AR3Por Ana Villarrubia Mendiola.

El ciberacoso o cyberbullying, como el acoso, supone también un comportamiento dirigido a hacer daño a otro a través de un abuso de poder mantenido en el tiempo; pero se vale de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) como herramientas para perpetrar el daño.

El ciberacoso suele ser la extensión de una situación de acoso comenzada y perpetrada en la escuela que al extenderse a las redes sociales en internet pasa a copar una parcela aún mayor en la vida de la persona acosada.

El ciberacoso supone entonces un agravamiento de la situación sufrida por la perosna acosada cuya realidad no ha sido debidamente detectada en la escuela o que no se ha beneficiado de nigua tipo de estrategia de intervención al respecto. En definitiva, cuando el acoso se extiende el nivel de desprotección de la víctima es ya alarmante.

No podemos olvidar que un 75% de las agresiones físicas o verbales que perpetúan el acoso entre niños y adolescentes comienzan en la escuela, concretamente en las propias aulas. La violencia en este contexto no debe ser nunca legitimada o permitida: ni se debe tomar por exagerado al que la denuncia una agresión, ni una institución puede permitirse la barbaridad  de ofrecer a sus chavales el modelo de que «un poco de violencia es normal» o «siempre ha existido».

La tolerancia con la violencia no solo origina situaciones de desigualdad sino que promueve el empeoramiento de la situación ya desatada y propicia el entorno óptimo para que los agresores abusen de sus víctimas de manera creciente y escalonada. El ciberbullying o las agresiones físicas son un buen ejemplo de ello. Cuando una institución tolera la violencia la inculca como valor, legitima su uso y permite situaciones espeluznantes que luego a todos nos ponen los pelos de punta cuando, ya extremas, se hacen públicas.

Cuando hablamos además de ciberacoso significa que la vida de la víctima y su entorno de confianza se han reducido hasta el punto de generarle una considerable indefensión. El niño o la niña ya no dispone de nigua ambiente seguro en el que relacionares pues las redes engloban prácticamente todo su círculo social y por lo tanto lo contaminan en su conjunto.

En el ciberacoso los espectadores pasivos de las agresiones o de las situaciones de abuso se multiplican y la situación se mantiene con la connivencia de un número creciente de personas que, callando, lo permiten. No solo engloba a un círculo mayor sino que se repite con solo encender el ordenador por lo que la víctima se retrae y prescinde de toda escapatoria.

Es imprescindible tener en cuenta que el acoso escolar y el abuso son problemas relacionales en los que no solo es necesario trabajar con la víctima sino que es imprescindible incluir en el programa de intervención a los acosadores, a las familias, a los agentes de cambio y a las instrucciones que lo han albergado.  La escuela es un agente cuya implicación activa es imprescindible en el proceso.

Logo con tel

 

Ana Villarrubia Mendiola dirige desde el año 2012 al equipo de psicólogas que integra el centro de psicología ’Aprende a escucharte‘ en Madrid.