Para tener amigos sin tenerlos y para estar con ellos sin estar

Facebook o la necesidad de sentirse escuchado y querido

En la Red crecen las rosas sin espinas, ciertamente, pero no huelen a nada

Aunque la capacidad de la mente humana es, puesta a fabular, asombrosa, aún no ha conseguido fabricar esa mixtura de compasión y admiración que es la amistad

Antiguamente, cuando el Diablo se aburría, mataba moscas con el rabo. Hoy, envía fotos y quisicosas a los «amigos» por Facebook.

Ésta «red social» inspirada, como las otras, en la vieja fantasía de viajar sin salir de casa, quimérico y confortable ejercicio en el que sólo brillaron de veras los escritores de viajes ingleses del XIX, sirve, dada su naturaleza, para tener amigos sin tenerlos y para estar con ellos sin estar, que es un modo como otro cualquiera, aunque rabiosamente moderno, de conservar sin necesidad de despeinarse una amistad ficticia, pero no mucho más ficticia, bien es cierto, que la inmensa mayoría de las amistades.

La necesidad de sentirse escuchado y querido, de creer que alguien piensa en uno, de importarle a alguien, de no sentirse pavorosamente solo en el laberinto de la vida, ha creado las «redes sociales», singularmente Facebook.

Por desgracia, quienes se embarcan en esa nave toman el rumbo contrario, la deriva que más les aleja de todo eso, pues no es lo mismo inventarse las cosas, en éste caso los amigos, que conseguirlas y disfrutarlas en la realidad.

Aunque la capacidad de la mente humana es, puesta a fabular, asombrosa, aún no ha conseguido fabricar esa mixtura de compasión y admiración que es la amistad, y también, desde luego, el amor, bien que en éste caso más dependiente de los imperativos de la química.

Pero esos sentimientos y esas emociones sólo se dan, como la luz del atardecer sobre los montes ondulados, a la intemperie, donde también se sufren, porque se aprende a sufrirlas, las inclemencias que conllevan.

En Facebook no hay inclemencia ninguna, ni es menester perdonar nada, ni hay que partir la capa, ni aflojar la mosca, ni salir si hace frío, ni usar de la sutileza y de la simpatía que requiere el trato directo, o sea, verdadero.

En Facebook crecen las rosas sin espinas, ciertamente, pero no huelen a nada, ni resbala de ellas una sola gota de rocío. Facebook es la mentira, ¿pero qué importa si todos cuantos conceden en colgarse a esa red participan de ella?

 

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