Por Ana Villarrubia Mendiola.

Hoy en día es algo reconocido que la inteligencia no puede medirse por una simple cifra, el valor de un CI o el nivel de desempeño en una única tarea. Lo que se conoce comúnmente como inteligencia emocional abarca el nivel de manejo de la persona en un abanico mucho más amplio de su vida cotidiana.

Como hemos tenido ocasión de discutir en este blog con anterioridad, las emociones son funcionales en el sentido de que todas y acda una de ellas cumplen una determinada función (en muchas ocasiones asociada a la supervivencia cuando hablamos de reacciones emocionales básicas) y son de utilidad para resolver un determinado conflicto o gestionar una determinada situación de la manera que más nos beneficie.

Es comprensible, pues, que una persona que maneje y gestione adecuadamente sus emociones será también una persona que resuelva más eficazmente las problemáticas de la vida diaria, conduzca mejor sus relaciones interpersonales (con una importantísima carga emocional en la mayoría de sus transacciones), gestione de manera mas adecuada las emociones más desagradables sin que ello le lleve a un agujero sin salida y, en definitiva, sea más capaz de autorregularse para adaptarse a las diferentes situaciones que le depara la vida.

El contexto social es imprescindible para el desarrollo de las destrezas emocionales que la persona entrena a lo largo de todas su experiencias.

Existen ocho destrezas básicas que se adquieren normalmente a lo largo del desarrollo mediante un proceso de interacción social. La no adquisición o la adquisición inadecuada de las mismas por los motivos que sean, es fuente considerable de problemas tanto a nivel personal como interpersonal.

Estas ocho destrezas se resumen de la manera siguiente:

  1. Conciencia del propio estado emocional. Incluye la capacidad para comprender que se pueden estar experimentando diferentes emociones, e incluso la capacidad para comprender que pueden estar presentes aspectos inconscientes no manejados bajo cada una de ellas.
  2. Capacidad para discernir los estados emocionales ajenos. Se fundamente en indicadores situacionales culturalmente marcados que permiten comprender los estados emocionales del otro con independencia de los nuestros .
  3. Destreza en el uso de los términos que transcriben las propias emociones. Supone una capacidad para desarrollar guiones emocionales culturalmente marcados, es decir, respuestas socialmente aceptadas para la comunicación y expresión de las emociones propias.
  4. Capacidad para empatizar y simpatizar con las emociones de los otros. Implica la capacidad de «sentir con el otro» o «ponerse en el lugar del otro» mediante la observación de su estado emocional, entendiendo su manera de sentir casi como si fuera propia pero siempre desde el punto de vista del otro, con la distancia necesaria dado que no somos el otro.
  5. Destreza para comprender que los estados emocionales internos no se corresponden necesariamente con la expresión externa. Es decir, capacidad para identificar nuestra expresión verbal y no verbal apreciando disonancias entre lo que se manifiesta y lo que verdaderamente se experimenta a nivel de la intimidad más personal.
  6. Destreza en el afrontamiento de las emociones estresantes. Implica capacidad para el uso de estrategias de regulación emocional cuando las emociones, lejos de cumplir su función, nos contagian sobremanera y nos impiden ser eficaces.
  7. Conciencia de que las relaciones interpersonales suponen correspondencia. Conocimiento de que las relaciones humanas pueden ser simétricas o asimétricas. Capacidad para desarrollar unas y aceptar otras. Asumir la idea de correspondencia supone aceptar la necesidad de esforzarse porque existe una determinada simetría en todas aquellas relaciones que queremos mantener.
  8. Autoeficacia emocional. Convicción de que se pueden autogestionar la emociones y moldear los sentimientos y estados de ánimo hasta donde uno requiera en una determinada situación.

 

Ana Villarrubia Mendioladirige la consulta de psicología ‘Aprende a Escucharte‘ en la calle Alonso del Barco nº 7, en Madrid.