Los ardores sexuales del Rey de la Telebasura en su confinamiento por cornavirus

Jorge Javier Vázquez: «Ando bastante caliente, de subirme por las paredes»

Jorge Javier Vázquez: "Ando bastante caliente, de subirme por las paredes"
Jorge Javier Vázquez. PD

Tiene que lanzar cortinas de humo Jorge Javier Vázquez y distraer al personal, después de aflorar su tremenda pifia con los ancianos españoles y no se le ha ocurrido otra cosa que hablar de sexo. Siempre funciona.

Dice Jorge Javier Vázquez, que ya tiene 49 años, que el confinamiento obligatorio por coronavirus le pone «caliente».

Lo confiesa confiesa este 1 de abril de 2020 en su blog personal de Lecturas.

«No estoy durmiendo bien estos días. Me desvelo varias veces a lo largo de la noche y, aunque me vuelvo a dormir, acabo agotado entre sueño y sueño porque no dejo de soñar».

Eso cuenta el presentador catalán, que se lamenta porque son sueños que le dejan «un gran poso de tristeza«.

«Desde que comenzó el confinamiento no he tenido ni uno erótico, y eso que antes eran muy frecuentes. Pero fue empezar la cuarentena y nada de nada».

El Rey de la Telebasura asegura asegura que a pesar de todo, sus ganas de sexo van en aumento:

«He de confesar que ando bastante caliente. No sé si será por el encierro o por la primavera. Pero caliente de subirme por las paredes, de darme cabezazos contra las paredes también».

La noticias sobre la eficacia del Gobierno Sánchez, que corren por WhatsApp.

UN RESUMEN

  • No dejo de soñar. Pero no en plan Manuel Carrasco/María Patiño, con gente cogiéndose de las manos y poniendo los ojos en blanco por lo felices que son. No. De hecho son sueños que me dejan un gran poso de tristeza. Poco agradables. Desde que comenzó el confinamiento no he tenido ni uno erótico, y eso que antes eran muy frecuentes. Pero fue empezar la cuarentena y nada de nada, aunque he de confesar que ando bastante caliente. No sé si será por el encierro o por la primavera. Pero caliente de subirme por las paredes, de darme cabezazos contra las paredes también. Lo de siempre: como ahora no se puede quedar con nadie te invaden unas ganas de salir que te comen vivo. Así que me meto en la cama para llevar a cabo una actividad esencial –por usar terminología gubernamental– pero poco satisfactoria: descansar y encima mal.
  • Cuando me levanto siento una extraña punzada de tristeza. Y eso que yo no me puedo quejar: vivo solo en una casa cómoda y sigo yendo a trabajar. Pero me acuerdo de mis amigos encerrados en sus casas y me vengo abajo. Ayer hablé con C. y lo encontré muy desanimado. Había llorado el día anterior. Al principio, hacía mucha ‘pandi’ con los vecinos que salían al balcón, pero hay noches que el confinamiento pasa factura y los encuentra bajos de tono. C., que tiene poco más de 30 años, ha descubierto a una vecina de 3 con la que se lanza mensajes de amor a grito pelado. Se llaman por su nombre y se dicen: “Te quiero”, y no te creas tú que viven cerca.
  • Me cuesta explicar por qué me invade esa pena por las mañanas cuando pienso en C., por ejemplo. Es joven, goza de buena salud, tiene trabajo, amigos y medios para hacer más llevadero el confinamiento. Pero él quiere salir a la calle, tomarse una caña con su gente, irse de marcha. En una palabra: decidir, ser libre.
  • Creo que lo que más me duele es darme cuenta de lo débiles que somos los seres humanos. Nosotros, que nos creíamos fuertes y poderosos, debemos permanecer en casa para luchar contra un virus que ha paralizado nuestras vidas. Entristece pensar que la solución sea encerrarse. Pero no nos queda otra. A partir de ahora, siempre nos quedará un día menos para volver a las calles. Aunque quizá nosotros, los de entonces, ya no seamos los mismos, que diría Pablo Neruda. Ojalá que, en algunos aspectos, así sea.
Jorge Javier Vázquez riéndose de los "viejos moribundos”PD

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