Por Ana Villarrubia Mendiola.

Como comentábamos la pasada semana, la ira mal hostil puede ser muy poco adaptativa, alejándonos de la función del enfado (que permite la manifestación del malestar o la vivencia de un agravio y sirve para poner límites al responsable que ha causado el daño) y llevándonos a una situación de pérdida de control y casi incluso de juicio.

Salvo aquellos casos en los que la persona utilice la hostilidad para dominar, controlar o manipular  a otra persona, en cuyo caso podremos censurar su conducta pero no interpretar que ésta no haya sido escogida con raciocinio y planificación estratégica, la ira es por norma general contraproducente y acaba volviéndose contra la persona que la experimenta pues no ayuda a resolver el problema que la disparó sino que puede agravarlo o crear otros conflictos diferentes o derivados a su alrededor.

Sin embargo, el lector argumentará que si la ira es precisamente un estado de pérdida de control, es muy dificilmente gestionable. A priori esto es cierto pero hemos expuesto ya que la expresión de la ira sigue un proceso equivalente al de la montaña rusa: de menos a más muy rápidamente , de o a 100 en un suspiro, y de 100 a 0 con un poco más de tiempo. Siempre podemos canalizar el disparador pero, si esto nos es muy complejo, entonces podemos actuar cuando la cosa se enfría, entre la fase de enajenación en la que la perosna se sale de sus casillas y la fase de enfriamiento donde empieza a atender a razones.

No digo que sea sencillo pero sí posible con un poco de esfuerzo, con voluntad y teniendo presente que las consecuencias del estallido colérico son más perjudiciales para nosotros que la resolución alternativa del conflicto por otras vías más reflexivas.

Así, hay actitudes que disparan la ansiedad y por tanto avivan el fuego de la ira, activando nuestro enfado y sirviéndonos casi de incentivo o reforzador para continuar en ese estado de exaltación: discutir, insultar, levantar el tono de voz, moverse de manera agresiva o amenazante, no dejar al otro que se exprese y que manifieste sus emociones, decirle a alguien lo que tiene que hacer, dejar de escuchar…

Por el contrario, otro tipo de actitudes son útiles para que descienda el nivel de activación y pueda recuperarse la normalidad. Para ello es importante centrarse en aquellos aspectos no verbales que tanta importancia tienen en la manifestación de la hostilidad: es recomendable escuchar con atención, tratar de comprender, permitir que el otro se exprese, mostrar calma con el cuerpo y con el tono de voz, sentarse y tratar de trabajar la empatía, poniéndonos en el lugar del otro.

No existe una fórmula mágica pero aquí van unos consejos prácticos para mantener la cabeza fría y no dejarse llevar por la ira:

Recuerda que no te estamos pidiendo que te reprimas necesariamente. Expresa el malestar cuando lo sientas pero controla la forma en la medida en la que afecta a otros y a ti mismo en última instancia. Es mejor expresar que reprimir, pero no es positivo tampoco traspasar ese «punto de no retorno» a partir del cual todo es agresividad y hostilidad.

Ana Villarrubia Mendiola dirige la consulta de psicología ‘Aprende a Escucharte‘ en la calle Alonso del Barco nº 7, en Madrid.