Por Nuria Torres Marcos.

“En un mundo en el que todo cambia, la inmutabilidad sería imposible o mortífera. Un país, un partido o una empresa sólo pueden conservarse con la condición de una adaptación permanente. Un individuo no puede seguir siendo él mismo si no evoluciona, aunque sea a regañadientes o lo mínimo posible. Vivir es crecer o envejecer, dos maneras de cambiar. En honor a Heráclito: todo cambia, todo fluye, lo único que permanece es el devenir universal”.

André Comte-Sponville

¿Por qué nos resulta tan difícil cambiar algo a pesar de ser lo que  queremos?

Todos los cambios nos obligan a dar un “paso a ciegas”, paso inevitable y obligatorio en todo proceso de crecimiento. El cambio es exigente, algo desconocido para quien lo vive y la mayoría de las veces, dificultoso.

El cambio forma parte de la vida y constantemente tenemos que adaptarnos a las diferentes circunstancias que van apareciendo. Cambios en el puesto de trabajo, cambio de jefe, cambio de residencia, ruptura de pareja o inicio de nuevas relaciones, cambios en el grupo de amigos, casarse, convertirse en padres, mudarse de ciudad… Todos estos son ejemplos de situaciones que forman parte de la vida de todos nosotros y que nos ponen en la tesitura de tener que hacer modificaciones en nuestras rutinas y costumbres y nos obligan muchas veces a tomar decisiones.

Los cambios, sobre todo cuando son bruscos o imprevistos, o cuando están relacionados con aspectos importantes de la vida, generan cierto miedo, ya que nos obligan a romper con el modo de vida al que estábamos habituados y en el que nos encontrábamos relativamente cómodos. El cambio implica incertidumbre y lo desconocido, aquello que escapa a nuestro control y que nos resulta impredecible, genera temor e inseguridad.

Sentirnos inseguros a la hora de enfrentarnos a los cambios es una reacción normal y relativamente adaptativa, nos ayuda a analizar y explorar cuidadosamente las nuevas circunstancias, pero que este temor nos paralice y nos impida actuar y afrontar adecuadamente las nuevas situaciones o tomar decisiones con claridad, puede convertirse en un problema.

Debemos aceptar que las circunstancias difíciles, inesperadas y cambiantes forman parte de la vida, y que por tanto, la adaptación a los cambios también es un esfuerzo que tenemos que realizar por nuestra parte, si queremos aprender a vivir la vida de manera saludable y feliz. No podemos controlar todas las circunstancias de nuestro entorno, pero lo que sí está en nuestra mano es el modo en que las gestionemos y afrontemos.

Los cambios en nuestra vida nos obligan la mayoría de las veces a tomar decisiones más o menos relevantes. A veces vamos aplazando estas decisiones por miedo a lo que nos deparen. Este miedo está muy bien reflejado en el dicho popular “más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer”. La comodidad de lo que ya conocemos nos lleva muchas veces a no dar pasos hacia adelante, incluso aunque lo que tengamos no termine de convencernos o satisfacemos, porque ¿y si lo que viene después es peor?

Estos miedos y anticipaciones son frecuentes cuando nos enfrentamos a una toma de decisiones, pero si nunca damos el paso y nos exponemos a lo nuevo, nunca podremos mejorar el momento presente, y nunca podremos comprobar si realmente nuestros temores eran ciertos.

No es fácil afrontar un cambio, pero hay que partir de la base de que no hay solución ideal y perfecta, pero mantener la situación presente muchas veces tampoco es la mejor solución. Toda toma de decisiones supone inclinar la balanza a favor de una opción, en detrimento de otra/s, por lo que inevitablemente implica hacer una renuncia y asumir un riesgo.

El cambio no implica eliminar lo conocido sino ampliar nuestro área de actuación. Nuestra sociedad valora lo estático, que “no produce desorden”, antes de romper esquemas y arriesgarse a que la vida sea diferente. Esta visión hace que muchas veces suframos, porque lo que una vez fue válido o positivo quizás ahora no lo es, y si seguimos creyendo o siguiendo a pies juntillas esos conceptos y creencias, no revisados ni flexibles, y aplicándolos a nuestras vidas pensando que es lo que nos beneficia, solo puede crecer el malestar y nuestra confusión al ver que algo está fallando y no saber qué es o no ser capaces de remediarlo.

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Nuria Torres Marcos es Psicóloga (Col. M-26071) en el Centro de Psicología Aprende a Escucharte’ en el centro de Madrid.