Por Ana Villarrubia Mendiola.

La expresión de las emociones cumple una función social y la expresión de la ira, por tanto, es también la comunicación de un mensaje muy claro: manifestando ira comunicamos una frustración grave que consideramos generada por otros y tan intolerable como para atacarles (algo que también puede ser entendido como mecanismo defensivo). Nos defendemos ante lo que se ha considerado como una ofensa o un importante agravio. El objetivo de la ira no es otro que aquél o aquellos a quienes consideramos responsables del daño experimentado.

La persona con menos resistencia al frustración tenderá a experimentar emociones más fuertes como el enfado, la ira o la agresividad ante la no satisfacción de una necesidad o de un deseo personal. La persona más resistente a la frustración, más racional, con más recursos emocionales o con una mejor orientación hacia la resolución de los conflictos, en cambio, será capaz de desplegar múltiples recursos ante un problema antes de llegar a expresarse con hostilidad.

La expresión de la ira es también variable: desde enfados o pequeñas ‘salidas de tono’ hasta arrebatos de cólera que pueden incluir gritos, insultos, o incluso agresiones; pasando por el uso hiriente y mordaz del sentido del humor o la ironía. Sin embargo, sigue un proceso similar en todos los casos.

La consecuencia más habitual de este tipo de pérdidas de control emocional es la no resolución del problema que originó las emociones negativas. Muy al contrario: la ira suele generar mayores problemas añadidos al original, así como conflictos interpersonales que pueden perjudicar a la persona a corto y largo plazo. El pobre autocontrol emocional o la inexistencia del mismo imposibilitan el desarrollo de vías de solución alternativas y por norma general agravan la situación.

La expresión airada de la ira solo refuerza conductas con cierto grado de crueldad, conductas en las que la persona busca el mero desahogo emocional sin mesura o conductas en las que lo que se pretende es romper el diálogo y presionar o acobardar mediante estrategias de dominación a quien se quiere herir o castigar.

¿Cómo actúa la ira?

El acceso de ira perturba nuestro estado más racional (aquél que es o debe ser más habitual en nosotros), capaz de manejar de forma planificada y adaptativa nuestras relaciones con el mundo que nos rodea. La ira se dispara entonces como respuesta a un suceso desencadenante (normalmente un suceso inesperado) que puede o no ser la gota que colma el vaso de todo un periodo de acumulación de emociones y pensamientos negativos. En estos momentos poco puede hacerse con la persona hostil. Una vez se ha disparado la liberación de toda esa carga emocional no es recomendable intervenir pues es probable que contribuyamos, sin quererlo, a avivar la agresividad.

La enajenación transitoria disparada por el acceso de ira no es ni fisiológicamente ni emocionalmente sostenible durante un largo periodo de tiempo. El nivel de activación de la persona ha de remitir de manera paulatina en un breve periodo de tiempo. La montaña rusa que se disparó hacia arriba necesariamente debe bajar, por despacio que sea. La ansiedad experimentada a nivel corporal toca su pico y comienza a descender pasados unos minutos.

Una vez finalizada la descarga emocional resulta que el problema que la despertó sigue frente a nosotros. Es necesario afrontar el problema que todo lo inició. Ahí es cuando el papel de los demás puede ser más eficaz, contribuyendo a que la persona revalúe el problema y se disponga a plantear alternativas de resolución o, por el contrario, despertando nuevamente un nuevo ataque de hostilidad. En este punto has de saber que es fácil que la ira vuelva a dispararse pero que puedes también poner todo de tu parte para aprovechar que tu cerebro más racional vuelve a dominar al emocional: es la oportunidad idónea para detener el proceso, pasar a la fase de enfriamiento y después a la fase de resolución del problema, aquella por la que habría sido más apropiado comenzar.

En este periodo que hemos denominado de enfriamiento el papel de los otros cobra también protagonismo. Desde fuera puede ayudarse a la persona potenciando su razonamiento, fomentando la argumentación racional por encima del desahogo emocional, reorientando las conductas del otro hacia una meta objetiva, contribuyendo a potenciar la calma necesaria para pensar fríamente y con mayor claridad, con mayor intervención de todos aquellos procesos cognitivos que son necesarios en el afrontamiento de un conflicto.

Solo volviendo a la serena normalidad podemos entonces afrontar lo que tenemos delante. El análisis racional del problema es imprescindible para poner en marcha cualquier tipo de estrategia de solución de conflictos, y para monitorizar de manera paralela una supervisión de la eficacia de esos procesos.

La ira te saca de ti, te domina desde lo físico y desde lo visceral para guiarte por un camino que tú mismo jamás escogerías de forma consciente.

Ana Villarrubia Mendiola dirige la consulta de psicología ‘Aprende a Escucharte‘ en la calle Alonso del Barco nº 7, en Madrid.