Psicóloga en MadridPor Nuria Torres Marcos.

La conducta agresiva es aprendida o reforzada cuando los niños son premiados por su agresión, como ocurre a menudo. Con un solo acto agresivo, un niño puede lograr un juguete o un turno; hacer que otros niños lloren, griten, o corran; hacer que los adultos se muevan rápidamente y hablen de manera recia; y hacer que un objeto vuele a través del aire y se choque con un estruendo satisfactorio.

Aún cuando el niño no recibe un beneficio tangible de su acto agresivo, el causar una perturbación pronunciada o notoria, acompañada con la atención del maestro y los pares, puede ser una recompensa en sí misma. En las aulas de preescolar, la mayoría de los actos agresivos tienen como resultado que la víctima de la agresión entregue un objeto, llore, o salga corriendo. Cuando esto pasa, lo más probable es que el agresor lance luego un nuevo ataque contra el mismo niño, de la misma manera. Otros niños en el aula de clase que observen esta agresión exitosa, o quiénes se han vuelto víctimas de agresión, es probable que comiencen a realizar ataques ellos mismos, y también es probable que éstos sean premiados.

Si se permite que la agresión en el aula de clase continúe, aumentará dramáticamente en el transcurso del año escolar. La combinación de observar a los pares actuando agresivamente con el ser premiados por sus actividades agresivas, les enseñará, incluso a los niños no agresivos inicialmente, a comportarse de forma violenta (Patterson, Littman, & Bricker 1967).

A menudo, un maestro bien intencionado consuela a un niño agresor o se involucra en un razonamiento extenso y otros «procesamientos» del episodio, inmediatamente después de que éste ocurre. Este tipo de respuesta funciona a menudo como un premio para la conducta agresiva del niño. Del mismo modo, cuando la respuesta del maestro es reprender o sermonear al agresor, la atención, aunque sea negativa y con el fin de detener la agresión, puede aumentar en cambio la probabilidad de que el acto agresivo se repita (Risley & Baer 1973; Combs & Slaby 1977). Incluso la simple atención del maestro a las palabras agresivas puede aumentar los actos violentos (Slaby 1974; Slaby & Crowley 1977).

Por otro lado, simplemente ignorar la agresión puede ser igualmente perjudicial. Un adulto que presencie una situación agresiva y no interfiera, puede darles a entender a los niños que aprueba dicha conducta agresiva. Es factible que la agresión en presencia de un adulto que no reacciona aumente con el tiempo, presumiblemente porque los niños interpretan la falta de reacción del adulto como una aceptación tácita de su agresión (Siegel & Kohn 1959; Berkowitz 1993).

La agresión física hacia otros niños simplemente no puede ignorarse. Las consideraciones sobre la seguridad y los derechos de protección de todos los niños en la clase contra cualquier tipo de daño físico exigen que el maestro intervenga de alguna manera. La cuestión es, entonces, cómo se puede intervenir de modo que minimice el efecto potencial de recompensa por obtener su atención, ayude a reducir la posibilidad de agresión futura, y estimule a los niños a usar soluciones alternativas no violentas para satisfacer sus necesidades o para la resolución de sus conflictos.

Desde el Gabinete Psicológico “Aprende a Escucharte” proponemos algunas sugerencias:

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Nuria Torres Marcos es Psicóloga (Col. M-26071) en el Centro de Psicología Aprende a Escucharte’ en el centro de Madrid.