Por Nuria Torres Marcos.

El miedo a los perros, a la oscuridad, a quedarse solo, a perder a la pareja, a la muerte, el miedo a engordar, a los sitios cerrados o a montar en avión son algunos de los problemas con los que nos encontramos habitualmente, tanto dentro como fuera de consulta, y que dificultan considerablemente el desarrollo normal de la vida de quienes lo sufren.

Desde que nacemos vamos aprendiendo a tenerle miedo a infinidad de cosas, cosas reales o cosas ilusorias, que despiertan en cada uno de nosotros nerviosismo, angustia e inquietud. Los fantasmas, el coco, el demonio, el hombre del saco, la bruja malvada, son algunos de los seres malévolos que aparecen a muy temprana edad, fruto de comentarios y bromas de los más mayores.

Es común que la razón por la que sintamos miedo sea por experiencias del pasado vividas negativamente, huellas que quedaron marcadas en nuestro recuerdo sobre algo que paso anteriormente, sea porque lo vivimos o por escucharlo en bocas de otros. Hay quien le tiene miedo a ciertos animales por haber sufrido experiencias negativas y fortuitas de pequeños, que quedaron en el recuerdo, sin poder superar la “crisis” que, en aquel momento, supuso dicho acontecimiento.

El miedo es una reacción natural y adaptativa, que nos protege, y nos prepara para actuar evitando posibles peligros que dañen nuestra integridad. Por ejemplo, cuando, de noche, pasamos por un callejón oscuro o cuando estamos conduciendo por la autopista con una lluvia muy intensa, normalmente nos ponemos en una especie de estado de alarma que va acompañado de un pulso rápido, un estado de alerta de los sentidos y una tensión emocional que solemos llamar miedo. El resultado es que, en ambas situaciones, tomamos conciencia del peligro para el cuerpo y la vida, y nos enfrentamos a la situación en un estado de alerta mucho más intenso.

Todos perseguimos el bienestar, la tranquilidad, el sosiego, por ello al detectar un riesgo, peligro u oportunidad de sufrir un daño, reaccionamos o huimos para refugiarnos en un lugar seguro.

El miedo puede ser una fuente de motivación para evitar cada día consecuencias negativas o activarnos para conseguir aquello que anhelamos, pero también puede ser un gran freno que nos mantiene en una zona de confort sin ninguna flexibilidad para movernos libremente.

Cuando el miedo es muy intenso, la lógica desaparece al estimulo que lo provoca, siendo verdaderamente peligroso, e incluso llevándonos a la muerte, no por el estimulo sino por nosotros mismos.

Comentarios como “Si me dan a elegir, prefiero caer por un precipicio, que toparme con una serpiente”permiten ver como el miedo también puede desbordarse y conducir a estados incontrolables sin razones aparentes o a ataques de pánico repentinos e incomprensibles.

¿Cuándo podemos decir que un miedo se ha desbordado? ¿Se trata de un miedo justificado?

Freud en su teoría del miedo diferenció un miedo real cuando la dimensión del miedo está en correspondencia con la dimensión de la amenaza, es decir, existe un peligro real, verdadero, ante el cual corre riesgo la integridad de la persona, es un miedo racional, de alerta; y un miedo neurótico cuando la intensidad del ataque de miedo no tiene ninguna relación con el peligro. Es irracional, no hay peligro real que pueda suponer una amenaza para la vida sino que se siente ante algo que no existe y se traduce en sensaciones y sentimientos que paralizan o impiden tomar acciones concretas.

Como hemos comentado anteriormente, el miedo puede ser entendido como un proceso de aprendizaje erróneo, una experiencia de aprendizaje errónea que debe y puede ser corregida con nuevos procesos de reaprendizaje, obteniendo éxitos importantes. Por otra parte, podemos entender este miedo como una reacción a un conflicto actualmente no resuelto, un posible conflicto del pasado que fue reprimido y paso a ser inconsciente, desplazándose a otro miedo que no es objetivamente comprensible y aparece de manera “desproporcionada”. En este caso, el tratamiento iría enfocado a la resolución del conflicto base.

Podemos identificar muchos “niveles” de miedo que conforman una amplia gama de emociones que van desde una leve sensación de alerta y precaución, pasando por la incomodidad, la resistencia, hasta llegar al terror y a miedos irracionales, limitantes y paralizantes que pueden desencadenar fobias, tensión o ansiedad elevada.

“El miedo es un dragón que tiene en la espalda un escudo blindado impenetrable. Al miedo se le vence de frente.» Jorge Bucay

Nuria Torres Marcos es Psicóloga (Col. M-26071) en la Consulta de Psicología Aprende a Escucharte’ en Madrid