El papel de la conciencia en nuestra autorregulación IV

Por el Dr. Juan Antonio Huertas.

Volvemos a nuestro tema de autorregulación y su ejercicio. En un post anterior hablábamos de que en los procesos de regulación personal entraban pensamientos, acciones y también emociones. Son tres cosas distintas que interactúan prácticamente siempre en la vida. Hacemos cosas, mientras pensamos en cómo nos va y a la vez sentimos sus consecuencias. A pesar de ese entramado conviene preguntarse por la labor difícil de intentar armonizar caballos tan dispares. ¿Qué corcel es más fácil de dominar?, ¿cuál provocará mejores efectos en nuestra fuerza de voluntad, regular nuestros afectos o regular nuestras emociones?. Para contestar a esta pregunta prefiero ir despacio y dedicar un par de post a este tema.

De nuevo entramos en uno de los falsos dualismos que han dado tanto de sí en la literatura occidental de la mente: el enfrentamiento entre razón y pasión. La psicología del siglo XX agudizó esa división decantándose por el estudio de lo cognitivo y relegando cartesianamente lo pasional al rincón de lo olvidado y pobre. En buena medida porque no sabía cómo estudiar la pasión, luego de exiliar y desterrar al psicoanálisis de su lugar en el mundo de la ciencia válida.

Como mantiene A. Damasio el error de Descartes fue precisamente relegar de nuestra inteligencia el papel que cumplen las emociones. Muy lentamente las neurociencias han ido corrigiendo ese problema, digiriendo un viejo postulado de Darwin, que el manejo de las emociones es uno de los mecanismos más eficaces para la adaptación humana.

El ser humano toma su fuerza de los demás, aprendiendo de los otros y colaborando juntos. También tiene su mayor depredador en los demás. Compartimos el mundo con otras mentes, muchas nos ayudan y otras nos perjudican. Por lo tanto, la labor fundamental de nuestra existencia está en saber manejar nuestra mente y las de los demás y para eso hay una herramienta fundamental, nuestras emociones y los afectos.

Hay una hipótesis muy atractiva que explica la desaparición de los neandertales por parte de nuestros tatarabuelos sapiens en sus dos apellidos. Dice sucintamente que los primeros no pudieron competir con la mente cromañoide, que la nuestra sirve mejor para establecer pautas de colaboración, ayuda mutua y también para manejar el engaño y el chantaje hacia los otros. Nuestros parientes derrotaron a los robustos y físicamente superiores neandertales porque se ayudaban y mentían mejor. Casualmente nuestro cerebro tiene como último desarrollo evolutivo el crecimiento de las áreas prefrontales, tenemos frente, mientras que los neardentales la tendrían achatada y reducida. Justo es en esa zona es donde parece que ocurre el control superior de nuestro comportamiento emocional.

En este camino de recuperación de lo afectivo, el término de inteligencia emocional entró con éxito. Le tengo que confesar, astuto lector, que a mí el concepto no me gusta. Prefiero darle la vuelta y hablar de emociones inteligentes. Creo que el sustantivo es la emoción no la inteligencia. Dicho así me parece claro que lo más difícil de la vida es el manejo de las emociones propias y ajenas. Podremos llegar a dominar con tiempo y paciencia un lenguaje computacional o el matemático, cualquiera con esfuerzo podrá comprender el tercer principio de la termodinámica, pero aquel que se crea que domina su mundo emocional por completo,  que gobierna sus afectos y sus efectos, solo demuestra un profundo trastorno narcisista.

Nuestro mundo emocional es realmente complejo y sutil. Podemos sentir a la vez emociones contradictorias, miedo y alegría; amor y odio. Unas veces nos resulta muy fácil presenciar, cómo, sin saber por qué, dos personas empiezan a sintonizar emocionalmente y en otras ocasiones intentamos empatizar con el otro y no hay manera.  No siempre lo que sentimos y queremos realmente se amolda a las normas morales y eso nos hace sufrir. Hemos construido máquinas para ganar al ajedrez a al mejor maestro. Salvo que éste planifique un buen engaño o sepa cómo desconcertar a la máquina. El mundo afectivo es la auténtica complejidad humana.

Saber usar las emociones es un trabajo que nunca termina, un empeño en el que se avanza,  pero nunca se llega del todo. Es el aprendizaje a lo largo de la vida. ¿Pueden desde fuera ayudarnos?. Veamos poco a poco cómo.

Dr. Juan Antonio Huertas – Profesor de Psicología de la UAM – Colegiado M-05492