Por Ana Villarrubia Mendiola.

Los casos de acoso escolar han proliferado a lo largo de los últimos años y, por desgracia, debido al trágico desenlace de algunos de ellos, el problema del acoso escolar o bullying ha adquirido una trágica nueva dimensión. El acoso ya no es acoso en las aulas sino que trasciende a todas las áreas de la vida del individuo, le persigue a través de las redes sociales y magnifica sus terribles consecuencias psicológicas.

Cuando hablamos de maltrato entre iguales en el ámbito escolar hablamos de aislamiento, acoso, agresión o intimidación de naturaleza verbal y/o física que se produce de manera reiterada entre dos compañeros o entre un grupo de alumnos y un compañero. La posición en la que se coloca a la persona agredida es siempre de inferioridad con respecto a la de sus agresores.

Pero, no dejemos de lado que, hablando de una situación de maltrato en un ámbito social, hablamos también por lo tanto de un mayor número de agentes implicados: acosador, acosado, observador que mira para otro lado, adulto que no le da importancia, etc. Estas situaciones se perpetúan bajo la ingenuidad o la pasividad de más de un protagonista.

No quiero hablar hoy de medidas para resolver un conflicto ya iniciado o de protocolos escolares para hacerle frente al coso, me gustaría ahondar en la raíz del problema.

¿Cómo podríamos prevenir el acoso escolar? ¿Es posible «educar» a las futuras generaciones para que no tengamos que hablar de estos problemas en el futuro?

Creo que la mejor arma para hacerle frente a un problema como este, a un niño que se convierte en acosador, con problemas de autoestima, de valores y de errónea gestión emocional; es precisamente la educación emocional y en valores desde la infancia y desde la familia, como primer agente de socialización del niño.

No solo educar para prevenir el acoso desde el punto de vista del que lo sufre sino para prevenir esta forma de abuso desde un punto de vista integral integral, evitando que nuestros niños deban recurrir a la violencia para afianzar su autoestima o hacerse valer en un grupo.

La familia, en primera instancia, debe fomentar un vínculo de confianza y seguridad con el niño, manteniendo siempre una comunicación fluida con él pero respetando al mismo tiempo sus pequeñas parcelas de intimidad y autonomía, que han de ir desarrollándose y creciendo con la edad. Desde la familia ha de velarse por equilibrar la autoestima del niño, reforzando sus logros y fomentando el esfuerzo, la motivación de logro, las estrategias de afrontamiento adecuadas a las distintas vicisitudes de la vida y la resistencia ante las frustraciones e incertidumbre que necesariamente el niño tendrá que afrontar y para lo que ha de estar preparado.

No podemos “vacunar” a nuestros niños frente al acoso pero sí mostrarles modelos sociales saludables desde los primeros cuentos que les leemos, enseñarles a ser asertivos a medida que su mundo social se amplía, y fomentar en ellos la empatía, el respeto del otro, la tolerancia y la solidaridad.

Podemos ir reforzando sus habilidades sociales así como su capacidad para negociar y resolver conflictos; al igual que podemos tratar de reafirmar aquellas relaciones basadas en el respeto mutuo que el niño vaya estableciendo y censurar todas aquellas conductas abusivas o violentas que más adelante pueda integrar a su repertorio conductual.

El acoso escolar no comienza con una agresión sino con el rechazo y el aislamiento que algunos niños promueven y otros niños permiten por lo que un buen desarrollo emocional así como una sólida educación en valores debería servir de cortafuegos a varios niveles impidiendo que situaciones de abuso se inicien en edades de tanta vulnerabilidad.

Inicialmente desde la familia y, posteriormente. desde las instituciones educativas debemos, por tanto, prevenir que el acosador acose, que el acosado calle y que los espectadores miren para otro lado.

Ana Villarrubia Mendiola (Psicóloga Col. M-25022) dirige el Gabinete Psicológico ‘Aprende a Escucharte’