(PD).- Escribe Ferrán Monegal en El Periódico que nos advirtió cuando estrenó Paula Vázquez ese periplo tipo reality titulado Pekín Express (Cuatro) que la pareja que conforman Javier y Marta es la que más juego podría dar: «Y no nos están defraudando».
Este Javier es un señorito valenciano, más vago que una manta, que se ha presentado a este concurso acompañado de su asistenta de verdad, la colombiana Marta, que por lo visto es empleada suya allá en Valencia, y le hace la limpieza y las labores de la casa. O sea que este pack que conforman ambos, humanamente hablando, es de un pintoresquismo muy bárbaro.
El hecho de que Javier sea un perfecto vago no quiere decir que sea tonto. Al contrario, es listísimo. Siempre está maquinando alguna cosa para sacar provecho personal sin tener que darle un palo al agua.
El otro día nos decía: «Marta, como que es negra, llama mucho la atención, y cuando hacemos autostop los coches paran más».
Y reflexionando sobre el tema llegó a la conclusión de que podía sacarle todavía más partido a Marta e ingenió una estrategia que le está dando buenos resultados. A saber: la pasea por los autobuses y vagones de tren, lugares siempre atestados de personal que se desplaza, y anima a los rusos a que le hagan fotos «a la negra Marta» y luego les cobra por cada clic de cámara.
Llega a ser tan vago este pollastre valenciano que ni siquiera cobra él: manda cobrar a la propia Marta cuando ha terminado la sesión fotográfica. ¡Ah! El sistema es ingenioso, pero de nuevo no tiene nada.
En los aledaños de la plaza Roja de Moscú vi hace tres años a una troupe de rupestres elementos que arrastraban a un oso atado con cadenas y provisto de bozal, y lo ofrecían a los turistas para que se fotografiasen junto a la pobre bestia, a cambio de una soldada.
También en las cercanías del delicioso castillo de Peles o Pelisor, en Rumanía, en la zona de Sinaia, he sido testigo de similares martingalas: torvos personajes tirando de plantígrados y haciéndoles soplar una trompeta como peleles automáticos.
O sea, que el señorito Javier se ha creído que Marta es una osa negra colombiana y la exhibe como si fuera una rareza humana.
Es verdad que su malicia tiene el beneplácito de la propia Marta, que también se beneficia de lo recaudado. Pero no deja de ser triste lo que llega a hacer el hambre. Y si es en la tele, más.