Por Ana Villarrubia Mendiola.

Hace unos pocos días me reuní con la tutora de uno de los peques que atendemos en la consulta, en un conocidísimo colegio de Madrid. Una estupenda profesora, implicada en el desarrollo de cada uno de sus alumnos e interesada en convertir los materiales pedagógicos en materiales realmente interesante para los niños. Me comentaba lo difícil que es hoy en día llevar acabo esta labor:

Lamentablemente no puedo ponerme luces o disfrazarme de un personaje de videojuego para que los contenidos les lleguen.

list_640pxHe atendido igualmente de forma reciente la preocupación de varios padres, también alarmados por la cantidad de horas que sus hijos dedican a ordenadores y otros  dispositivos electrónicos por encima de libros, amigos, parques y «otros juegos de toda la vida». Para muchos de ellos la gestión del tiempo dedicado a este tipo de aparatos se hace cada día más difícil. Los padres sienten a menudo que su batalla con las máquinas está perdida. Y ello acaba perjudicando a las normas en casa, acota su disciplina y acaba teniendo consecuencias negativas sobre el rendimiento académico.

Por la naturaleza y la rapidez de estimulación de la que son capaces, no podemos competir con los videojuegos.

Lo que sí podemos hacer es utilizarlos en nuestro propio beneficio. La dosificación del tiempo que se les dedica debe formar parte de las rutinas y horarios de cada casa. El tiempo de tele, videojuegos y ordenador debe ser supervisado y puede ser utilizado, en caso necesario, como reforzador (añadiendo minutos) o como castigo (restando tiempo) para la potenciación de conductas deseables y la extinción de las que no lo son.

Demos una explicación a cada «no puedes jugar a la consola ahora» para inculcar valores en cada nueva negociación. Pero dar una explicación no significa ceder, es sencillamente hacer respetar las normas (previamente consensuadas) pero sin que sena percibidas como ideas aleatorias desprendidas de un momento puntual o de nuestro estado de ánimo. No emprendamos una lucha perdida y estéril contra las nueva tecnologías; enseñemos más bien a usarlas con raciocinio.

Las maquinistas, como me dicen muchos padres, no pueden ser el único reforzador, si bien muchos niños lo consideren el más codiciado. Deben formar parte de una estructura en la que el ocio se diversifica y las formas de entretenerse obedecen a propuestas familiares o individuales pero dinámicas y nunca repetitivas. De lo contrario, le estaremos poniendo más difícil el camino a nuestros profesores que desde la realidad encuentran más dificultades para hacer llegar los contenidos a sus alumnos que desde la realidad virtual.

Prohibir no es la solución en un mundo cambiante en el que el manejo de la tecnología suma pero nunca, o casi nunca, resta. Convivamos con ella, no dejemos que nos aplaste.

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Ana Villarrubia Mendiola es psicóloga clínica (colegiada M-25022) y dirige el Gabinete Psicológico ‘Aprende a escucharte‘ en Madrid.