

Y es que los descubrimientos nos están esperando literalmente detrás de cada esquina, ¡sólo hay que saber encontrarlos!

Eso es precisamente lo que le ocurrió a nuestros protagonistas e inventos de hoy:

La World Wide Web
Cuando National Geographic me preguntó qué descubrimiento se merece el Premio Nobel pero nunca lo ha ganado, mi primer impulso fue preguntar a mis seguidores en Twitter. Después de darme unos cuantos candidatos, consulté en Google descubrimientos como el velcro, la materia oscura y las células madre embrionarias.

Pero después se me ocurrió lo siguiente: nada podría merecer más el Premio Nobel que el invento que estaba usando para aprender datos sobre otros inventos.

A principios de la década de 1960, los investigadores del gobierno federal estadounidense crearon redes de comunicación por ordenador que evolucionarían para darnos Internet. Sin embargo, yo le concedería el Nobel al informático británico Tim Berners-Lee, que en 1989 propuso la idea de la World Wide Web y en 1990 creó la primera página web (una página que describía esta red informática mundial).

La Web democratiza la información, ya sean vídeos divertidos de gatos bailando o valientes tuits de la primavera árabe. Y la información es poder.

Nota del editor: El 4 de abril de 2017, Berners-Lee recibió el premio Turing, un honor considerado como el «Premio Nobel de la informática». Sin embargo, todavía no ha sido reconocido con el Nobel.

La materia oscura
Si indagamos en la historia, existen muchos descubrimientos astronómicos que merecen un Premio Nobel, entre ellos las leyes de Kepler sobre el movimiento de los planetas, la determinación a principios del siglo XX de que el universo estaba expandiéndose y la clasificación de las estrellas según sus huellas espectrales. Sin embargo, el descubrimiento de la materia oscura es el logro moderno que quizá haya sido más manifiestamente ignorado por el comité del Premio Nobel.

En la década de 1970, Vera Rubin y Kent Ford observaron que las estrellas en los límites de las galaxias se movían a la misma velocidad angular que las estrellas cerca del núcleo. En otras palabras, estas galaxias giraban a tal velocidad que sus objetos deberían salir volando… a no ser que algo invisible ejerciera una influencia gravitatoria, manteniéndolos unidos.

Ese algo invisible se conoce como materia oscura, una sustancia misteriosa que compone hasta el 90 por ciento de la masa del universo. No emite ni refleja luz, ni iteractúa con la materia ordinaria en ninguna forma.

Debido a su naturaleza furtiva y esquiva, todavía no hemos podido detectar partículas de materia oscura en sí mismas. En otras palabras, los científicos no están seguros de qué es exactamente este material. Y esta incertidumbre podría ser la razón de que el descubrimiento no haya sido reconocido por el comité del Nobel, pese a que el premio de física de 2011 le fue concedido a un descubrimiento cosmológico también enigmático.

Nota del editor: El 25 de diciembre de 2016, Vera Rubin falleció a la edad de 88 años. Era una científica con talento, una gran mentora y una inspiración para investigadores más jóvenes. Pese a la magnitud de sus contribuciones y a la admiración de sus colegas, ya no podrá optar al Premio Nobel, ya que no se conceden premios póstumos.

El primer genoma
Mucha gente se pregunta por qué no se le ha concedido un Premio Nobel a uno de los logros más grandes de la ciencia: la secuenciación del genoma humano en 2001. Quizá sea por la magnitud del proyecto. Debido a su importancia, el genoma humano no fue un descubrimiento ni un invento: fue un proyecto de ingeniería que exigió la ampliación de la secuenciación automática de ADN a proporciones industriales. Como dijo entonces el científico del Proyecto Genoma Humano Eric Lander: «No te dan un Premio Nobel por mover una manivela».

Sin embargo, alguien sí podría recibir el Premio Nobel por inventar dicha «manivela». Seis años antes del genoma humano, Craig Venter y sus colegas habían demostrado que la secuenciación automática de ADN y la técnica de reconstrucción, denominada secuenciación shotgun, podía combinarse para poder «leer» el código entero de un organismo, la bacteria Haemophilus influenzae. Los métodos empleados son básicamente los mismos que los que la empresa privada de Venter amplió posteriormente para secuenciar el genoma de la mosca de la fruta y el humano, y los mismos que los que otros laboratorios usaron más tarde para descifrar los códigos genéticos de cientos de especies.

Resultaría difícil para el comité del Nobel seleccionar a los tres científicos responsables de este primer triunfo de la genómica. Pero Venter debería estar entre ellos.

La muerte de los agujeros negros
Una noche de 1970, Stephen Hawking se disponía a acostarse cuando le asaltó una idea que le llenó con lo que más tarde describiría como un «momento de éxtasis».

En un principio, se asumía que los agujeros negros eran más o menos inmortales. Sin embargo, él pensó que en su lugar podrían estar perdiendo masa lentamente hasta finalmente evaporarse, explotando en un impresionante destello de rayos gamma.

El problema era que no había forma de verificar su idea. Los agujeros negros son demasiado longevos para ser observados actualmente en plena agonía.

Sin embargo, la investigación de Hawking sobre los agujeros negros ha arraigado ya en la física teórica. Unió la relatividad (una teoría clásica en la que todo es suave como la seda) con la mecánica cuántica (en la que todo está borroso) y generó avances en la teoría de la información.

Hawking probablemente habría ganado el Premio Nobel si la naturaleza hubiera proporcionado una confirmación observable. Sin embargo, eso no ocurrirá hasta dentro de miles de millones de años, hasta que los primeros agujeros negros del tamaño de estrellas empiecen a explotar.

La tabla periódica
Me gustaría volver a lo básico. ¿Y qué es más básico, más fundamental, más importante que la identificación de los elementos químicos?

La tabla periódica no es un mero organigrama; revela el orden subyacente de protones, neutrones y electrones que yacen en el corazón de toda la materia. Sus pulcras columnas y filas han predicho elementos antes de que fueran encontrados e incluso antes de conocer sus características.

Parece impensable que un avance como este no obtenga el máximo honor científico, pero eso fue lo que ocurrió exactamente en las primeras presentaciones del Nobel en 1901. El Premio Nobel de Química se le concedió a Jacobus Henricus van ‘t Hoff por su trabajo pionero en la química física. En comparación con el trabajo de Hoff, que muestra cómo se unen y se desplazan los elementos, la tabla periódica publicada por Dmitri Mendeleev en 1869 debía tener un aspecto un tanto aburrido.

Mendeleev todavía tenía esperanzas: fue nominado a un Nobel en 1905 y en 1906, pero perdió debido a que un miembro del comité pensó que su trabajo era demasiado antiguo y conocido. Al parecer, la tabla periódica fue víctima de su propio éxito.

En su lugar, el Premio Nobel de Química de 1906 se le concedió a Henri Moisson por descubrir el elemento del flúor, justo donde la tabla periódica había predicho que estaría.

El año siguiente, Mendeleev falleció y con él la oportunidad de su tabla de llevarse el Nobel. En su lugar, se convirtió en el póster científico más útil, colgado en las paredes de laboratorios durante generaciones, algo con lo que tendrá que conformarse.

La bombilla
Como fan de las tecnologías que han llegado al fin de sus días, sería negligente por mi parte no solicitar la concesión del Premio Nobel de Física a la bombilla en reconocimiento a un mérito largamente merecido.

El humilde invento de Thomas Edison —patentado por primera vez por Joseph Swan en Reino Unido pero llevado a la práctica por Edison— erigió la economía moderna (y la falta de sueño), creando una demanda gigantesca de la electricidad que da forma a nuestra existencia actualmente.

Edison falleció en 1931 sin Nobel, ni siquiera por la bombilla, el símbolo mismo de la inspiración científica. Fue una injusticia histórica. Alfred Nobel incluyó inventos e inventores en referencia al premio en su testamento, pero los jueces del premio son propensos a denegarles el honor debido a la falta de sentido práctico como ocurre con la expansión acelerada del universo o las esotéricas «partículas de Dios» que existen solo para enfurecer a los físicos con sus apodos adorados por la prensa.

En su lugar, dejemos que las bombillas sean celebradas por el Nobel de la forma que hubiera querido el inventor de la dinamita.

Nota del editor: Aunque Edison nunca ganó, los sucesores de su bombilla sí lo han hecho. En 2014, tres científicos japoneses ganaron por inventar el LED azul, que transformó la tecnología de la iluminación.

Los quarks
Murray Gell-Mann ganó el Premio Nobel de Física en 1969 «por sus contribuciones y descubrimientos sobre la clasificación de las partículas elementales y sus interacciones».

Sin embargo, no se ha concedido ningún premio que reconociera específicamente la idea por la que es más conocido: los quarks. Los componentes más diminutos de la materia se unen para formar protones, neutrones y otras partículas. Su descubrimiento (usando lápiz y papel, las herramientas más poderosas del físico teórico) llevaron a una comprensión más profunda del mundo físico.

La fraseología de la cita fue lo suficientemente vaga como para pensar que el Nobel de Gell-Mann era una clase de premio a su trayectoria, aunque entonces solo contaba con 40 años.

Pero en aquel momento, las pruebas de los quarks, cuya existencia había propuesto cinco años antes, eran todavía ambiguas y polémicas. El discurso de presentación del premio eludió el tema y algunos físicos han sugerido que se merece un segundo Nobel. También debería concedérsele a George Zweig, quien de forma independiente llegó a la misma conclusión, y a James Bjorken por dotar de sentido a los experimentos que actualmente se aceptan como pruebas de la existencia de los quarks.

La síntesis evolutiva moderna
Cuando se concedieron los primeros Premios Nobel en 1901, la biología evolutiva era todavía un ámbito científico en pañales.

Los biólogos de entonces sabían poco acerca de los detalles básicos de cómo la vida había cambiado durante generaciones. Algunos incluso cuestionaban la selección natural y otros conceptos fundamentales de la teoría de la evolución de Darwin.

Entre la década de 1920 y la de 1950, un grupo de científicos —genetistas, naturalistas, paleontólogos— reconocieron cómo se producían y se extendían las mutaciones, y cómo actuaban como materia prima de la evolución. Esta nueva perspectiva de la vida recibió el nombre de síntesis moderna. Su trabajo abrió las puertas a los importantes avances actuales en nuestro conocimiento sobre la historia de la vida.

El árbol de la vida
En una época en la que los científicos clasificaban a los microbios basándose en su forma, Carl Woese inventó una manera de adivinar las relaciones entre ellos comparando sus genes.

Su método esclareció la existencia de un reino de vida no reconocido previamente: las arqueas microscópicas. Los científicos han usado sus técnicas para catalogar la mezcla de microbios que viven en nuestros cuerpos y que influyen en nuestra salud, así como para determinar las relaciones evolutivas de los organismos grandes y pequeños.

Gracias a Woese, al árbol de la vida se le añadió un tercer gran tronco, más ramas sólidas y nuevas ramitas. Gell-Mann falleció en 2012, y los Nobeles no pueden ser premiados a título póstumo, pero es absurdo que se le deniegue este premio a alguien que reveló la extensión total de la vida por algo tan trivial como la muerte.

El renacimiento de los dinosaurios
En 1969, John Ostrom, paleontólogo de la Universidad de Yale, nombró a una de las especies más importantes que se han descubierto. Llamó al animal —un dinosaurio de 110 millones de años— Deinonychus o «garra terrible». Este dinosaurio era un depredador con garras rapaces y una garra en forma de hoz que sostenía sobre el suelo en un dedo del pie hiperextensible.
Y lo que es más importante, Ostorm sabía que los Deinonychus eran increíblemente diferentes de la imagen que se tenía entonces de los dinosaurios: monstruos lentos, estúpidos y que habitaban en pantanos. Según él, los Deinonychus eran cazadores ágiles y posiblemente sociales que debían haber tenido un estilo de vida activo. Su propuesta ayudó a iniciar el «renacimiento de los dinosaurios», algo que todavía da frutos científicos hoy en día.

Desafortunadamente, no existe un Premio Nobel de paleontología o de ninguna otra rama de historia natural, y el Deinonychus no ha recibido el reconocimiento merecido.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído