Por Nuria Torres Marcos.

 

Con el paso del tiempo la estructura familiar ha cambiado bastante, los divorcios y  las nuevas parejas hacen que los hijos únicos aumenten a una edad cada vez más tardía, así como las adopciones.

De esta manera, es fácil que un niño se convierta en un bien preciado cuyos deseos siempre hay que satisfacer, y al que debemos prevenir de cualquier sufrimiento, por lo que la disciplina queda en un segundo plano.

Hasta el año, todo el entorno se dedica a satisfacer sus necesidades. A partir de ahí, va aprendiendo estrategias para salirse con la suya, como las rabietas, por ejemplo, una manifestación de descontento normal que hay que saber atajar.

Hacia los cuatro años, lo habitual es que el niño ya sea capaz de verbalizar su rabia y, a los cinco, de controlarse. Otros niños, por el contrario, intentan imponer de manera sistemática su voluntad, son agresivos, sufren constantes rabietas en lugares públicos y convierten el día a día de toda la familia en un calvario. Son ellos a los que nos referimos como, niños tiranos.

Los padres suelen acabar por rendirse con sucesivas renuncias con tal de lograr paz. Así el niño mimado pasa a ser el rey de la casa, más tarde se convertirá en un niño tirano, y por último, si la agresividad persiste, se trasforman en adolescentes descontrolados que ejercerán el control violento sobre sus progenitores.

La frustración es un sentimiento normal durante el desarrollo infantil: el niño necesita, desde que tiene más o menos un año, rutinas, reglas y límites claros sobre lo que puede y no puede hacer, lo que fomenta la seguridad y el control sobre su vida.

Pero a partir de los seis años hay niños que se muestran muy impulsivos, mienten, tienen actitudes vengativas, tiene dificultades de relación,  parecen menos sensibles, se sienten poderosos, carecen de empatía… Estas son actitudes “tiránicas”, que a los once años se pueden agudizar y a los 15 años son más difíciles de encauzar.

Y es que educar no es fácil, y debe implicar cierta dosis de frustración, para equilibrar el amor. El problema se presenta si no hay reacción por parte de los padres, que, en su afán de buscar una explicación, “el niño tiene mucho carácter”, “lo que hace es normal a su edad”, no se atreven a imponer límites, tal y como decíamos anteriormente.

Así, el problema se va agrandando hasta que la familia tiene la sensación de que se le ha ido de las manos. ¿Qué hacer entonces?

Se trata de actuar con sentido común, sin desesperarse y sin violencia.

 

No hay que olvidar que todos los niños tienen rabietas, y en ellas se basa fundamentalmente su aprendizaje, es el momento de aprender las normas de comportamiento y dirigirlas hacia una conducta adaptativa para ellos, que les ayude a desenvolverse de manera autónoma en el futuro, sin experimentar consecuencias negativas que les provoquen frustración y malestar.

Nuria Torres Marcos es Psicóloga (Col. M-26071) en el Centro de Psicología Aprende a Escucharte’ en el centro de Madrid.