Por Ana Villarrubia Mendiola.

La noticia del atentado de Boston me estremeció en la tarde del lunes pasado. Creo no ser la única que de inmediato recordó el 11-S, el 11-M, y muchos de los atentados de ETA cuyo horror ha quedado grabado desde niña en mi retina, como en la de millones de españoles. Durante unos segundos, sientes que algo se remueve dentro de ti, algo muy profundo, tanto que casi marea. Se tambalea, en efecto, un pilar fundamental.

Un buen compañero y confidente me advertía, a los pocos minutos, de la futilidad de mi preocupación:

¿Pero tú eres consciente de la cantidad de personas que mueren cada día, por ejemplo, en Iraq?

En total confianza me confesaba lo hipócrita que, sin quererlo, le había resultado mi sentida exposición de los hechos al contarle lo ocurrido, que él aún desconocía: el horror que aquella gente había tenido que experimentar, lo tremendo de estar celebrando un acontecimiento deportivo y ver su vida truncada, lo absurdo de la masacre.

¿Es que sus vidas valen más porque viven en Boston?

Tenía razón. Hipócrita e incluso también, añado, casi frívola. Pero firmaría ahora mismo ante notario que no he sido la única persona a la que le ha pasado lo mismo; con independencia de que otros hayan tenido o no un amigo quisquilloso que les hiciera replantearse sus sentimientos y casi avergonzarse de haberse sentido mal. Qué complejas son las emociones.

Pero, ¿acaso no nos es más sencillo identificarnos con alguien que lleva una vida similar a la nuestra y ha crecido en una sociedad con valores y creencias que compartimos? No digo que esté bien decirlo, digo que el proceso psicológico es más sencillo. Y si, de una manera u otra nos duele más cuando nos sentimos más identificados. Los medios de comunicación le dedican más tiempo, a todos nos parece una tragedia mayor. Conocemos Madrid, muchos conocen Londres y muchos conocen Nueva York y cuando vemos a gente parecida a nosotros, que hace cosas en su día a día que se parecen a las que hacemos nosotros, y la vemos amenazada por el dolor, lo cierto es que nos cuesta muy poco empatizar. Seguramente una mujer iraní cuya vida desconozco en absoluto se parece más a mi de lo que yo puedo siquiera imaginar, pero no lo sé, no lo veo, no me lo enseñan, no lo conozco. Solo puedo hacer el esfuerzo de imaginar.

La mayoría de nosotros, ciudadanos de países desarrollados, vivimos en ciudades perfectamente organizadas, nos protegemos del sol y de la lluvia, e incluso de las picaduras de insectos. Desde este mismo blog damos consejos que, con toda sinceridad (dicho sea de paso), consideramos útiles para organizar un entorno que se nos antoja incierto y cuya previsibilidad nos dota de una mayor sensación de control.

Qué importante es esta sensación de control. De alguna manera sentir que ejercemos control y poder sobre nuestro entorno se convierte en instinto de supervivencia, se transforma en necesidad. Y acabamos confundiendo la vida civilizada con una vida exenta de todo peligro y con una falsa sensación de invulnerabilidad. Una especie de egoísmo necesario para la vida, un velo que nos deja pensar en ir a la reunión de mañana y salir a tiempo para recoger a los niños del colegio sin tener que preocuparnos de que por el camino nos ataque una bestia, nos caiga un ladrillo en la cabeza o un tornado nos arrastre.

Hasta que un río se desborda y arrastra nuestro hogar y, con él, nuestra vida. Hasta que un frío psicópata dispara a decenas de niños en un campamento de un partido político en una isla de Noruega en nombre de la supremacía de Dios sabe qué. Hasta que un grupo de fundamentalistas islámicos estrella dos aviones en pleno corazón financiero de la soñada ciudad de Nueva York. Hasta que un joven, o un grupo de jóvenes (de quien aún sabemos demasiado poco) abandonan varias mochilas con bombas dentro de ollas a presión específicamente preparadas para matar, para amputar, para causar el mayor daño posible a decenas de personas que celebran un día de fiesta y hacen deporte (deporte, otra de esas cosas que nos dicen que hemos de hacer para controlar nuestro futuro, para vivir mejor, ejerciendo orden y control sobre una vida que anticipamos más larga cuanto más sana).

Ayer mismo amanecimos con otra terrible noticia, la noticia de una fatalidad en Texas: la explosión de una fábrica de fertilizantes que ha destrozado vidas, que ha derribado edificios y que marcará durante generaciones la vida de las familias de un pequeño pueblo que vivía esencialmente de la actividad económica que generaba esa fábrica donde muchos de sus habitantes trabajaban. Y apuesto a que hay quien se ha sentido más identificado con los habitantes de Waco, en Texas, y hay quien lo ha sentido menos.

Hace poco más de una semana tuve ocasión de conocer al amigo ruso de un conocido, que había venido a Madrid a visitarle tras unos pocos años de distancia. Chapurreando su malísimo inglés trató de hacer entender una idea que para él parecía fundamental:

¿A esto que tenéis en España lo llamáis crisis? ¡Entonces yo en Rusia ya nací en crisis!

Es cierto que todo es relativo pero no dejemos que ese relativismo se apodere de nuestros valores, de nuestra ética, y se convierta en un hipócrita prisma desde el que observar cómodamente el mundo o desde el que justificar retrocesos sociales. Dejémonos sentir libremente, contradictorios e imperfectos que somos, pero reflexionemos también sobre los motivos que nos llevan a sentir y siendo fieles a una escala de valores que nos es propia. No nos dejemos controlar por lo incontrolable y contribuyamos a controlar aquello que sí está en nuestra mano controlar, nuestro mundo. Es la ilusión de seguir viviendo.

Ana Villarrubia Mendiola (Psicóloga Col. M-25022) dirige el Gabinete Psicológico ‘Aprende a Escucharte’