Vicky, la carnicera en paro, gana la segunda edición del concurso

La aburrida y sorprendentemente mediocre final de ‘Masterchef 2’: ¿Por qué lo han hecho tan mal?

Una gala final corta, pero tediosa sin ningún tipo de sentido del espectáculo

La aburrida y sorprendentemente mediocre final de 'Masterchef 2': ¿Por qué lo han hecho tan mal?

Vicky, la carnicera mallorquina en paro se proclamó como flamante ganadora de la segunda edición de ‘Masterchef’ (La1 de TVE) el pasado 23 de julio de 2014 tras superar al benjamín del concurso, Mateo, en la prueba final. Un 25 % de la audiencia siguió una gala sorprendentemente corta que, sin embargo, resultó ser aburrida hasta el exceso. Todo un ejemplo de cómo no hacer espectáculo televisivo que se coronó con un debate gratuito y endeble.

La segunda edición de ‘Masterchef’ ha sido mala. No hay más vuelta de hoja. La conclusión no deja de sorprendernos si tenemos en cuenta que el año pasado, éste fue el programa revelación, el no va más. ¿Qué ha pasado esta vez? Que sus creadores se han dormido en los laureles; que el casting ha sido mediocre; que los jueces (Jordi Cruz, Samantha Vallejo-Nágera y Pepe Rodríguez) han estado a destiempo-cuando tenían que ser bordes se ponían en plan graciosete y cuando se les pedía más gracia cerraban el pico- y que se ha querido alargar tanto el chicle que han confundido cantidad con calidad.

Ha habido ciertas quejas de que, en esta temporada, ‘Masterchef’ se ha salvametizado. Sí y no. Lo que ha ocurrido es que este año no ha habido buen rollo. Los participantes, además de ser cocineros con talento más o menos cuestionable, eran conflictivos. Genial. ¿Hay algo de malo en alguna que otra bronca? No seamos puristas, que tampoco se ha tirado sartenes a la cabeza.

El problema de ‘Masterchef 2’ ha sido la escasa capacidad narrativa de la post-producción. Con el fin, suponemos, de alargar el número de capítulos, el programa se ha enfrascado en un sinfín de puntos muertos. Y si a esto le añades un casting sin brillo, la solución es complicada. Que se enteren de una vez los productores de este país que si un show funciona, al año siguiente no hay que hacerlo igual, sino mejor. Un formato, por bueno que sea, no garantiza el éxito por sí solo.

Hablemos, pues de la final. Recuerdo la del año pasado que puso lo pelos de punta. Parecía que se estaba retransmitiendo el último partido de un Mundial. Era emocionante y dejaba sin aliento. ¿Por qué? Porque, entre otras cosas, había tres finalistas, no dos como este año. Por lo tanto, en vez de dos pruebas (una eliminatoria y otra, la última, en la que se decidía el ganador) en esta ocasión sólo hubo una. El resto del programa (casi dos horas) se dedicó a un debate absurdo con invitados tan ‘relevantes’ como Antonio Carmona de Ketama o la actriz María Adánez (¿María Adánez? ¿De verdad? ¿Se puede saber qué pintaba ahí?).

Vicky y Mateo eran los finalistas. Ella ha tenido un concurso ‘movidito’, eufemismo cursi para decir que ha sido el epicentro de muchas broncas. Él, por el contrario, ha sido el ‘niño bueno’ de esta edición, el nieto perfecto que le dedicó su postre final ¡atención! a las fiestas de su pueblo- no es malo peor es ‘taaaan’ aburrido-.

Como es costumbre en ‘Masterchef’, la última prueba consistió en hacer un menú de tres platos en dos horas. Quien tuvo las de perder desde el principio fue Mateo: Primero, se le cayó la cesta al suelo mientras hacía la ‘compra’ -gracias a Dios que su rival, Vicky y Eva González (lo mejor de este año) estaban allí para echarle una mano-. Luego, se le quemaron unos bollitos, las salsas no le salían bien….

Como invitados ‘sorpresa’, Joan y Jordi Roca, chefs de El Celler de Can Roca, ayudaron a los jueces a probar los platos y a tomar la decisión final, que no fue otra que entregarle a Vicky el cheque de los 100.000 euros, una beca de formación culinaria en el prestigioso ‘Le Cordon Bleu’ de Madrid y publicarle su propio libro de cocina.

¿Qué tuvo de malo la final de ‘Masterchef 2’? Que sus creadores no saben lo que es el espectáculo. Para empezar, una gala así no puede tener una iluminación única. Hay que crear ambiente con la luz. Los momentos tensos no estaban explotados (los bollitos quemados de Mateo pasaron sin pena ni gloria). Los jueces tenían que haber sido más teatreros, más malvados.Se pedían a gritos más planos recurso con las caras de emoción de los participantes y de sus familias (aunque fueran falsas, da igual). Pero lo peor de todo era la música: una final debería estar planteada como un thriller, no como una película de Cantinflas.

Y para rematar el menú, cuando Vicky fue proclamada vencedora, aquello parecía un velatorio, cuatro confetis dorados, pocos aplausos, un «enhorabuena, gracias por venir» y a su casa. Ciao.

Como decíamos, hubo un debate después. Entendemos por debate cuando hay algo que discutir. No era el caso. Por ejemplo, María Adánez, esa actriz que, debemos suponer, es una experta en gastronomía, cuando le preguntaron quién era su concursante favorito, dijo:

No me quiero pronunciar… (risita nerviosa).

¡Muy bien, María! ¡Eso es debatir! Dentro de poco le quitas el puesto a Pablo iglesias. ¡Bravo!

Señores productores, repito; el espectador sabe más de televisión de lo que ustedes se piensan. Este programa podría hacer un 35% de share y si no lo hace es porque no quieren.

 

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Autor

Sergio Espí

Sergio Espí, guionista y crítico de televisión de Periodista Digital, responsable de la sección 3segundos.

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